El dinero en efectivo pierde terreno, pero todavía está lejos de desaparecer. En 2025 seguía siendo el principal medio de pago en los establecimientos físicos para el 57% de los españoles, frente al 59% de 2023. Las tarjetas físicas representan un 27% de los pagos y solo suben aquellos realizados a través del móvil, que ya suponen un 15% de todos los pagos en comercios y tiendas.
La utilización diaria del efectivo sí desciende con más fuerza, desde el 65% hasta el 55% en los últimos dos años, diez puntos menos, según el último informe de Inclusión Financiera del Banco de España (BdE). También en los pagos entre particulares ‘come’ terreno Bizum: ya representa un 37% de las operaciones, frente a un 57% en efectivo y un 5% en transferencias bancarias y otros pagos.
La tendencia es clara, pero no conduce necesariamente a una sociedad sin billetes. Al menos no de forma inminente. De hecho, desde el supervisor bancario en España aseguran que «un futuro sin efectivo es un escenario de alto riesgo» que no es «inevitable». Recuerdan que en los años 50, con las primeras tarjetas de crédito, ya surgió la misma idea. Y setenta años después ese escenario aún no se ha producido.
Un cambio relevante en 2046
Un análisis reciente publicado por el Banco de España, firmado por Mª José Fernández Lupiáñez y Félix Redondo Gaitón, responsables del área de Efectivo, calcula que, si se prolongaran las pautas actuales, en 2046 todos los grupos de edad utilizarían preferentemente medios digitales. No significa que ya entonces, en 20 años, desaparezca el efectivo; sino que dejará de ser el medio de pago preferido en toda la sociedad.
El verdadero riesgo, explican, está en la infraestructura. Para que un billete llegue hasta un ciudadano hacen falta imprentas, fábricas de moneda, redes de distribución, empresas de transporte de fondos, cajeros y sucursales bancarias. Y conforme disminuye el número de operaciones, aumenta el coste de mantener esa estructura, se reduce su eficiencia, y puede ponerse en peligro su continuidad.
Alrededor de esa infraestructura existe un negocio de alcance mundial. No hay cifras oficiales que midan su tamaño, porque sus fronteras son difíciles de delimitar. Además del transporte y tratamiento de billetes, las grandes compañías ofrecen otros servicios que generan valor, como la custodia de objetos de valor, gestión de cajeros o cambio de divisas.
La multinacional estadounidense líder, Brink’s, facturó 5.261 millones de dólares en 2025 (unos 4.600 millones de euros). Loomis, su homóloga sueca, alcanzó unos ingresos de 30.427 millones de coronas suecas (unos 2.800 millones de euros); y Prosegur Cash, la filial de efectivo de la compañía española, 1.987 millones de euros.
Inclusión y seguridad
El punto de no retorno que preocupa a los autores es que si el uso sigue descendiendo, parte de la red deberá reducirse, y recuperarla con rapidez ante una emergencia resultaría «complejo» y «costoso». En este sentido, señalan que «el dinero físico no debe verse como un vestigio del pasado, sino como una red de salvaguarda tan necesaria como los extintores en un edificio digitalmente inteligente o las escaleras en cualquier rascacielos».
La red española ya se ha ajustado. Al cierre de 2024 había 41.842 cajeros automáticos —1.047 menos que en 2021— y 17.377 oficinas bancarias —1.637 menos—. Aunque en 2025 y principios de 2026 la tendencia a la baja se frenó e incluso se recuperó, la industria se prepara para mover menos dinero físico de la manera tradicional a través de otras soluciones tecnológicas y digitales.
Más allá de la cuestión empresarial, su supervivencia tiene un componente social. En España, el 79% de los mayores de 64 años utiliza el efectivo como principal medio de pago, frente al 32% de los jóvenes de entre 18 y 24 años. En los municipios de menos de 5.000 habitantes, su uso aumentó del 65% al 72% entre 2023 y 2025. Para estos colectivos, reducir la infraestructura puede traducirse en una dificultad real.
A la inclusión se suma ahora también la seguridad. El apagón que sufrió España el 28 de abril de 2025 dejó temporalmente fuera de servicio numerosos terminales de venta y cajeros, así como plataformas como Bizum. Un estudio posterior del Banco Central Europeo (BCE), a partir de estimaciones de Caixabank Research y BBVA Research, concluyó que el consumo se redujo un 34% durante aquella jornada.
Tras aquella experiencia, otro análisis del Banco de España recomendó disponer de una cantidad mínima de efectivo para adquirir bienes y servicios imprescindibles: entre 70 y 100 euros por cada miembro de la familia o la suma suficiente para cubrir las necesidades esenciales durante 72 horas.
Europa se blinda
Varios países han comenzado a proteger legalmente el efectivo. Bélgica obliga desde marzo de 2024 a las empresas a aceptar pagos presenciales en metálico, aunque permite excepciones temporales por motivos justificados de seguridad, prevención de blanqueo o cuando el billete resulta desproporcionado respecto al importe de la compra.
Suecia, el país europeo que más avanzó hacia una economía sin efectivo, también ha rectificado. Desde este mes de julio, las tiendas de alimentación y las farmacias deben aceptar pagos en metálico. El Riksbank defiende la medida tanto por razones de inclusión como de preparación ante crisis o conflictos. Y trabaja, además, para que las tarjetas puedan utilizarse sin conexión en la compra de alimentos, medicamentos y combustible.
Hungría también ha elevado la protección. En 2025 reconoció el pago en efectivo como un derecho fundamental y aprobó una ley que obliga a garantizar la retirada de dinero mediante cajeros en todos los municipios, con un calendario de implantación gradual. Suiza aprobó en referéndum en marzo incorporar a su Constitución la obligación de garantizar el suministro de efectivo.
En definitiva, el futuro de los pagos será cada vez más digital, pero sin la necesidad de que el dinero en efectivo desaparezca por completo. El BCE trabaja en el euro digital y, al mismo tiempo, prepara una nueva serie de billetes. Éstos resisten porque todavía cumplen una función económica, social y estratégica, y la industria multimillonaria que los sostiene se transforma para que así siga siendo.

