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Mar de Frades, un vino creado desde el mar

Con su emblemática botella azul, la bodega gallega triunfa con su apuesta por un albariño fresco y salino.

El paraje habla del vino: estamos en Finca Valiñas, la joya de la bodega Mar de Frades. Veinte bancales de vides emparradas se escalonan en una ladera que mira a la ría de Arousa como las gradas de un gran teatro romano. Son apenas tres hectáreas, plantadas hace medio siglo, bañadas por una pluviometría abundante (más de 1.700 mm al año) a una temperatura promedio más bien suave (14,5º). El suelo que pisamos es arenoso; si excaváramos un poco enseguida llegaríamos a la roca madre granítica, de excepcional drenaje. Todo lo que imaginas de Galicia se ve desde aquí arriba.

También el vino habla del lugar:una copa de Mar de Frades brinda una conexión directa con el Atlántico, con sus veranos cálidos y sus inviernos moderados. El carácter salino y la mineralidad del vino remiten a esas tierras, como lo hacen sus reflejos intensos, aromas de manzana verde y lima, notas de fruta tropical fresca y boca de vibrante elegancia. Mar de Frades lleva a ese azul intenso del mar, al verde de las viñas, a la bruma del río Umia, a las casas blancas de piedra del Valle del Salnés, corazón histórico de Rías Baixas. Todo aquello a lo que sabe Galicia se concentra en esta copa.



“Aquí el vino se hacía para beber en casa los días de fiesta”,

nos cuenta Paula Fandiño, enóloga de Mar de Frades desde 2007.

Fandiño, descendiente de viticultores y una de las diez enólogas más influyentes de España según la revista británica Drinks Business, conoce cada palmo de Finca Valiñas (y del resto de fincas de la empresa: Lobeira, Pazo do Monte, Finca Monteveiga, Ribadulla…). Ella tiene las claves sobre la singularidad vinícola de la región y sobre la construcción de la identidad de la bodega, que fue fundada en 1987 y ha crecido pareja al gran momento del albariño.

Fandiño recuerda que en los años setenta el albariño era un vino que apenas salía de las casas gallegas, y habla de cuando comenzó a valorarse la variedad como un patrimonio propio, hecho que acabaría cristalizando en la Denominación de Origen Rías Baixas: “Entonces se empieza a hablar de que el albariño es una variedad muy noble. Mar de Frades nace precisamente en ese momento de transformación y crecimiento colectivo, tras la osadía del anterior propietario de Finca Valiñas, a quien se le ocurrió plantar estos viñedos aquí arriba, a 130 metros de altura sobre el nivel del mar. Todavía hay gente que me habla de lo loco que estuvo”.



Medio siglo después, el albariño es identidad de Galicia, y Mar de Frades —que recibe su nombre por una playa situada en la desembocadura del Umia, y que, desde los años noventa, se embotella en su famosa botella azul—, uno de sus más insignes embajadores. “Nosotros buscamos un perfil más atlántico, chispeante, vivo y alegre. Ponemos el foco en el perfil organoléptico, en los precursores aromáticos que vengan del campo”, nos explica la enóloga en un gustoso paseo entre las vides y el edificio de la bodega, cuidadosamente diseñado con tecnología punta para evitar oxidaciones y proteger esos aromas durante todo el proceso.

Respecto a los efectos del cambio climático en el producto, Fandiño explica que antiguamente el fruto estaba listo en marzo-abril; hoy es en febrero-marzo. Y que ahora la vendimia se hace en agosto en vez de septiembre. “Pero el cambio”, apunta, “está favoreciendo a la Ribera de Ulla, porque está más al norte, porque tiene más altitud, porque se cultiva con muchísimo más frescor”.

Para Paula Fandiño, el futuro del albariño pasa por tres ideas inseparables: conservar la identidad atlántica, controlar cada vez más el viñedo y adaptarse con rapidez a un clima que está cambiando las reglas de juego. El objetivo final no es producir más vino, sino preservar aquello que hace único al albariño gallego: su frescura, su complejidad aromática y su vínculo con el paisaje de las Rías Baixas. Todo ello está en cada botella de Mar de Frades.

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