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Carlos Vives, en Forbes Iberoamerican Summit 2026: «Nos desconectaron de nuestra hispanidad, pero somos herederos del Mío Cid»

Carlos Vives reivindicó en Forbes House la herencia hispana de su música y defendió el mestizaje como raíz de identidad y creatividad colectiva de Iberoamérica.

Carlos Vives, en Forbes Iberoamerican Summit 2026.

A Carlos Vives la historia le sale del gaznate para fuera. La lleva en las canciones que escuchó de niño, en el castellano de los juglares, en los ritmos que aprendió a reconocer como propios, en sus rizos y risa; y en una identidad que nunca ha dejado de buscar. En el Forbes Iberoamerican Summit 2026, celebrado en Forbes House, el músico colombiano convirtió el diálogo sobre cultura y ciudades en una reivindicación apasionada de los lazos que unen a España y América Latina. Habló de sus raíces, de su educación en un colegio español y de una hispanidad que, en su opinión, se ha ido borrando de los relatos sobre la identidad latinoamericana. Lo hizo a su manera: con memoria, convicción, humor y, por supuesto, cante.

También con un símbolo a la vista. Vives lució en la solapa un pequeño pin con la bandera de España, un gesto discreto en tamaño, pero elocuente en intención. No podía ser más coherente con el mensaje que estaba defendiendo: tender puentes entre las dos orillas y reivindicar una historia compartida sin renunciar a la riqueza de América Latina. Su voluntad de unión no se quedó en las palabras; también se hizo presente en ese detalle.

Todo empezó mucho antes de los escenarios. Vives se definió como «muy hispanoamericanista» y «muy hispanista». España ha estado presente en su vida desde pequeño: estudió en un colegio español y creció con una historia familiar y cultural que le empujó a preguntarse quién era. También sus apellidos hablan de ese cruce de caminos. «Soy Vives de Sitges y Restrepo de Asturias y Echeverría vasco», explicó, antes de resumir su identidad con una expresión tan singular como reveladora: «Somos gitanos de Tairona». En esa mezcla de procedencias, entre la herencia española y la raíz indígena americana, reconoció parte de la historia que atraviesa su propia vida. La respuesta, o al menos una parte decisiva de ella, llegó a través de la música. «La música me ayudó a entender quién soy», reconoció.

En su casa ya sonaban algunas de las pistas. Su abuela tocaba el piano, su tía el acordeón y él comenzó a cantar en la iglesia. Después llegaron los juglares, los cantores vallenatos, las voces campesinas y aquellos músicos populares que le hicieron descubrir que en las canciones de su tierra había mucho más que folclore: había memoria, lengua, mestizaje y una historia común.

La hispanidad que quedó en las «tierras del olvido»

En su recorrido personal, Vives encontró también una ausencia que quiso señalar sin rodeos. A su juicio, en América Latina se había extendido una narración que había terminado por enfrentar sus distintas raíces y por debilitar el reconocimiento de la herencia española. «Nos llenamos de relatos que nos apartaron de quiénes somos», afirmó. Y puso nombre a esa distancia: «Una de las tierras del olvido más grandes era nuestra hispanidad, que habíamos dado la espalda a nuestra hispanidad, que no nos sentíamos hispanos».

No planteó una mirada nostálgica ni una invitación a escoger una raíz en detrimento de las demás. Su defensa de la hispanidad partió de una convicción mucho más amplia: para comprender América Latina hay que mirar el conjunto de su historia, con sus luces, sus heridas y los encuentros que terminaron dando forma a una cultura extraordinariamente rica. La herencia indígena, la africana y la española no eran compartimentos estancos. Se habían encontrado y transformado mutuamente.

Carlos Vives reivindica el mestizaje y la herencia cultural compartida entre España y América Latina durante su intervención en el Forbes Iberoamerican Summit 2026.

Fue entonces cuando dejó una de las frases más memorables de la jornada: «Somos herederos del Mío Cid. Somos herederos de la juglaría». Y, con la naturalidad de quien parece estar hablando de algo que lleva toda la vida escuchando, añadió: «Lo que pasa es que, claro, no la vemos. Somos pobres, somos humildes, tenemos caras indiadas, estamos sudados. Pero tenemos una herencia».

Para Vives, la herencia de los juglares no se quedó al otro lado del océano: siguió viva en América, aunque durante mucho tiempo no se supiera reconocerla. La encontró en los cantores vallenatos, en los campesinos de rostros indígenas, negros y mestizos que recorrían su tierra contando historias en un castellano que, según dijo, manejaban «de una manera hermosa». Aquellos músicos populares, con sus canciones y sus relatos cotidianos, eran para él mucho más que una expresión del folclore colombiano: encarnaban una tradición narrativa que también venía de España. Y lo dijo sin rodeos: «¿Eso qué es? Eso es ser españoles».

Su argumento fue más allá de la música. Vives cuestionó esa tendencia a separar lo español de lo latinoamericano, como si la lengua hubiera llegado sola y no trajera consigo una forma de contar, de creer, de relacionarse y de mirar el mundo. «La lengua no está sola. La lengua forma parte de nuestra cultura y con la lengua vino nuestra religión y nuestros valores», afirmó. En su relato, la hispanidad no era una pieza ajena que América tuviera que aceptar o rechazar, sino una parte constitutiva de una identidad mucho más amplia. Una herencia que, insistió, no borra lo indígena ni lo africano: se mezcla con ellas y da lugar a algo nuevo. La paradoja, para Vives, es que América ha seguido cantando esa historia mientras a veces olvidaba de dónde venían algunas de sus voces.

Cantar para reconocerse, no para parecerse a nadie

La reflexión tomó cuerpo cuando Vives regresó a su propia carrera. Recordó que durante años la industria musical le había empujado hacia determinados modelos: cantar de una manera que sonara más internacional, acercarse al pop o perseguir el sueño de Hollywood. Él decidió tomar otro camino. «Para mí ya era más importante ser original que famoso», confesó.

Quería cantar en su lengua, mirar hacia las músicas de su país y encontrar una voz que no tuviera que pedir permiso. En ese viaje volvió la mirada hacia los pueblos originarios de la Sierra Nevada de Santa Marta, hacia las culturas africanas que llegaron a América desde distintos lugares del continente y hacia la herencia española que, según explicó, también había quedado relegada en ese proceso de búsqueda.

Su manera de contarlo tuvo mucho de Carlos Vives: reflexiones profundas salpicadas de humor, complicidad y pequeñas salidas de guion. Se permitió bromear, reírse de sí mismo y conversar con el público sin solemnidad. Y, antes de que las palabras se quedasen cortas, recurrió a lo que mejor sabe hacer: cantar y contar. Fue desgranando versos y escenas del repertorio popular para mostrar cómo la música conserva historias, retrata a sus comunidades y revela cruces culturales que a veces pasan inadvertidos.

En ese punto, su defensa de la identidad se convirtió también en una defensa de la creatividad. «Apartarnos de quiénes somos es apartarnos de nuestra creatividad», advirtió. Y dejó una reflexión especialmente oportuna en un foro empresarial: «Copiar puede ser un negocio, pero no un magnífico negocio». La originalidad, vino a decir, no consiste en disfrazarse de otros, sino en conocer lo que uno lleva dentro y atreverse a expresarlo.

La idea encontró su expresión más luminosa cuando habló del mestizaje. «Hemos negado nuestro mestizaje, que es lo más hermoso que tenemos, lo más lindo que hemos hecho juntos», afirmó. No se trataba de elegir entre lo que llegó de España, lo que aportó África o lo que ya existía en América. Se trataba de reconocer lo que nació de ese encuentro. «Cuando nos unimos nacieron las cosas más alegres: los vallenatos, las cumbias, los bambucos, todo lo que hicimos juntos».

Almudena Maíllo, concejala delegada de Turismo del Ayuntamiento de Madrid y secretaria general de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI) y Carlos Vives, cantante, compositor y promotor de iniciativas culturales y sociales vinculadas al desarrollo de ciudades y comunidades iberoamericanas.

Ahí estaba, sin lugar a dudas, el corazón de su intervención. La identidad iberoamericana no era una suma de nostalgias ni una disputa por quién había llegado primero. Era una creación compartida, viva, hecha de acentos, instrumentos, ritmos, palabras y maneras de entender el mundo. Un solo mundo. Una cultura que no necesitaba renunciar a ninguna de sus raíces para sentirse orgullosa de todas ellas.

Vives quiso llevar ese mensaje también a las nuevas generaciones. «Si a nuestras nuevas generaciones les damos nuestra identidad y los hacemos sentir orgullosos de su identidad, primero que todo van a ser libres», sostuvo. Porque, para él, la libertad es el terreno donde crecen la imaginación, la capacidad de crear y la confianza necesaria para abrirse camino.

Carlos Vives no se marchó por donde había venido: dejó tendido un puente entre dos orillas que, en su voz, nunca debieron sentirse tan lejos. Lo hizo reivindicando a España sin dejar de celebrar América, abrazando la herencia indígena, africana y europea, y recordando que de ese encuentro nació una cultura irrepetible. Llevaba la bandera española en la solapa, pero su mensaje iba mucho más allá de un símbolo: hablaba de pertenencia, de memoria y del orgullo de saber quiénes somos. Y cuando un artista consigue que la historia deje de ser pasado para convertirse en algo que se siente, se canta y se comparte, ya no está hablando solo de sus raíces. Está hablando de las nuestras.

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