Vas al supermercado y paseas por sus lineales repletos de productos de todo tipo. La única duda que ronda por tu cabeza es: “¿Qué me apetece hoy? ¿Habrá aguacates lo suficientemente maduros? ¡Anda mira, entrecot a 16 euros el kilo!”. Lejos queda aquel tiempo en el que lo que consumíamos lo determinaba la disponibilidad de uno u otro producto. Esa época en la que comíamos fruta de temporada o esperábamos ansiosos la llegada de un género específico de carne o pescado. Ahora todo es fácil y todo es ya. Si queremos algo, lo encontramos sin problema y, normalmente, a precios que, si los comparáramos con los costes de producción, nos resultarían inexplicables.

Pero, ¿realmente es sostenible en el tiempo esta forma de consumir? Si de algo puede presumir España es de tener un medio rural impresionante. Tanto en calidad como en variedad. Se calcula que nuestra superficie agraria útil supone más de 23 millones de hectáreas, casi la mitad del territorio español. De ellas, casi 17 millones de hectáreas son de cultivo. De hecho, somos los segundos mayores productores agrarios de la UE. Sin embargo, esta nueva manera salvaje de consumir, unida a la subida de las temperaturas por el efecto invernadero, el aumento de plagas, las sequías e inundaciones y a otro tipo de problemas a los que se enfrentan los agricultores, están llevando a muchos de ellos a replantear sus cultivos. Esto quiere decir que donde antes se plantaban tomates y lechugas ahora proliferen frutas tropicales–más rentables– como el aguacate o el mango. Y que en zonas donde hasta ahora reinaba el trigo, cada vez veamos más olivares.

Estos cambios producen además importantes desequilibrios en el uso de los recursos hídricos. Recursos que en determinadas zonas –y pese a los polémicos trasvases– siguen viviendo con el miedo en el cuerpo de que una sequía ponga en riesgo su medio de vida. Y aquí es donde entra en juego, como casi todo, la tecnología y su poder para encontrar soluciones a los problemas modernos.

Desde 1992, existe en nuestro país un organismo que en los últimos años ha adquirido especial relevancia por ocuparse, precisamente, de investigar maneras de hacer nuestro campo más eficiente. Se trata del Instituto de Agricultura Sostenible, dependiente del CSIC. A través de él se ha descubierto, por ejemplo, que poner drones a sobrevolar nuestro campo, puede ser la mejor manera de no desperdiciar agua.

Drones que deciden cuándo y dónde regar

“Los drones permiten la obtención de imágenes térmicas para que, mediante el análisis de datos, podamos desarrollar indicadores sobre las necesidades hídricas del cultivo”, cuenta Pablo J. Zarco, investigador responsable de este proyecto con el que son capaces de detectar “qué planta, árbol, o zona de la parcela necesita más agua”. Trabajos, por cierto, que además del gran impacto que están suponiendo para evitar el desperdicio de agua en nuestro campo, están posicionándonos como referente internacional en este ámbito gracias a la eficacia de sus algoritmos.


Y no sólo hablamos del uso de agua, el grupo de Zarco también participa en un proyecto que pretende poner coto a otra de las grandes pesadillas de los agricultores: las plagas. Para ello, y también mediante la obtención de imágenes aéreas, desarrollan modelos hiperespectrales que detectan «pequeños cambios fisiológicos en las plantas infectadas antes de que muestren síntomas visuales», cuenta el investigador. Una tecnología que puede suponer un antes y un después en la lucha contra patógenos que traen de cabeza a los agricultores, tales como la Xylella fastidiosa, que ha devastado el sur de Italia y producido pérdidas millonarias en el sector del olivo.

Pero buscar la sostenibilidad de nuestro medio rural no es únicamente hacer más eficientes los cultivos ya existentes, también es encontrar nuevas alternativas para revivir ciertas zonas rurales. Porque si algo ha caracterizado las últimas décadas es el vaciamiento demográfico constante y dramático de comarcas enteras de nuestro país en favor de las ciudades, lo que supone más consumo salvaje y menos capacidad de producción. De hecho, en la actualidad, el número de explotaciones agrarias supone prácticamente la mitad del que había en 1990, una tendencia a desaparecer que se concentra además en las de menor tamaño e ingresos.

Para luchar contra este fenómeno existen proyectos como el de la investigadora Carmen Martínez, que en estos momentos se encuentra con su grupo de trabajo en el Valle del Narcea (Asturias), intentando crear un ecosistema de producción de rosas. Para ello, han resucitado una variedad antigua de esta flor anterior a 1867, cuando se empezó a producir la variedad descafeinada que puebla hoy las floristerías.

Según Martínez, “la idea es plantarla en el valle y utilizarla como un recurso agrario para comercializarlas a la industria del perfume”. Y es que la peculiaridad de esta variedad es su intenso olor y delicadeza, de ahí que deba procesarse in situ. Esto obliga, según la investigadora, a construir toda una cadena de valor en el mismo valle donde se cultiva. Para ello ya han creado una empresa tecnológica denominada Aromas del Narcea.

“Llevar la tecnología no es fácil»

Aunque los investigadores no lo tienen nada fácil para sacar adelante este tipo de
trabajos en nuestro país. Carmen Martínez, que también participa en otros proyectos relacionados con la recuperación de variedades de vid y olivo en zonas como Galicia, reconoce que llegar a los agricultores con promesas tecnológicas es bastante complicado.

El problema no es tanto el nivel tecnológico que tenemos, muy parecido al de nuestros socios europeos, sino su aplicación real en el campo”, asegura la investigadora del CSIC. Aunque también reconoce que, a la hora de financiar proyectos, son precisamente las empresas del sector las más activas. “Todo lo contrario que las administraciones públicas, que en muchos casos lo único que hacen es poner trabas y mandar proyectos al cajón”, asegura.

Es algo en lo que coincide Pablo J. Zarco, quien reivindica el papel fundamental que juegan estas empresas a la hora de “conectar los centros de investigación con el conjunto de agricultores”.

El caso es que de nada servirán proyectos individuales como estos sin una estrategia común que haga la actividad agrícola sostenible a largo plazo. La propia ONU ya ha alertado de que, si seguimos con el modelo actual de producción y distribución agrícola mundial, no está garantizada la seguridad alimentaria en el futuro. De ahí que haya fijado en segunda posición de prioridad dentro de sus ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible), de cara a 2030, la lucha contra el hambre. Para ello, considera prioritario mejorar la protección del medio ambiente y trabajar por mejorar la resiliencia de los sistemas agrarios y la eficiencia en el uso de los recursos.

La fiebre del sol

Vivir del campo en el sistema actual no es fácil, por lo que competir con la rentabilidad que los paneles solares ofrecen a los agricultores si los instalan en sus tierras parece misión imposible. Según los cálculos de la patronal del sector, ésta supera ya los 1.500 euros por hectárea y año de media, lo que supone multiplicar por más de cuatro el rendimiento de cualquier cereal de secano. Si a esto le sumamos otras ventajas (como la reducción de emisiones de CO2 o el ahorro de la factura en el autoconsumo), el auge de la instalación de placas está servido. Y es que, según afirman desde Solar Profit, una instalación típica particular supone una reducción de la dependencia de la red que, en algunos
casos, puede llegar al 80%”.

Los datos avalan el afán por atrapar la energía del sol. Según esta compañía,
líder en España en la instalación de placas solares fotovoltaicas, solo sus proyectos de autoconsumo la han catapultado hasta encabezar el ranking del sector. “Hay un creciente interés por sumarse a la transición energética apostando por la energía solar ”, asegura su CEO Roger Fernández,
para concluir a continuación: “Hemos crecido mucho en los últimos meses cerrando el año con la salida al BME Growth y duplicando las cifras de 2020, con 40 millones de euros”