En el fútbol, nadie se acuerda de quien pierde una final. Incluso la de un Campeonato del Mundo como el que se celebrará este verano (ve a la pág. 71 para saber quiénes serán los auténticos ‘ganadores’ de esta edición). La gloria, se lo recordó Luis Aragonés a los jugadores de La Roja en la víspera de una de sus grandes victorias, está reservada sólo a quienes levantan el trofeo.
Sin embargo, la historia del deporte rey ha conseguido que las pérdidas de dos Copas del Mundo sean tan legendarias como el triunfo más épico. Aunque es necesario hacer un par de apreciaciones: más que de derrotas, hay que hablar de hurtos, y cuando tuvieron lugar el trofeo no se parecía en nombre y forma al icónico globo dorado actual.
Conocida como Copa Jules Rimet –en honor al presidente de la FIFA que la encargó para el primer mundial, Uruguay 1930–, fue pasando de campeón en campeón cada cuatro años. Como parte del ritual, el país que actuaba como sede recibía poco antes de iniciarse la competición el trofeo, que solía exhibirse en algún punto estratégico para la admiración de los aficionados. Ubicado en el Central Hall de Westminster, en pleno corazón de Londres, la pieza que representaba con las alas desplegadas a Niké, la diosa griega de la victoria, de 3,8 kilos de peso –casi la mitad de oro puro– no estuvo tan custodiada como habría sido de esperar.
Un ladrón consiguió birlarla cuando nadie miraba y durante una semana estuvo desaparecida. A pesar de los esfuerzos de la policía británica, fue otro sabueso el que finalmente la encontró. Durante su paseo matutino por South Norwood, 15 kms al sureste de la capital, Pickles, un border collie, se topó entre unos arbustos y envuelto en periódicos con el trofeo. Al día siguiente era él quien ocupaba las portadas de los diarios.
Convertido en héroe nacional, el can y su dueño, David Corbett, fueron invitados al banquete con el que Isabel II agasajó al combinado inglés, que se había alzado campeón del torneo tras derrotar a la República Federal de Alemania por 4 a 2 en el Estadio de Wembley. Su fama no quedó ahí: llegó a protagonizar una película, Regalo a los rusos (el título en inglés le definía mejor, El espía con la nariz fría). Por desgracia, su carrera se vio truncada al fallecer ese mismo año: se ahorcó con su propia correa persiguiendo a un gato.
JULES RIMET, CON SELLO PROPIO Abogado, árbitro de fútbol y presidente de la FIFA entre 1921 y 1954, Jules Rimet –el hombre que dio nombre al torneo– dejó una huella profunda en la organización. Como muestra, este sello conmemorativo que emitió con su rostro el servicio postal de Hungría, coincidiendo con la celebración del mundial de Suecia en 1958.
Cuatro años más tarde, en México 1970, la Brasil de Pelé consiguió su tercer Campeonato del Mundo en una de las mejores finales que se recuerdan, la del 4-1 a Italia en el Estadio Azteca. Los dirigentes de la FIFA consideraron que era mérito más que suficiente para concederle en propiedad la Copa Jules Rimet. En la siguiente cita se diseñó el trofeo por el que se compite en la actualidad. También se acordó entregar a los sucesivos ganadores una réplica, quedando la pieza original en la sede de la organización, en Zurich.
Casi como una reliquia, una joya arqueológica, la Copa Jules Rimet descansó durante años en la Confederación Brasileña de Fútbol. Hasta que en la noche del 19 al 20 de diciembre de 1983, José Luis Vieira y Francisco Rocha, apodados Bigote y Barbudo, se colaron en las oficinas de la CBF para llevarse el trofeo. Todo había sido perfectamente planeado por el autor intelectual del robo, Sergio Pereira, alias Peralta, y ejecutado con eficiencia por estos dos profesionales de la sustracción: los cacos entraron por una puerta trasera, anularon y maniataron al personal de seguridad, y encontraron una grieta en la urna a prueba de roturas que protegía la Copa Jules Rimet.
El fiscal asignado al caso inició las pesquisas y fue interrogando a los sospechosos habituales de este tipo de golpes. Uno de ellos reconoció que le habían contactado para que participase en el robo. Se había negado a hacerlo por una cuestión sentimental: el día que la canarinha levantó el trofeo, su hermano había muerto de un infarto y lo vinculaba a la emoción del triunfo.
Ya sobre la pista de los ladrones, la investigación condujo a un joyero argentino, Juan Hernández, que había sido clave en el destino fatal de la copa perdida. Instalado en Río de Janeiro desde 1970 –no existen las casualidades–, se había hecho un nombre en los bajos fondos como el vendedor de oro robado más importante de la ciudad. Con el botín en las manos, sin haberlo ganado deportivamente en la cancha, Peralta y sus cómplices habían acudido al joyero para que fundiera los casi dos kilos de oro del trofeo (a precio de hoy, habrían obtenido unos 250.000 euros en lingotes).
Para cuando lo descubrió el fiscal ya era imposible recuperar el trofeo, no quedaba de la diosa Niké ni una pluma de las alas. Peralta, Bigote y Barbudo fueron condenados a 9 años de prisión; Barbudo murió asesinado antes de cumplir el primer año. Habituado a esquivar a la policía, para demostrar la participación de Hernández hubo que tirar de rivalidad futbolera.
El fiscal le dijo que para los brasileños el hecho de que un argentino hubiera fundido ese trofeo era como una bofetada. Hernández no pudo evitar sonreír orgulloso, aunque eso implicara reconocer su complicidad y una pena de tres años de cárcel.
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