Si Colette apareciera hoy por primera vez, probablemente internet no sabría dónde colocarla. Demasiado libre para unos. Demasiado contradictoria para otros. Demasiado ambiciosa para quienes siguen esperando que las mujeres hablen del éxito con cierta culpa.
Escritora, actriz, periodista, empresaria y figura escandalosa para la Francia de comienzos del siglo XX, Colette vivió varias vidas dentro de una sola. Y quizá por eso, más de setenta años después de su muerte, sigue pareciendo sorprendentemente contemporánea.
Esa es precisamente la mujer que Antoine Compagnon rescata en Colette (Acantilado), un libro que se aleja de la biografía tradicional para acercarse a ella de una forma mucho más íntima. El escritor, editor y profesor de Literatura en la Sorbona construye un retrato a partir de citas, recuerdos, entrevistas y fragmentos de la propia obra de la autora, como si intentara reconstruir un espejo roto cuyos reflejos siguen diciendo algo distinto cada vez que se observan. Porque explicar a Colette nunca ha sido sencillo.
Durante décadas fue presentada como una pionera feminista, una figura escandalosa, una escritora sensual o una mujer adelantada a su tiempo. Sin embargo, cuanto más se profundiza en su historia, más evidente resulta que ninguna etiqueta logra contenerla por completo. Fue una mujer profundamente libre, pero desconfiaba de las ideologías. Defendió su independencia económica con una determinación extraordinaria, aunque nunca se sintió cómoda formando parte de movimientos colectivos. Rompió casi todas las normas que regulaban el comportamiento femenino de su época, pero rechazó convertirse en símbolo de nada.
Su vida parece construida sobre contradicciones. Y precisamente por eso sigue resultando tan fascinante. Compagnon no intenta suavizarlas. Al contrario. Las convierte en el centro del relato.
Mucho más que una escritora
Pero quizá la dimensión más difícil de comprender hoy sea la influencia que llegó a ejercer. Colette no fue únicamente una escritora célebre. Fue una figura central de la vida cultural francesa durante más de medio siglo.
Frecuentó los círculos intelectuales, artísticos y aristocráticos más influyentes de su tiempo. Compartió mesa, conversaciones y amistades con escritores, periodistas, artistas, políticos y miembros de la alta sociedad europea. Cuando Francia buscaba una voz capaz de interpretar los cambios sociales, sentimentales y culturales que atravesaban el siglo XX, muchas veces terminaba mirando hacia ella. No porque pretendiera liderar ningún movimiento. Sino porque parecía vivir siempre unos pasos por delante.
Mientras buena parte de la sociedad seguía defendiendo modelos rígidos sobre el matrimonio, el deseo o el papel de la mujer, Colette ya exploraba otras formas de vivir. Mientras la independencia económica femenina seguía siendo una excepción, ella insistía en ganarse la vida con su trabajo. Mientras muchas mujeres eran definidas por los hombres que las rodeaban, ella convirtió su propia identidad en una obra en constante construcción.
Lo hizo sin discursos grandilocuentes. Sin proclamas. Sin necesidad de convertirse en símbolo. Y por eso su influencia terminó siendo todavía mayor. Porque no proponía teorías. Ofrecía un ejemplo.
Aparece así la joven Sidonie-Gabrielle Colette que llegó a París de la mano de Henry Gauthier-Villars, conocido como Willy, escritor, editor y figura célebre de la vida cultural francesa. Juntos formaron una de las relaciones más complejas de la literatura europea. Ella escribía. Él firmaba.
Las exitosas novelas de Claudine, que la convertirían en una celebridad, aparecieron inicialmente bajo el nombre de su marido. Durante años, el talento de Colette circuló por Francia llevando la firma de otro hombre. Aquella experiencia marcaría para siempre su relación con el trabajo, el dinero y el reconocimiento. Porque si algo deja claro el libro es que Colette nunca idealizó la escritura. Quizá sea uno de los aspectos más modernos de su personalidad
Mientras gran parte de la tradición literaria insistía en presentar al escritor como una figura casi sacerdotal, guiada por la inspiración y alejada de las preocupaciones materiales, Colette hablaba con absoluta naturalidad de dinero. Escribía para vivir. Trabajaba para pagar facturas. Aceptaba encargos. Adaptaba sus novelas. Escribía artículos periodísticos. Actuaba. Se reinventaba constantemente. Y jamás sintió la necesidad de disfrazar esa realidad.
Compagnon recoge numerosas declaraciones que revelan hasta qué punto desconfiaba de la mitificación del oficio literario. La palabra «literatura», de hecho, aparece con frecuencia en su discurso cargada de ironía. Lo que le interesaba era escribir. No construir una leyenda alrededor de sí misma. Paradójicamente, esa resistencia a convertirse en mito terminó convirtiéndola en uno. Porque su vida parece avanzar con la misma intensidad que una novela.
Hubo amores cruzados, relaciones escandalosas, matrimonios, divorcios, amistades imposibles y una libertad sentimental que sigue resultando llamativa incluso desde la perspectiva actual. Mucho antes de que existieran términos para describir determinadas formas de vivir el amor, Colette ya estaba explorándolas. Sin manifiestos. Sin teorías. Sin necesidad de justificarse. Simplemente viviendo.
Pero reducir su figura al escándalo sería cometer el mismo error que muchos de sus contemporáneos. Porque también estaba la observadora extraordinaria. La mujer que encontraba belleza en los jardines, en los animales, en la comida, en los pequeños rituales cotidianos. La escritora capaz de convertir una sensación, una estación del año o un recuerdo familiar en literatura de altísima precisión emocional.
Su madre, Sido, ocupa un lugar fundamental en ese aprendizaje. La relación entre ambas fue compleja, como tantas relaciones entre madres e hijas, pero también profundamente formativa. Colette siempre reconoció en ella a la persona que le enseñó a mirar el mundo con atención, a comprender la naturaleza y a escuchar aquello que normalmente pasa desapercibido.
Esa capacidad de observación atraviesa toda su obra. Y quizá explique por qué sigue conectando con lectores tan distintos. Porque Colette no escribía desde las grandes teorías. Escribía desde la experiencia. Desde el cuerpo. Desde el deseo. Desde la contradicción. Desde la vida. Por eso el retrato que propone Compagnon resulta tan atractivo. No intenta convertirla en santa. Ni en heroína. Ni en mártir.
La devuelve a una dimensión mucho más interesante: la humana. Con sus contradicciones. Con sus ambiciones. Con sus errores. Con su enorme inteligencia. Y con una idea que atraviesa cada página del libro y que sigue sonando radicalmente actual. La de que una mujer no necesita ser perfecta para ser extraordinaria.
La mujer que nunca pidió permiso
Hay una imagen que atraviesa toda la vida de Colette y que ayuda a entender por qué sigue fascinando tanto. La de una mujer que nunca pidió permiso. No pidió permiso para escribir. No pidió permiso para ganar dinero. No pidió permiso para amar. No pidió permiso para cambiar de opinión. Ni siquiera pidió permiso para ser contradictoria. Y eso, visto desde el siglo XXI, sigue resultando extraordinariamente moderno.
Porque muchas de las conversaciones que hoy ocupan titulares —la independencia económica de las mujeres, la libertad para construir identidades propias, la relación entre trabajo y vocación, el derecho a vivir fuera de las expectativas ajenas— ya estaban presentes en su vida mucho antes de convertirse en debates públicos.
Colette no fue una mujer adelantada a su tiempo. Fue una mujer que decidió no dejar que su tiempo decidiera por ella.
Y tal vez ahí resida la verdadera modernidad de Colette. No en haberse adelantado a su tiempo, sino en haberse negado a que su tiempo marcara los límites de su vida.
Porque las modas cambian. Las etiquetas cambian. Los debates cambian. Pero la libertad –la auténtica, la incómoda, la que no pide permiso– nunca deja de resultar magnética. Y pocas mujeres la encarnaron mejor que Colette.

