Históricamente, las empresas han desarrollado sus modelos de negocio desconectados del impacto que generaban, tanto social como medioambiental, centradas exclusivamente en el rendimiento económico. Parece que hacer las cosas “bien” siempre ha sido más costoso. ¿Por qué un producto con una huella de carbono elevada es más barato que otro ecológico? Porque los costes eran invisibles, no nos dábamos cuenta que lo soportaba el plantea y ahora lo estamos pagando todos.

En los años 50, las empresas se dieron cuenta que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” y canalizaron la suya a través de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). En ella apoyaban a proyectos sociales con una mirada filantrópica y caritativa. ¿El problema? Que no era suficiente porque no solucionaban el impacto generado en primera instancia por el modelo de negocio.

En los últimos años hemos presenciado hechos insólitos: el Financial Times, epítome del capitalismo, publica una portada en la que se leía “Capitalism. Time for a reset”; los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU están en todas las memorias anuales de las grandes empresas; Michael Porter, teórico económico conocido por sus famosas cinco fuerzas, lanza “Valor Compartido”, un modelo que cruza negocio e impacto social; o Larry Fink, CEO de BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo, declara que solo invertirá en empresas con propósito.

La sostenibilidad es negocio y menos mal, porque es la única forma para que todo el sistema se transforme. Y es que si dejamos de tener un planeta donde vivir y consumidores que nos compren, no habrá negocio posible. El futuro de las empresas será sostenible o no será.