La naturaleza no es solo el decorado de fondo de la actividad turística en Costa Rica: es el rasgo diferencial de todo un país. Algo totalmente lógico si tenemos en cuenta que estamos ante un territorio que, aunque representa apenas el 0,03% de la superficie terrestre, alberga alrededor del 6,5% de la biodiversidad mundial, con más de 900 especies de aves, bosques nubosos, volcanes activos y costas abiertas a dos océanos. De hecho, cerca de una cuarta parte del territorio nacional se encuentra protegido mediante parques nacionales y áreas de conservación.
Esta peculiar organización geográfica condiciona enormemente las experiencias que ofrece el visitante, especialmente las relacionadas con el mundo animal. Las costas del país albergan o reciben a cinco de las siete especies de tortugas marinas del mundo, y enclaves como Tortuguero, Ostional y Las Baulas han convertido el desove en una experiencia de observación responsable. Algo parecido sucede con las ballenas jorobadas, visibles en distintos momentos del año en áreas como el Parque Nacional Marino Ballena, la península de Osa o bahía Drake, y con la observación de aves, favorecida por la extraordinaria variedad de hábitats del país. Por otro lado, actividades como el canopy —tirolinas entre árboles—, las rutas por bosques tropicales y los senderos en parques nacionales permiten entrar en contacto con el territorio sin dañarlo.

Una oferta que además varía según la época del año. Mientras que la temporada seca facilita los desplazamientos, la verde revela un país más exuberante, con densos bosques tropicales, ríos caudalosos y una experiencia más cercana a los ritmos naturales.
Una apuesta por la sostenibilidad que busca también repartir beneficios a través del turismo comunitario. Los circuitos de proximidad a poblaciones locales, la cultura del café y una gastronomía cada vez más atenta al origen del producto, apuntalan esta redistribución. En territorios como el de la comunidad Bribri, la experiencia se articula en torno al cacao, las plantas medicinales, las fincas orgánicas o las caminatas por bosque primario, integrando conocimiento tradicional, ingresos complementarios y preservación del entorno.
Algo que no funcionaría sin sus esfuerzos por la concienciación. Programas como el de la Reserva Pacuare, orientado a la alfabetización ambiental en el marco de la Agenda 2030 y al uso sostenible de los recursos marino-costeros, demuestran que la sostenibilidad costarricense no descansa solo en el visitante —que dispone, por cierto, de herramientas para calcular y compensar su huella de carbono—, sino en una pedagogía social interna aún más amplia.
Muestra de ello es que Costa Rica también ha conseguido convertirse en un referente internacional en energías renovables —hidroelectricidad, geotermia, la eólica, solar y biomasa—: en 2025, el 98,6% de la electricidad generada provino de fuentes renovables.
La compensación de la huella de carbono de los visitantes se usa para reforestar y conservar.

