Opinión Eugenio Mallol

El fin de la soledad

Una inteligencia artificial para apoyar nuestras relaciones sociales, no para suplantarlas, si no queremos caer en la trampa de una nueva revolución industrial que ya no acumula poder económico y de producción, sino datos de la intimidad y emociones.

Asistentes al Aspen Ideas Festival comparten un espacio de conversación, un encuentro donde la inteligencia artificial y el impacto en las relaciones humanas centraron parte del debate.

Yoga matutino, sesiones de pesca con mosca (plazas agotadas), visita a la Mina de los Contrabandistas, baños de bosque, observación de pájaros, Book Club Lunch, talleres de reparación de cosas y de inmersión musical… se ven mucho más claros los impactos de la inteligencia artificial (IA) en nuestras vidas desde el evento económico-científico-tecnológico-cultural más exclusivo del mundo, el Aspen Ideas Festival.

No es fácil conseguir asiento. El patronato del Aspen Institute en España reúne a nombres propios de nuestra escena económica: los presidentes de Repsol, Zurich y CaixaBank, Antonio Brufau, Vicente Cancio y Tomás Muniesa, el exgobernador del Banco de España y consejero independiente del BBVA, Jaime Caruana, el CEO de Deoitte, Héctor Flórez, directivos de Iberdrola, Uría Menéndez, Llorente y Cuenca…

Entre las sustancias emergentes de ese éter conceptual que es el “espíritu de nuestro tiempo”, destaca la cuestión del fin de la soledad debido a la irrupción de la IA. “¡La soledad del líder!”, pensarán los altos ejecutivos reunidos en el idílico paraje norteamericano. No exactamente.

Paul Bloom, profesor de psicología y ciencia cognitiva en la Universidad de Yale, dice que la soledad «causa estragos en el cuerpo además de en el alma» y la compara con “fumar hasta 15 cigarrillos al día». Curiosamente el grupo mayoritario de personas solitarias en nuestros días no son los ancianos, como se podría pensar, sino los adultos jóvenes.

Por eso, Bloom ve a los chatbots de IA como “algo parecido a un poderoso analgésico” y, como en su caso, observa algunos “efectos secundarios potencialmente peligrosos”. Porque las emociones negativas tienen también una función vital, necesitamos el fracaso para aprender “y con la IA nunca se fracasa”. Tampoco hay fricción, dificultad ni lucha, que son “parte esencial de algo cuando es significativo». Bloom propone que nos rodeemos de una IA lo suficientemente imperfecta como para que “finalmente la abandonemos para buscar personas reales”.

Aparecen en el foro público cuestiones fundamentales que hace tiempo que no nos hacíamos. Gracias, IA generativa. “¿Hemos perdido la capacidad de disfrutar realmente de estar solos?”, se pregunta Manoush Zomorodi, presentadora del podcast Note to Self de WNYC. “Algunos jóvenes tienen la idea de que estar solo significa ser un perdedor”.

No debemos ver a los nuevos compañeros artificiales sólo como vampiros emocionales. Podrían darconsuelo, confort y felicidad a personas ancianas o aisladas sin red de apoyo. “Sería una bendición”, dice Zomorodi. Para personas con autismo de nivel 1, ir a un terapeuta todavía supone una incómoda negociación social. Es posible incluso que las personas que sufren problemas financieros prefieran tratar con una máquina en lugar de con otro ser humano, para evitar la vergüenza.

Pero las relaciones con IA pueden sentirse vacías a largo plazo. Bloom explica por qué.  En las relaciones humanas existe una simetría donde nos necesitamos mutuamente, pero “los chatbots no necesitan nada”, les importamos mucho menos a ellos de lo que ellos podrían importarnos a nosotros. El profesor canadiense cree que preferimos autoengañarnos y fingir que no es así, pero si “si uno de mis hijos me dijera que su verdadero amor es ChatGPT, me horrorizaría y lo desaprobaría moralmente”.

Podríamos pensar que el simple hecho de saber que estamos hablando con una máquina anula sus riesgos. Sin embargo, los estudios psicológicos revelan que advertirle al usuario «esto es una IA» no detiene los efectos negativos de relacionarse con un sistema que te adula de forma continua.

«¿Por qué no tener un chatbot que finja mi voz y le lea unos cuantos cuentos a mi hijo, si estoy fuera de la ciudad?», lanza Zomorodi. Esa situación podría volverse “verdaderamente adictiva” para un niño, responde Bloom, porque el chatbot nunca se cansa, nunca dice que no, nunca se aburre.

Un CEO presente en el público expresa su preocupación por el pensamiento crítico de sus nietos, “cómo van a desarrollar la fuerza para poder hacer las preguntas correctas”, porque la IA, admitámoslo, “no va a desaparecer». Otro asistente, del sector químico, sugiere una fascinante forma de estimular la conciencia en las máquinas: conseguir que experimenten dolor. Cuando el Aspen Ideas Festival quiere, y llevo siguiéndolo 15 años, tira a dar.

Los estudios demuestran que, a largo plazo, cuanto más recurren las personas a los chatbots para buscar compañía, más solitarias se sienten. Elizabeth Warren Dunn, profesora de Psicología la Universidad de Columbia Británica, sostiene que los desacuerdos, los desafíos y los límites son fundamentales para que las personas desarrollen competencias sociales y moldeen su individualidad.

Le acompaña Fray Paolo Benanti, un franciscano que se doctoró con una tesis titulada El Cyborg. Cuerpo y corporeidad en la era posthumana. El año pasado publicó El colapso de Babel: El fin del sueño de Internet. “Bienvenidos a la diferencia entre existir y funcionar”, dice, “¿mi existir merece a alguien que exista conmigo, o simplemente merezco algo que funciona?” Relacionarse íntimamente con una máquina que carece de la capacidad para rechazar al otro elimina un elemento humano vital de la ecuación. La verdadera intimidad requiere el riesgo de exponerse, “son dos vulnerabilidades que se tocan. Esa es la fenomenología de un abrazo”.

Los estudios demuestran que practicar conversaciones difíciles con una IA ayuda a las personas a sentirse más seguras para llevar a cabo esas mismas discusiones en la vida real con otras personas. Esta podría ser una buena síntesis de esta discusión sobre la soledad. Elizabeth Dunn lo resume así: «usa la IA para apoyar tus relaciones sociales en lugar de suplantarlas». Lo mismo que en una planta industrial, quién lo hubiera dicho.

Al igual que, en el pasado, las primeras revoluciones industriales concentraron el poder económico y de producción, la era de los chatbots sociales plantea un monopolio sin precedentes: el control sobre la intimidad y los datos emocionales más profundos de las personas. “Ese mercado tiene un modelo de negocio que se amortiza con la cantidad de tiempo que pasas en el chatbot”, sentencia el Padre Paulo Benanti. Suena una música tradicional entre las ramas de los árboles, Aspen se lleva los restos del día.

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