La sociedad danesa no se queda de brazos cruzados. Este fin de semana, miles de ciudadanos salieron a las calles para expresar no solo su preocupación, sino también para subrayar que las reglas del derecho internacional no son opcionales y deben aplicarse a todos. «¡Manos fuera de Groenlandia!» fue el lema más visible durante las manifestaciones del sábado 17 de enero. Una marea humana reclamó un fuerte sentido de pertenencia territorial, gritando tanto «Greenland is not for sale» como «Kalaallit nunaat, Kalaallit pigaat» “la Groenlandia es de los groenlandeses”.
Las protestas no se limitaron a Copenhague; también se registraron concentraciones pacíficas en Aarhus, Odense, Aalborg y Esbjerg. La respuesta de Trump llegó sin demora: «A partir del 1 de febrero, a Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia, que han enviado tropas a Groenlandia, se aplicará un arancel del 10 % sobre todas las mercancías enviadas a Estados Unidos El 1 de junio de 2026, el arancel aumentará al 25 %», publicó en su red social Truth.
Entre indignación ciudadana y estrategia de élite
Estas manifestaciones reflejan un consenso claro: para muchos daneses, Groenlandia no está en venta, y cualquier insinuación de transacción territorial despierta indignación y movilización. Al mismo tiempo, en los círculos de poder daneses, el episodio se analiza con lentes estratégicos. La élite política y empresarial entiende que el interés de Trump no es simplemente una excentricidad diplomática, sino un síntoma de la creciente relevancia global de Groenlandia.
La isla, con sus abundantes recursos minerales, tierras raras, grafito, zinc, hierro y uranio y su posición geopolítica crítica en el Atlántico Norte, se ha convertido en un activo de alto valor. La Base Aérea de Thule, operada por Estados Unidos, y las zonas de exclusión aérea que la rodean son ejemplos tangibles de cómo la integridad territorial se puede romper en cualquier momento.
El cambio climático añade otra capa de complejidad. El deshielo abre nuevas rutas marítimas y reduce las barreras para la explotación de recursos naturales, incrementando la importancia económica y estratégica de la isla. Para Dinamarca, la preocupación no es perder Groenlandia legalmente, sino perder el control sobre el ritmo y las condiciones de su desarrollo internacional. Y sobre todo, que este episodio podría abrir la puerta a muchos otros, mercantilizando y poniendo a la venta áreas del planeta y disponiendo de la soberanía nacional a nuestro antojo.
El presidente estadounidense Donald Trump le escribió al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, diciendo que, como no recibió el Premio Nobel de la Paz, ya no se siente obligado a ‘pensar únicamente en la paz’. Ahora, insiste, «puedo concentrarme en lo que sea bueno y conveniente para Estados Unidos». Y refiriéndose a Groenlandia, agregó: «¿Por qué la Dinamarca tendría algún “derecho de propiedad”? No hay ningún documento que lo respalde».
¿Cómo cambiaría el equilibrio global?
Si Estados Unidos llegara a formalizar la compra de Groenlandia por los 700.000 millones de euros que se han mencionado, el equilibrio geopolítico en el Ártico cambiaría de manera radical. Dinamarca perdería el control directo sobre un territorio clave, alterando su rol estratégico frente a Rusia y China. Para EE. UU., la adquisición permitiría un acceso privilegiado a minerales críticos, rutas marítimas emergentes y bases militares avanzadas, consolidando su presencia en un área hasta ahora bajo soberanía danesa.
Para Groenlandia, el cambio podría acelerar la inversión en infraestructura y explotación de recursos, pero también generaría tensiones sobre la autonomía política y cultural de sus habitantes, que hasta ahora defienden la isla como parte de su identidad y no como un activo negociable. En pocas palabras, una transacción de este tipo no sería solo económica, sino que reescribiría el mapa estratégico, político y social del Ártico y probablemente del mundo entero.
A lo largo de la historia ha habido compras de territorios que cambiaron el rumbo geopolítico: la Compra de Luisiana en 1803, cuando Estados Unidos adquirió más de 828.000 km² a Francia; la venta de Alaska por Rusia a USA en 1867; e incluso adquisiciones más pequeñas como el Gadsden Purchase con México en 1854. Sin embargo, la situación de Groenlandia sería algo sin paralelo exacto en la historia reciente: un territorio grande, con población autónoma, recursos minerales estratégicos, infraestructura crítica limitada pero creciente, y una relevancia geopolítica inmediata en un contexto global altamente competitivo. Esta combinación convierte cualquier intento de compra en un ataque total a la democracia mundial, a las leyes sobre el derecho internacional y muy simplemente se trataría de un caso de anexión unilateral, lo que pondría a Estados Unidos en un conflicto diplomático serio.
