Tribuna

La economía de la riqueza

El 80% del patrimonio del top 10 alemán es heredado; en China, el 100% es self-made. España se sitúa, sorprendentemente, en el lado dinámico

Bernard Arnault, CEO y presidente de LVMH. (Foto: Jamel Toppin)

Una base de datos que acabo de cerrar permite mirar el mapa de la riqueza global con nuevas coordenadas. Las diez mayores fortunas privadas de los veinte países que más PIB generan en 2025 (200 individuos, 40 variables) dibujan dos capitalismos que cuentan el tiempo en direcciones opuestas. Y la consecuencia, para inversores y reguladores, no es menor.

El dato central revela que la empresa promedio que sostiene al top 10 alemán se fundó en 1941. La que sostiene al chino, en 2000. Cincuenta y nueve años de diferencia entre dos economías que se rozan en el ranking del FMI. Alemania custodia. China inventa.

La asimetría se vuelve estructural cuando se examina el origen del capital. El 80% del patrimonio del top 10 alemán es heredado. En China, el 100% es self-made. Mismo perfil 100% autoconstruido en Estados Unidos y Rusia. España se sitúa, sorprendentemente, en el lado dinámico: el 60% de su top 10 forjó la fortuna en una sola generación.

Hay una segunda dimensión, más contraintuitiva, que aparece al cruzar la riqueza con el tamaño económico. La suma del top 10 suizo equivale al 13,8% del PIB del país. El francés, al 12,6%. El chino, apenas al 1,8%. La economía más grande de Asia es, en términos relativos, la menos concentrada del panel. Suiza, en el otro extremo, concentra su riqueza en nueve millones de habitantes con apellidos repetidos. La diferencia no es ideológica sino que es aritmética. Cuando el denominador es gigante, ningún numerador destaca.

Francia merece párrafo aparte. Bernard Arnault representa él solo en torno al 5,5% del PIB francés. Es la primera economía europea organizada alrededor de un único activo: el lujo. LVMH, L’Oréal, Hermès, Pinault. En la otra esquina del ring, el top 10 chino reparte su patrimonio entre baterías, plataformas digitales, redes sociales y comercio electrónico. Dos modelos productivos, dos modelos de tiempo.

La divergencia se confirma en clave sectorial. El 90% del top 10 estadounidense procede de la tecnología. En el chino, la mitad. En el francés, apenas una de cada diez fortunas. Italia, Reino Unido y Alemania completan el cuadro europeo con lujo, banca e industria heredada. No hay un solo gigante tecnológico europeo entre las doscientas mayores fortunas privadas del planeta. Ese hueco, más que cualquier directiva de Bruselas, define el siglo XXI europeo.

Y luego está la edad, donde el contraste alcanza su punto más visible. El top 10 chino tiene una edad media de 56,7 años. El mexicano, 76,8. Veinte años de diferencia. Veinte. En China, una generación con una década productiva por delante. En México, una que ya está negociando la sucesión. Coreanos y canadienses son los siguientes en juventud; alemanes, indonesios y españoles, los más maduros. La diferencia entre crear riqueza y conservarla se mide también en partidas de nacimiento.

Conviene asumir un dato disonante antes de extraer conclusiones. Solo 14 de las 200 mayores fortunas son mujeres. Un 7%. La cifra es reflejo del momento histórico en que se constituyeron esos patrimonios, hace cuarenta o cincuenta años, con consejos de administración cerrados a la mitad de la población. Curiosamente, España y Turquía lideran el ranking de mujeres en el top 10, con tres cada una. España vuelve a aparecer en estos cuadros como anomalía estadística más interesante de lo que se reconoce en sus tertulias.

¿Qué se llevan a casa el inversor y el regulador? Tres conclusiones operativas.

Por una parte, el capital no es un stock inerte, es un fenómeno cronológico. La pregunta relevante para una cartera global no es dónde está el dinero hoy, sino qué economías están todavía fabricando fortunas nuevas. Estados Unidos y China lideran ese pelotón con claridad. Europa, en cambio, vive de lo que acumuló.

En segundo lugar, la concentración del top 10 sobre el PIB es un indicador adelantado de fragilidad. Suiza, Francia o Indonesia presentan ratios por encima del 10%; cualquier shock en uno de los grandes patrimonios mueve cifras macroeconómicas. Diversificar el mapa accionarial nacional no es solo virtud distributiva, es prudencia sistémica.

Por último, España. Un 60% de self-made, un top 10 equivalente al 9,5% del PIB y una notable presencia femenina componen un retrato más dinámico de lo que el discurso público admite. La pregunta incómoda es por qué seguimos diseñando una fiscalidad que castiga al que acumula capital productivo. El panel sugiere que ahí, y no en otros frentes, está la verdadera asignatura pendiente.

Algunas economías crean fortunas, otras las preservan. Europa lleva décadas siendo museo. Asia sigue siendo taller. La pregunta no es quién manda hoy, sino qué reloj contará el siglo que viene.

Fernando Pinto | Profesor Titular de Economía Aplicada, Universidad Rey Juan Carlos (URJC).

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