El mundo de la vela llora la pérdida de uno de sus grandes narradores visuales. Carlo Borlenghi, fotógrafo italiano cuyas imágenes definieron durante más de cuatro décadas la estética de la Copa América y de la navegación de altura, ha fallecido a los 70 años.
Nacido en 1956 en Bellano, a orillas del lago de Como, deja un legado de millones de fotografías que enseñaron a generaciones de aficionados a entender la belleza, la velocidad y el drama de la vela de competición.
Borlenghi comenzó su carrera retratando las regatas locales de su Como natal, pero fue su colaboración con la revista Uomo Mare Vogue la que le abrió las puertas del circuito internacional. Su primera Copa América llegó en 1983, cuando se sumó al desafío pionero de Azzurra en Newport —la regata que muchos consideran la puerta de entrada a la Copa América moderna—. Fue el inicio de una relación que duraría toda su vida con el trofeo deportivo más antiguo del mundo.
A partir de entonces, Borlenghi se convirtió en una presencia constante junto a las grandes embarcaciones de la competición: fotografió a Italia en Fremantle, a Il Moro di Venezia en San Diego, a Luna Rossa a lo largo de varias campañas y la exitosa defensa de Alinghi, además de ejercer más tarde como fotógrafo oficial de la propia Copa América. Ni la pandemia le impidió estar presente en la edición de 2021, donde siguió documentando la historia del evento.
Su trabajo trascendió con creces la Copa América. Cubrió las ediciones de la Whitbread y la Volvo Ocean Race, las regatas Rolex por todo el mundo, las aventuras oceánicas de Giovanni Soldini y un sinfín de citas olímpicas, oceánicas y de gran slalom. Allí donde competían los grandes navegantes, Borlenghi solía llegar el primero, cámara en mano, a la espera del instante perfecto.
Lo que le distinguió, más allá de la brillantez técnica, fue una comprensión instintiva y profunda de la propia regata: sabía dónde se acumularía la tensión en la línea de salida, cuándo estallaría la espuma en la proa, cuándo la mirada de un timonel anticipaba la victoria o la derrota. Sus imágenes transmitían movimiento, atmósfera y humanidad a partes iguales, y contribuyó a transformar el lenguaje visual del deporte mucho antes de que los drones y el vídeo estabilizado se generalizaran.
Su trayectoria fue reconocida con numerosos galardones, entre ellos el Omega Award al mejor fotógrafo deportivo y el Grand Prix de l’Image Course au Large de París. En 2007, el entonces presidente de Italia, Giorgio Napolitano, le distinguió «por los muchos años de intensa actividad en favor del mundo de la vela». Sus exposiciones en París y Milán confirmaron que su obra tenía tanto sitio en los museos como en las revistas náuticas para las que trabajó en todo el mundo —una proyección que también llegó a España, donde en 2019 el Metro de Bilbao acogió una muestra retrospectiva de su trabajo dentro del SAIL In Festival.
Pese al reconocimiento internacional, quienes le conocieron destacan su cercanía, su humor y su entusiasmo inagotable. Los fotógrafos más jóvenes buscaban su consejo, y los regatistas le saludaban con un respeto casi reverencial por su conocimiento del oficio y su memoria prodigiosa para el detalle.

