Nautik Magazine

Diario de a bordo: capítulo 18 | «Esquivando redes y tormentas rumbo al paraíso de Langkawi», por Pablo Berruezo

Por fin dejo por popa la marina y me asomo al estrecho de Malaca. Todas las historias que dan personalidad a esta zona, que he oído y leído, hacen eco en mi mente mientras navego rumbo al primer fondeo. La estrategia hasta llegar a Langkawi es la misma que la aplicada durante los mares del sureste asiático: navegar las máximas millas posibles durante el día y, por la noche, buscar un fondeo donde descansar. La navegación nocturna sigue siendo una amenaza.

Calculo que en diez días llegaré a Langkawi. Intento sincronizar mis singladuras con la corriente para tenerla siempre a favor. Generalmente, la corriente cambia de dirección cada seis horas. Cuando navego con ella, la velocidad del Sofía se dispara; sin embargo, cuando está en contra, parece que llevemos lastre. Tenemos suerte y la mayor parte del día la corriente navega con nosotros. El consumo de diésel disminuye drásticamente.

Cada noche que paro a fondear, descanso con un ojo abierto clavado en el plotter. La incertidumbre de que venga un Sumatra —una tormenta violenta que proviene de Sumatra— y barra la costa de Malasia, por donde estoy navegando, evita que pueda descansar al máximo. Son noches calmadas y estrelladas, pero en mi interior pienso que es la calma antes de la tormenta. Tengo suerte y en todo el estrecho de Malaca no tengo ningún chubasco ni Sumatra. La navegación es muy tranquila en cuanto a la meteorología. El tráfico es intenso; intento mantenerme apartado de los grandes mercantes que navegan por el centro del estrecho. Algunas moles de hierro llegan a medir hasta 300 metros de eslora. Fuera de la zona de mercantes están los pescadores con sus infinitas redes.

No puedo apartar la mirada de la proa; al más mínimo despiste acabaría en sus redes. Las navegaciones se convierten en una prueba de obstáculos. Son las 16:00 h y en breve va a empezar a oscurecer, pero ya estoy llegando al fondeo, al sotavento de una islita, cerca de la costa de Malasia. Justo en la posición marcada en mi carta para fondear hay otro velero: el Huaiqui, un velero de 16 metros de eslora construido en acero. Me enamoro. Rodeo al Huaiqui antes de fondear a su costado y empiezo a hablar con Agustín y Simone. Me invitan a bordo en cuanto haya fondeado.

Tiro el bote al agua y, remando, me acerco al gigante blanco de acero. Pasamos la tarde hablando y comiendo fruta. Los dos veleros nos dirigimos a Langkawi y decidimos hacer todo lo que queda del estrecho de Malaca navegando juntos. Decidimos zarpar una hora antes de que salga el sol para llegar al próximo fondeo con la luz del atardecer y evitar que nos alcance la noche cerrada. Levamos el ancla a las 04:30 h y empezamos a ganar millas a motor. No hay viento, pero sí corriente a favor. De repente, por el horizonte se empiezan a ver centenares de luces intermitentes pequeñas de todos los colores. Variamos el rumbo, pero estamos rodeados de estas luces. Estamos navegando en medio de un campo de boyas con redes y la noche es cerrada, sin luna.

Hablamos por radio y me pongo a popa del Huaiqui. Bajamos velocidad y empezamos a esquivar estas luces, que en el fondo son boyas flotantes con redes de pesca sumergidas, muy peligrosas para las hélices. Tras más de una hora esquivando obstáculos a oscuras, por fin amanece y vemos la realidad: millas y millas a nuestra proa de boyas y más boyas. Sobre las 14:00 h dejamos atrás el campo minado y navegamos libres. Hemos tenido mucha suerte de no enganchar ninguna red. Respiramos tranquilos por la radio. Después de diez días desde la marina de Malasia, llegamos a Langkawi. Fondeamos en cuatro metros de profundidad, en una bahía pequeña donde apenas hay espacio para dos barcos. Una playa de arena blanca, vegetación de todo tipo de tonos verdes y altas montañas rocosas forman nuestro paisaje. Desde el Sofía se ve el agua cristalina, de colores azules y verdes, digna de merecer una excursión. Estamos cansados y lo dejamos para mañana.

Tiro el bote al agua y voy a cenar con Simone y Agus. Pasamos varios días de fondeo en fondeo por la zona de la isla donde no hay población. Estamos aislados de la civilización. Toda la gente está al norte de la isla y nosotros nos quedamos explorando el sur. Me quedo impresionado con un fondeo en especial: una especie de fiordo. Un canal estrecho, de apenas 150 metros, entre dos montañas rocosas cubiertas de vegetación, monos saltando entre los árboles y cerdos salvajes caminando por la falda de la formación rocosa. Pasamos varios días inmersos en el fiordo. El silencio es absoluto; por las noches solo se oye el rugir de algún animal furioso y el canto de los pájaros.

De vez en cuando, un águila cae en picado a toda velocidad, con las zarpas preparadas hacia el mar, para cazar algún pez distraído nadando por la superficie. El rugido de su vuelo se oye perfectamente. Tengo tres semanas para explorar toda la isla antes de sacar al Sofía del agua para hacer la patente y algunos trabajos en la hélice. Navegamos junto al Huaiqui descubriendo nuevos rincones de Langkawi. Hacemos excursiones durante el día y, por la noche, cuando el calor se esfuma, nos reunimos a bordo para tomar unos brebajes, cenar y charlar hasta altas horas de la noche.

De vez en cuando navegamos hasta el pueblo y nos perdemos por las calles, dando largos paseos y probando la comida local. Sobre las 23:00 h o medianoche ya caemos rendidos en nuestras respectivas literas, pues nos despertamos con el sol cuando despunta por el horizonte, sobre las 05:30 h. Ya llevo bastantes días con Simone y Agus y soy un afortunado por poder conocer a este tipo de gente. Salieron de Brasil hace once años para dar la vuelta al mundo a vela sin prisas. El Huaiqui fue construido por ellos mismos. Son personas que tengo que guardar para toda la vida.