El 21 de octubre de 2019, alrededor de las tres de la tarde, un buque oceanográfico de aspecto poco convencional entraba en el puerto de Barcelona y atracaba en el Muelle Oriental, en la dársena del dique flotante. Como ha hecho con prácticamente cada barco singular que ha cruzado la bocana del puerto en las últimas dos décadas, allí estaba Toni Casinos, autor del blog En visita de cortesía, documentando la maniobra con su cámara y, días después, publicando una de sus crónicas detalladas sobre el buque y su historia.
El barco se llamaba entonces DSSV Pressure Drop, pertenecía a la compañía Caladan Oceanic y acababa de poner punto final, en el puerto de Londres, a una de las gestas más singulares de la exploración submarina reciente: la Five Deeps Expedition de Victor Vescovo.
Siete años después, ese mismo casco, ahora rebautizado RV Dagon y bajo nuevo propietario, ha vuelto a Barcelona. Ahora está amarrado en el Barcelona Nautic Center, donde llegó el 10 de junio y permanecerá en la ciudad hasta septiembre. Quien salga navegando del puerto por la bocana norte lo verá enseguida junto al gran hangar de la empresa de mantenimiento de barcos. Lo que no imagina quien se fije en él es que su historia es aún más singular que su diseño y los ingenios que transporta en cubierta.

Del espionaje submarino a la NOAA
El actual Dagon fue construido por los astilleros Tacoma Boat Building Co., en el estado de Washington, y entregado a la US Navy el 26 de noviembre de 1985 con el nombre de USNS Indomitable. Formaba parte de la clase Stalwart, dieciocho buques construidos entre 1984 y 1990. Eran oficialmente oceanográficos, aunque su verdadero cometido era rastrear submarinos soviéticos mediante sonares remolcados y operando bajo el Military Sealift Command con tripulaciones mixtas de personal militar y marina mercante.
Terminada la Guerra Fría, el Indomitable perdió su función original. Tras un breve periodo destinado a la lucha contra el narcotráfico en el Caribe y el canal de Panamá, fue retirado del servicio activo en diciembre de 2002. Posteriormente pasó a manos de la NOAA (la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica estadounidense), que lo transformó en buque científico bajo el nombre de McArthur II. Con esa identidad pasó casi una década recorriendo el Pacífico y la costa oeste norteamericana, hasta su desactivación en 2014.
Vescovo, Pressure Drop y la Five Deeps Expedition
Inactivo y a la espera de un nuevo destino, el barco llamó la atención de Victor Vescovo, marino, piloto, empresario y explorador que ya había completado el reto del Explorers Grand Slam (escalar las siete cumbres más altas del mundo más la proximidad a ambos polos) y que se propuso entonces una hazaña distinta: descender en solitario a las cinco fosas oceánicas más profundas del planeta. A través de su compañía Caladan Oceanic, adquirió el McArthur II, lo rebautizó DSSV Pressure Drop y lo equipó con una grúa de doce toneladas, sonares Kongsberg de última generación y capacidad para portar el minisubmarino Triton 36000/2, al que bautizó como Limiting Factor.
Entre diciembre de 2018 y septiembre de 2019, Vescovo y su tripulación completaron la Five Deeps Expedition: descendieron a la fosa de Puerto Rico, a las Sandwich del Sur, a la fosa de Java, la de las Marianas (Vescovo alcanzó allí los 10.927 metros, cinco veces, una marca aún hoy difícil de superar) y, finalmente, a la fosa Molloy en el mar de Groenlandia.
En el camino, además, protagonizaron el rescate submarino más profundo de la historia, al recuperar uno de sus vehículos automáticos averiado en el fondo oceánico. Fue precisamente durante el cierre de esa aventura, de regreso desde Londres, cuando el Pressure Drop hizo aquella escala en Barcelona que Casinos inmortalizó: parte de un acuerdo más amplio entre Marina Barcelona 92 y Triton Submarines para el mantenimiento de este tipo de naves en el Mediterráneo, Europa, Oriente Medio y África.
De Vescovo a Gabe Newell
En 2022, el sistema completo (buque + sumergible), cambió de manos de nuevo. Esta vez el comprador fue Inkfish, una organización de investigación oceánica fundada y financiada por Gabe Newell, cofundador de Valve Corporation y responsable, junto con Yahn Bernier, de la serie de videojuegos Half-Life y la plataforma Steam. El submarino pasó a llamarse Bakunawa y el buque de apoyo, Dagon. Newell calificó entonces el legado de Vescovo como una herramienta única para la comunidad científica marina, y expresó su voluntad de continuar esa tradición de investigación en las profundidades oceánicas.


Desde entonces, el Dagon ha protagonizado nuevas expediciones bajo el sello de la ciencia abierta que distingue a Inkfish: en 2023 participó en la Trans-Pacific Transit Expedition, recuperando boyas y sondas oceanográficas en el Pacífico suroriental, y en 2024 fue la base de la expedición a la fosa de Nova Canton, entre Samoa y Kiribati, donde se documentaron especies entre los 3.000 y los 8.000 metros de profundidad. Desgraciadamente documentó también restos de plástico a más de 7.500 metros, un recordatorio de hasta dónde llega la huella humana incluso en los rincones más remotos del planeta.
Una flota que no para de crecer
El Dagon ya no navega solo. Comparte armador con el RV Hydra y, desde noviembre del año pasado, con el Leviathan, un buque de 111 metros construido por Oceanco y equipado con laboratorio, centro de buceo, hospital a bordo y taller de impresión 3D. En el astillero VARD de Brăila, Rumanía, ya toma forma el casco del RV6000, primer buque diseñado desde cero para Inkfish, con entrega prevista para 2028, mientras un segundo encargo todavía mayor, el RV11000 de 162 metros y cerca de 700 millones de euros de coste, promete ser el buque de investigación civil más capaz jamás construido.
Frente a esas cifras, el veterano Dagon, con sus cuarenta años de vida y una historia que pasa por la Guerra Fría, el narcotráfico, la oceanografía federal estadounidense, los abismos más profundos del planeta y ahora la filantropía científica de un magnate del videojuego, sigue siendo el corazón operativo de la flota mientras los dos gigantes se terminan de construir.
Su segunda escala en Barcelona, siete años después de aquella tarde de octubre de 2019, cierra un círculo curioso para quienes seguimos de cerca la vida de los barcos que entran y salen de este puerto.

