La economía española mantiene una velocidad que continúa destacando frente a buena parte de Europa. El PIB ha crecido con más fuerza que el de la eurozona, el empleo se encuentra en máximos y la demanda interna sigue sosteniendo la actividad. Sin embargo, hay dudas sobre la evolución de una de las piezas fundamentales del crecimiento económico, la inversión privada, aquella que realizan las empresas.
En el último trimestre de 2025, la formación bruta de capital fijo de las sociedades no financieras alcanzó finalmente el nivel registrado antes de la pandemia, una primera señal favorable después de varios ejercicios de recuperación incompleta. Sin embargo, al considerar el conjunto del año y descontar la inflación, la inversión todavía se situó algo más de un 3% por debajo de la correspondiente a 2019, según los cálculos de Funcas.
Es decir, la inversión empresarial empieza a recuperar el terreno perdido, pero debe mantenerse de manera sostenida por encima de esa referencia para compensar varios años de menor inversión. La maquinaria adquirida, el software desarrollado, las fábricas ampliadas o los vehículos renovados pasan a formar parte del capital productivo de las compañías cuando se produce la inversión, pero el tiempo perdido no vuelve.
“La inversión es una variable que se va acumulando”, subraya María Jesús Fernández, economista sénior de Funcas. Por eso, recuperar ahora el nivel anual de 2019 “no implica necesariamente que ya esté todo” hecho, porque durante los años de debilidad dejó de incorporarse capital a la economía. “Hay una falta de inversión acumulada y el stock de capital ha crecido muy poco”, añade.
La brecha se aprecia con más claridad al relacionar la inversión con el número de trabajadores. Los cálculos elaborados por Funcas a partir de datos de Eurostat y de la Encuesta de Población Activa (EPA) muestran que la inversión empresarial real por persona ocupada se encontraba en 2025 un 13,7% por debajo del nivel de 2019. En la eurozona también había retrocedido, pero menos: un 8,6%.
España ha creado mucho empleo desde la pandemia. Si el número de trabajadores aumenta con rapidez, pero la inversión apenas recupera su nivel anterior, el capital nuevo que acompaña a cada empleado disminuye. “Como mucho, se ha igualado la inversión de las empresas, pero el empleo ha crecido mucho; por eso la inversión por ocupado ha caído con fuerza”, resume Fernández.
La comparación europea añade una paradoja. La economía española ha crecido durante estos años con bastante más intensidad que la eurozona, mientras la inversión empresarial por ocupado ha evolucionado peor. “Es curioso que en España el PIB haya ido muy bien, mientras la eurozona estaba prácticamente estancada, y que, sin embargo, nuestra inversión empresarial se haya comportado peor”, señala la economista.
Esto se explica a través de uno de los grandes desafíos estructurales del país, la productividad. La capacidad de una persona para generar más valor depende de su esfuerzo o de su formación, pero también está condicionada por las herramientas que tiene a su alcance, por los procesos más o menos eficientes, y por el estado de las infraestructuras.
Cuando el empleo avanza más deprisa que el capital productivo, resulta más difícil elevar de forma sostenida la producción por trabajador y, con ella, los salarios. En este sentido, la inversión por persona ocupada permite comprobar si el crecimiento del empleo está acompañado de una mejora equivalente de los medios de producción.
El impulso de los fondos europeos
Este comportamiento de la inversión resulta especialmente llamativo por coincidir con el despliegue de los fondos Next Generation. España ha sido uno de los principales receptores del dinero europeo desde 2021, con un programa impulsado precisamente para acelerar la digitalización, la transición energética y la modernización empresarial.
Las ayudas sí han resultado determinantes para muchas de las compañías beneficiarias. El Banco de España constató que el 45% de las empresas con proyectos financiados no habría acometido la inversión sin esos recursos y que otro 31% solo habría ejecutado una parte. Es decir, los fondos UE han movilizado proyectos adicionales, aunque su impacto todavía no se haya trasladado completamente a los agregados de inversión.
El problema parece encontrarse menos en la utilidad de las ayudas que en su velocidad, alcance y composición. Entre la convocatoria, la adjudicación, el desembolso y la ejecución efectiva de un proyecto puede transcurrir un periodo considerable. Además, el impulso europeo ha resultado mucho más visible en la inversión pública, que, según los datos manejados por Funcas, se sitúa alrededor de un 50% por encima de su nivel de 2019.
No existe una explicación única para la prudencia empresarial. Durante los últimos años, la subida de los tipos de interés encareció la financiación de proyectos; algunas compañías priorizaron reducir deuda y reforzar sus balances; y la incertidumbre geopolítica, comercial y regulatoria elevó el riesgo de comprometer recursos a largo plazo.
Asimismo, las encuestas empresariales del Banco de España muestran que la incertidumbre sobre la política económica y la regulación figura entre los principales obstáculos señalados por las compañías. Sin embargo, “todavía no se ha hecho un análisis profundo” que permita identificar cuánto explica exactamente este factor, apunta Fernández.
La inversión en intangibles
La composición de la inversión permite afinar el diagnóstico. El material de transporte ha sido uno de los componentes más rezagados. Las dudas sobre qué tecnología adquirir, la normativa medioambiental y las restricciones urbanas pueden haber llevado a numerosas empresas a posponer la renovación de camiones, autobuses o furgonetas.
“Con todas estas normativas medioambientales en las ciudades, muchas empresas no tienen claro qué comprar”, explica Fernández. Esa incertidumbre tecnológica puede haber limitado la renovación de este tipo de capital productivo. También han mostrado debilidad la maquinaria, los bienes de equipo y los ordenadores, aunque la caída ha sido menos intensa que en el transporte.
La cara más dinámica aparece en los activos intangibles. La inversión vinculada a la propiedad intelectual, las comunicaciones, el software y otros activos basados en el conocimiento ha evolucionado mejor. Esta transformación no compensa aún la debilidad del capital físico, pero muestra hacia dónde se está desplazando una parte creciente del esfuerzo inversor.
El Banco de España también observa un mayor dinamismo inversor entre las compañías más grandes y productivas, frente al menor empuje de aquellas que todavía cuentan con capacidad instalada sin utilizar. Las empresas han reducido deuda, reforzado sus balances y mejorado su posición financiera, una base relevante para el siguiente ciclo.

