Voy a explicar esto sin rollos, porque en el fondo es muy sencillo.
En Europa, cuando decimos «tax» en una compra en un comercio, nos referimos al IVA. Así que «Tax Free» y «Tax Refund» son dos palabras que cualquier viajero entiende. El problema no es que la gente no las entienda, y tampoco está en la palabra «tax». El problema está en la otra palabra: en España decimos «Free» cuando en realidad es «Refund».
Miremos qué hace Italia, que sí tiene ambos conceptos regulados por ley. En sus aeropuertos hay un mostrador que dice «Tax Free» y, al lado, otro que dice «Tax Refund»: dos servicios distintos, con su cartel cada uno, porque de verdad lo son. Italia permite emitir la factura sin IVA desde el principio (eso es Tax Free), y también permite pagar y reclamar después (eso es Tax Refund). Y aun así, los operadores líderes le siguen vendiendo al viajero «Tax Free» cuando lo que va a vivir, casi siempre, es un Tax Refund. Lo hacen a propósito, porque la palabra vende mejor que la realidad.
España ni siquiera tiene regulado ese Tax Free con factura sin IVA. Solo existe el pagar y reclamar después. Y aun así, seguimos poniendo «Tax Free» en el escaparate. No es un error, es una elección, y esa elección confunde al viajero y lo desincentiva, porque promete algo que luego no cumple.
¿Es esto lo que queremos? No debería serlo, porque aquí no hay término medio: o ganamos todos —el viajero, la tienda, el país— o vamos a perder todos.
Vamos a los números, que son los que cuentan la historia de verdad.
Hemos revisado tickets reales de devolución de IVA en Zara, Uniqlo y El Corte Inglés en Madrid. El viajero recupera de media entre el 45% y el 55% del IVA que la ley le reconoce. En efectivo, baja hasta el 45%. De cada 100 euros de impuesto que el Estado deja de ingresar pensando que van al bolsillo del turista, más de la mitad se queda por el camino.
¿Por el camino de quién? De dos actores, ninguno de los cuales es el viajero ni el Estado.
Aquí hay algo que casi ninguna tienda cuestiona: podría ofrecer Tax Refund ella misma, sin intermediario. Pero sabe que el problema real es devolver el dinero: es costoso, y genera una carga administrativa que ningún comercio quiere asumir. Por eso recurre a un intermediario. Y es la propia tienda, en muchos casos, quien no elige al intermediario que mejor servicio da, sino al que más comisión le devuelve a cambio. El Tax Refund se ha convertido así en un ingreso extra por comisión para la tienda, en lugar de ser lo que debería: una forma de vender más. Y la diferencia es enorme: un descuento aplicado en caja puede hacer que una tienda venda un 25% más, frente a quedarse con una comisión del 2-3% por gestionar un trámite que encima incomoda al cliente. ¿Alguien duda de que Zara o El Corte Inglés, en rebajas, venden más porque aplican el descuento ahí mismo, en el momento del pago? Nadie se plantea que fuera igual de efectivo darle al cliente un vale para septiembre, a cambio de pagar el precio completo ahora. Un descuento directo vende; una promesa de dinero futuro, no. Con el Tax Refund pasa exactamente eso: el viajero paga el precio completo hoy, a cambio de una promesa de devolución que ni siquiera se explica bien. A veces esa comisión que recibe la tienda del intermediario llega hasta el 90% de lo que este cobra, como quien paga una mordida por seguir siendo imprescindible. Y encima el intermediario se queda con el margen del cambio de divisa —escrito en su propio contrato, en torno al 3,5%—, más comisiones de gestión de hasta 6 puntos, más penalizaciones de hasta el 15% cargadas semanas después de que el viajero ya esté en su país. Nada de esto se explica con claridad a quien compra.
Pero ¿y si la tienda tuviera un software que hiciera esa gestión por ella, que además le llevara la base de datos de sus clientes, y que le permitiera ir un paso más allá: ofrecer Tax Free real, no Tax Refund? Porque en España eso ya es posible. No por un cambio de regulación, sino por tecnología: aplazar el cobro del impuesto hasta que se confirma la exportación, en lugar de cobrarlo y devolverlo después.
Esto no es una anécdota. Hemos revisado cientos de publicaciones de viajeros chinos en Xiaohongshu (小红书), la red social que más usan para planear sus compras. Las quejas se repiten: colas de tres y cuatro horas, un formulario distinto por cada tienda, reembolsos en la moneda equivocada, comisiones que aparecen semanas después sin avisar. Títulos como «España, te odio» o simplemente «SOS», con cientos de comentarios cada uno. Y no es solo España: los mismos operadores fallan igual en Italia, aunque allí al menos el cartel de la puerta no mienta sobre lo que vas a recibir.
Tampoco es solo cosa de los chinos, aunque sean los que más lo cuentan en público. En una reunión con VISA en Milán hace unas semanas nos contaron algo revelador: los suizos y los chinos son las nacionalidades más atentas al precio, las que hacen el cálculo y protestan. Otras, como la estadounidense o la británica, sufren la misma fricción pero no se quejan: dejan de usar el servicio, o gastan menos. El problema es el mismo. Solo cambia si se ve o no se ve.
Hay otra pieza que casi nunca se cuenta. En España hay 377.471 comercios minoristas, según el INE. Muchos son autónomos (algo más de la mitad): tiendas de ropa, zapaterías, relojerías, productos gourmet de la tierra. Para ellos, el IVA funciona distinto: es el «recargo de equivalencia», y ya lo han pagado por adelantado a su proveedor. Si quieren devolverle el IVA a un turista, es Hacienda quien tendría que devolvérselo primero a ellos, al comercio, no al turista directamente, y ese proceso puede tardar meses. Así que, en la práctica, el comercio no puede adelantar ese dinero sin asumir el riesgo, y no ofrece devolución. Se queda fuera del turismo de compras, no porque no quiera, sino porque el proceso que existe hoy es demasiado lento e ineficiente para él.
Ganan las grandes cadenas y el intermediario. Pierden el Estado y el viajero. Y esto no es un problema de leyes: es un modelo de negocio montado sobre comisiones que nadie explica, envuelto en un nombre que promete algo que no cumple.
La alternativa es simplificarlo del todo: Tax Free real, sin devolución, sin comisiones escondidas, sin flujo de dinero de ida y vuelta. El viajero no paga el impuesto y ya está; no hay nada que reclamar después porque no hay nada que devolver. Y esto lo puede ofrecer cualquier comercio, sea grande o pequeño, incluidos los que hoy están en recargo de equivalencia: al no haber devolución que gestionar, el proceso les resulta más simple y más barato que el actual, no más complicado.
Y esto se hace sin cambiar ni una coma de la ley. La factura se sigue emitiendo con el IVA reflejado; lo único que cambia es el momento del cobro. Y esto ya no es una interpretación nuestra. El Tribunal Supremo, en una sentencia de octubre de 2025, dejó claro que exigir el reembolso efectivo al viajero es solo un requisito de forma, no de fondo: lo que de verdad importa para aplicar la exención es que el producto salga realmente del país, que el viajero no resida en la UE y que se respeten los límites de tiempo e importe. Que haya o no dinero yendo y viniendo no debería cambiar nada.
Y en mayo de 2026, el TEAC aplicó ese mismo criterio a una empresa que no devuelve el dinero al viajero, sino que compensa el saldo directamente, sin que el impuesto llegue a cobrarse de verdad: el mismo modelo que hoy permite la tecnología de Stamp. El TEAC calificó esa resolución expresamente como doctrina, lo que la hace obligatoria para toda la Administración tributaria española. Así que, por primera vez, y aunque la ley siga hablando técnicamente de «devolución al viajero», España tiene sitio para el Tax Free real y el Tax Refund a la vez. Es la apuesta que llevamos tiempo defendiendo desde Stamp, y ahora tiene detrás el respaldo que le faltaba.
Hace veinte años esto era imposible, porque no existía forma de rastrear la operación y recuperar el dinero en caso de fraude. Hoy sí. Y aquí quiero ser preciso, porque no es un matiz menor: Stamp no aplica la exención del IVA. Quien la aplica es el propio comercio, porque es el sujeto pasivo del impuesto —el responsable legal ante Hacienda— exactamente igual con intermediario que sin él. Lo que hace Stamp, con sede en Madrid, es dar la tecnología para que ese comercio pueda aplicarla directamente, con seguridad: no somos un proveedor de Tax Free, damos el software para que sea la propia tienda quien lo ofrezca, en su caja, sin intermediario, gestionando además a sus propios clientes.
Cuando esto se hace bien, todos ganan: el viajero compara precios con más facilidad y compra más, porque ve el ahorro ahí mismo, no una promesa a semanas vista. El comercio vende más, con un coste menor que el que hoy paga por gestionar devoluciones. Y el Estado tiene menos fraude, no más, porque toda la operación queda trazada y es exigible.
Es difícil solo por una razón: a quien inventó el modelo actual le interesa que siga siendo opaco. Cuantas más comisiones ocultas, más gana. Por eso cuesta cambiarlo, no porque sea complicado.
España tiene además una oportunidad enorme sin explotar: recibe muchos menos turistas chinos que Italia o Francia, sus competidores directos. En 2023 los turistas chinos fueron solo el 0,4% de todos los visitantes de España. No es un hueco imposible de cerrar. Es un hueco que, hasta ahora, no nos hemos propuesto cerrar.
La pregunta ya no es cómo mejorar un poco la devolución de IVA actual. Es por qué seguimos poniendo «Tax Free» en el escaparate cuando lo que hay dentro es otra cosa, mientras el viajero —que es quien genera todo el gasto— sigue siendo quien menos recibe de lo que la ley ya le reconoce.
Y hay una razón de fondo por la que este cambio llega ahora, y tiene que ver con los pagos, no con el turismo. Devolver dinero es caro para todos. Vivimos además en un mundo cada vez más fragmentado, donde pagar más allá de tu propia región es cada vez más difícil: un ruso ya no puede comprar en Estados Unidos ni mandar dinero a China con la facilidad de antes. Pero, al mismo tiempo, pagar con tarjeta se ha vuelto rápido, eficiente y seguro, y es justo esa tecnología la que permite cobrarle a alguien después si comete fraude, en lugar de tener que perseguirlo. Bizum seguirá sirviendo para pagos entre españoles y europeos; Mastercard o Visa acabarán siendo, sobre todo, la infraestructura del viajero. Como pasa casi siempre: primero el mundo se fragmenta, y luego se reordena. El Tax Free real es parte de ese reordenamiento.
Al final todo se reduce a esto: hay que simplificar, y hay que llamar a las cosas por su nombre. Todos: comercios, operadores, y nosotros también. Se acabó eso de vender una cosa y entregar otra. El viajero no es tonto: no quiere colas, ni un proceso partido en tres pasos de emisión, validación y devolución. O deja de venir a quien lo engaña, o directamente no le ve valor y ni siquiera lo pide. En el siglo de la tecnología, donde la transparencia y la experiencia de cliente son lo que de verdad importa, no tiene sentido seguir yendo a contracorriente.
Abel Navajas, CEO y cofundador de Stamp

