Es una mujer que ha regresado al olimpo de las estrellas desde el mismo infierno, pero su vuelta ha provocado un aluvión de críticas feroces dispuestas a medirle la voz, el cuerpo, la falda, los años, la melena, los gestos y hasta las cicatrices. Jueces sin toga opinando con saña, lejos del temblor, de la vida y del miedo, para dictar sentencia sobre alguien que ha tenido el valor de recuperar el lugar donde un día fue reina.
Yo no quiero estar ahí, en la tribuna de los que hieren, de los que laceran con palabras. En la facción de los “haters” y los que necesitan pisar a los otros para sentirse más altos. A mí no me encontraréis entre los que apuñalan sin motivo con el cristal de una copa de vino, sino entre quienes vivieron una noche feliz y por eso escogen la emoción real y el agradecimiento. Una canción no se mide solo por su afinación, sino por el lugar exacto al que nos devuelve, por eso yo hoy no tengo críticas, solo tengo rosas.
El regreso de Amaia Montero a los escenarios no debe diseccionarse como si fuese una autopsia, sino como una vuelta a la vida. Regresar con ella a Madrid, a sus calles, a ese portal donde tantas veces lloramos sus canciones, saltamos hasta entender el valor de la soledad y supimos que siempre seríamos felices en la playa. Mi concierto no fue un karaoke de Peters Pan y Campanillas, ni un ejercicio complaciente de adolescencia congelada, fue otra cosa. Fue regresar a un tiempo en el que los veranos eran larguísimos, las amigas eran patria, los amores dolían como si fuesen eternos y nuestras orejas“estaban completas”. Fue evocar esa edad en la que una canción podía romperte el pecho y recomponértelo en la misma estrofa. Fue recordar que hubo un momento en el que no sabíamos casi nada de la vida, pero lo sentíamos todo y en el que entendí que es importante que recuperemos esa esencia que sigue habitándonos.
No todo lo que uno piensa tiene valor. No toda mirada irónica es inteligente, ni toda crítica es cultura, a veces es solo una forma elegante de crueldad.
Como decía Manolo García, “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir” y, si alguien no fue capaz de ver la magia de miles de almas vibrando a la vez en Madrid, quizá el problema no estaba en el escenario, porque aquí hay algo más profundo que una actuación, una nota, un vestido o un titular. Aquí hay una pregunta incómoda: ¿qué problema tenemos con el paso de los años? ¿Por qué nos molesta tanto que una mujer recupere su trono? ¿En qué momento nos incomoda que una artista que ya no tiene veinte años, ni responde al molde exacto del recuerdo que guardábamos de ella, siga emocionándonos con sus historias, haciéndolas nuestras?
Amaia Montero es la voz que estuvo ahí cuando muchos aprendimos a amar, a esperar, a perder, a despedirnos, a escribir nombres en carpetas, a llorar en silencio y a cantar a gritos. ¿Desde cuándo exigimos a quienes nos dieron una parte de nuestra vida que permanezcan intactos, perfectos y obedientes al recuerdo que tenemos de ellos?
La voz de Amaia es nuestra también, de quienes fuimos felices en la playa, tuvimos una historia en Madrid y entendimos tarde que la soledad fue un día nuestra mejor confidente.
Por eso a mí no me importa si alguien decidió ir al concierto con una libreta de fiscal. Yo fui con mi vida entera, con mis veinte años, con mis amigas, con mis amores, con mis rupturas, con mis despedidas y con mis abrazos. Fui con mi abuelo y con mi tío, que hoy me saludan desde el cielo y que tantas veces me pedían que les cantase esas canciones al oído, muy despacio y muy bajito. Fui con todos los renglones que un día fueron mi banda sonora y hoy son memoria. Y allí, otra vez en Madrid, salté con mi amiga Carlota, canté y reviví.
No fui a medir una voz. Fui a recuperar una parte de mí.
Quizá por eso sigo, de algún modo, hoy me he calzado en este artículo aquel vestido de color azul con la misma alegría de hace unos días. Agradecida, completa. Con el corazón en alto y con la certeza de que hay conciertos que no se acaban cuando se encienden las luces. Próximas paradas Alejandro Sanz, los festivales Louvado Rural Sunset y mi eterno y amado Sonorama Ribera. Porque la música y quienes le dan vida se merecen más aplausos y menos bofetadas.
Por eso, Amaia, “digan lo que digan”, yo hoy solo tengo rosas para ti. No te olvides nunca de lo guapa que eres ni del poder de tus ojos de gata, porque para nosotros sigues y seguirás siendo la reina del pop.
*Montse Monsalve reside en Ibiza, es periodista y socia fundadora de la agencia Imam Comunicación.

