La Odisea de Christopher Nolan llega a los cines españoles el 17 de julio y ya son varios los debates que esta adaptación del clásico de la literatura épica ha provocado en Internet, desde el color de piel de Helena de Troya hasta la falta de exactitud de los uniformes de los guerreros aqueos, pasando por la filmación en varias localizaciones en en playas islandesas, algo que ha llevado a varios internautas a cuestionar si la frialdad nórdica puede reflejar la exuberancia del Mediterráneo.
Si bien las primeras críticas apuntan a que lo rodado en Islandia corresponde solo a escenarios de encuentros con dioses o de pesadillas, esta controversia sobre la luz y el color mediterráneos reabre un enigma que desde hace 3.000 año suscita La Odisea: ¿veían los griegos el color azul? Al margen de el mito histórico apócrifo que asegura que Homero era ciego (que se complica a causa de otro mito, mucho más respaldado, que asegura que Homero es un nombre que agrupa en realidad varios autores), el hecho de que este color no se nombre ni en La Ilíada ni en La Odisea es una omisión que fascina desde hace ya 3.000 años y plantea cuestiones que tienen que ver con la vista, el lenguaje, el cerebro y, por supuesto, el mar.
Un mundo en blanco, negro y destellos de rojo
A lo largo de sus inmortales páginas, hay alusiones cromáticas que hoy nos resultan confusas. Se describe la miel como verde, las ovejas como violetas y, en su metáfora más célebre, se repite decenas de veces que el mar Mediterráneo es «del color del vino» (oînops póntos). El primero en obsesionarse con esta omisión fue el cuatro veces Primer Ministro británico William Gladstone en 1858. Intrigado por la paleta de colores de Homero, se puso a contar cada una de las menciones cromáticas en sus textos. El resultado fue revelador: el negro y el blanco dominaban absolutamente la obra (con casi 200 y 100 menciones, respectivamente), seguidos de lejos por el rojo (unas 13 veces) y el verde y el amarillo (menos de 10). El azul, simplemente, no existía. De hecho, palabras griegas antiguas como kyanos, que hoy podríamos asociar al color cian, se empleaban entonces para describir la oscuridad, como las pobladas cejas de Zeus, el cabello de Héctor o el tono de metales oscuros. Gladstone llegó a la conclusión de que los griegos de la época tenían el sentido del color poco desarrollado y «vivían en un mundo en blanco y negro, con algunos destellos de rojo y brillos metálicos».
Pocos años después, el filólogo alemán Lazarus Geiger decidió dar un paso más y averiguar si esta «carencia» afectaba solo a los griegos. Analizó en profundidad textos antiguos de todo el mundo —el Corán, la Biblia hebrea, las sagas islandesas y los himnos Vedas de la India—, el patrón se repetía. Maravillado ante los textos indios, Geiger dejó una observación poética: «…pero hay una cosa que nadie podría aprender de estas canciones antiguas… y es que el cielo es azul». Geiger descubrió algo fascinante: la humanidad ha ido poniendo nombres a los colores siguiendo siempre el mismo orden evolutivo. Primero, todas las culturas distinguen entre la luz y la oscuridad (blanco y negro). Luego aparece el rojo, el color de la sangre y el vino. Más tarde, se nombran el amarillo y el verde. Y siempre en último lugar, llega el azul.
La tesis comúnmente aceptada tiene que ver con que, a pesar de ser el color por el que lo distinguen los astronautas, el azul no es tan habitual en nuestro planeta como podría pensarse. Hay muy pocos animales o plantas azules, por lo que las sociedades primitivas no tenían la necesidad de nombrarlo. La única excepción fueron los antiguos egipcios, que fueron la única cultura de la antigüedad capaz de fabricar tintes azules y, por tanto, los únicos que tenían una palabra para referirse a él. Como bien resume el lingüista Guy Deutscher: «Cuanto más avanzan tecnológicamente las sociedades, más se desarrolla la gama de nombres de los colores».
¿Sin palabra no hay color?
Escribió poéticamente Fernando Pessoa que «ver es haber visto». Aunque desde un punto de vista fisiológico, o al menos así se cree, los ojos de nuestros antepasados funcionaban igual que los nuestros, su cerebro no aislaba la diferencia entre el tono del cielo y el del mar, porque no tenían una etiqueta lingüística para él. Ya en nuestro siglo, el investigador Jules Davidoff ha viajado a Namibia para estudiar a la tribu Himba, cuyo idioma carece de una palabra para el azul, pero cuenta con múltiples vocablos para el verde. En un experimento, les mostró una pantalla con once cuadrados verdes y uno azul; los Himba eran incapaces de distinguir el azul a simple vista. Sin embargo, podían detectar variaciones de verde tan sutiles que para nosotros resultarían invisibles. El cerebro aprende a diferenciar e identificar aquello que el lenguaje le enseña a nombrar.
Esto tiene implicaciones fascinantes, como demostró el experimento que el lingüista Guy Deutscher hizo con su propia hija, Alma. Le enseñó todos los colores y sus nombres, incluido el azul, pero no permitió que nadie le dijera de qué color era el cielo. Cuando se preguntó por el tono de era aquello que estaba sobre sus cabezas, la niña se quedó perpleja y, tras dudar mucho tiempo, respondió: «blanco». Solo meses después, influenciada por postales y la cultura, empezó a llamarlo azul.
Según Deutscher, esto demuestra algo fundamental sobre la mente humana: «no era una necesidad imperiosa ponerle un nombre al color del cielo. No se trata de un objeto». Refiriéndose a cómo los antiguos se relacionaban con este matiz, Deutscher resumió la esencia de esta omisión: «Lo entendían con la mente, pero no con el alma».

