Nautik Magazine

El Pireo: el mayor caos organizado del Mediterráneo

Veinticinco siglos de historia, cincuenta destinos en el Egeo y la fascinante destreza griega para mover a 20 millones de pasajeros al año entre el ruido, la tradición y el mar.

Tres buques de Minoan, Star Ferries y de Saronic compartiendo puerto y tiempo en El Pireo. (JOF)

Llegas a Atenas por mar (como debe ser) o en avión (también es posible) y acabas en El Pireo aunque no quieras. Es inevitable. El puerto te llama, te absorbe, te engulle. Cuando estás allí, en medio de ese estruendo de motores diésel, anuncios en griego por megafonía que no entiendes pero que intuyes urgentes, familias con carritos y maletas apiladas, camioneros con termos de café mirando el móvil apoyados en sus cabinas y marineros que conocen cada amarre de memoria desde hace treinta años, entiendes por qué este lugar lleva siendo la puerta de Grecia al mundo desde hace veinticinco siglos. Entiendes también que no ha cambiado tanto.

El Pireo no es solo el puerto de Atenas. Es el mayor puerto de pasajeros de ferry de Europa y el tercero del mundo, con cerca de 20 millones de viajeros al año en líneas regulares (sin contar el millón y medio largo de cruceristas que también pasan por aquí, aunque esa es otra historia y son otras terminales). Son 185 salidas diarias, más de 1.000 travesías semanales, doce áreas de embarque operativas y decenas de destinos que se despliegan sobre el Egeo: las Cícladas, el Dodecaneso, Creta, las Sarónicas, el Egeo norte… La de Grecia es una red neuronal de rutas que no tiene equivalente en el Mediterráneo ni, probablemente, en ningún otro mar del mundo.

Esperando para embarcar al Poseidonas de la naviera Saronic, que conecta El Pireo con los puertos de Egina, Agistri, Methana y Poros. (JOF)

Lo primero que sorprende es la variedad de la flota a simple vista. En el mismo muelle o en contiguos, en el mismo instante, conviven mundos completamente distintos. Desde los grandes transbordadores de Anek, Minoan o Blue Star Ferries, capaces de tragarse centenares de coches, motos, camiones y miles de pasajeros para travesías nocturnas a Rodas o Heraclión, compartiendo aguas con los hidrofoils que en cuarenta minutos te plantan en Egina con el pelo si sales a la parte descubierta en popa. 

También ves los catamaranes de SeaJets, que en sus versiones más grandes alcanzan los 40 nudos, lo que equivale más de 70 km/h sobre el agua, una velocidad que en un barco de pasajeros sigue siendo algo difícil de creer hasta que lo vives, salir disparados hacia Mykonos o Santorini mientras los ferrys clásicos de Saronic Ferries, como el Poseidón o el Adrías, hacen su ruta pausada de toda la vida hacia las islas del golfo. Mismo mar. Mismo cielo blanco de verano. Otra velocidad, otra escala de tiempo.

La llegada de un barco hace coincidir a los pasajeros que esperan para embarcar con otros que aún están a bordo y esperan el amarre para salir. (JOF)

Es, en definitiva, un sistema de transporte público marítimo de una complejidad que en Europa solo tiene parangón en los fiordos noruegos. Aunque aquí hay más calor, más ruido y encuentras vino de retsina Malamatina en los bares de a bordo.

El ranking de puertos por pasajeros de línea regular destaca Dover, con una cifra que ronda los nueve millones actualmente y que llegó a casi doce en los años previos al Brexit y la pandemia en la ruta internacional más transitada: solo 35 kilómetros de canal entre Inglaterra y Francia, un único corredor, dos países. Eficiente, potente, monótono. También está Helsinki, con sus cerca de diez millones de pasajeros anuales tejiendo el Báltico hacia Tallin y Estocolmo.

El Flying Cat lleva a 400 pasajeros desde El Pireo a Porto Heli realizando cuatro breves escalas intermedias en Poros, Hidra, Ermioni y Spetses. (JOF)

El Pireo es otra cosa en naturaleza. Desde aquí salen hilos hacia más de cincuenta destinos distintos, gestionados por media docena de navieras que llevan décadas disputándose rutas, horarios y temporadas estivales con una intensidad que haría palidecer a cualquier aerolínea low-cost.

La escena en tierra tiene su propio ritmo, su propia coreografía. Las taquillas (ΕΙΣΙΤΗΡΙΑ en griego, palabra que uno aprende a reconocer rápido porque la necesita) están flanqueadas por agentes con chalecos reflectantes que orientan a familias cargadas de maletas, a motos que buscan su rampa de embarque, a turistas con la reserva en el móvil que no saben muy bien hacia qué puerta ir. Estos profesionales de la navegación que no navegan te atienden con esa mezcla característica de eficiencia y ligero punto de impaciencia que es un «pero ¿cómo no lo sabe usted?», que en Grecia no es mala educación sino un idioma propio.

Mezcla de todo lo que pasa por la popa de un barco en el famoso puerto que sirve a la capital de Grecia para unirla con sus islas… y el mundo. (JOF)

Todo parece a punto de colapsar… aunque nada colapsa nunca. Ese es el talento griego: gestionar el caos con una pericia que no se parece en nada a la eficiencia suiza, aunque funciona. Funciona desde hace siglos, de hecho.

Uno acaba rindiéndose a ese orden oculto, a esa maquinaria ruidosa y perfecta que mueve personas, vehículos, mercancías y vidas con una naturalidad que solo es posible cuando algo forma parte del ADN de un pueblo. Se diría que más que usar el mar: los griegos lo viven intensamente.

Ferrys de gran porte de Anek Lines. Estos realizan líneas diurnas y también regresos nocturnos hacia las islas más lejanas de la capital. (JOF)

Hay algo emocionalmente potente en este puerto que va mucho más allá de la logística. El Pireo fue el corazón comercial del Mediterráneo oriental en la época clásica. Por aquí salían los trirremes atenienses. Por aquí llegaba el trigo del Mar Negro que alimentaba a la ciudad. Tucídides lo describe, Aristófanes se burla de sus tabernas, el propio Sócrates baja al puerto en la República de Platón para ver una procesión. Veinticinco siglos después, el movimiento en sus aguas no ha parado un solo día.

Hoy, en pleno siglo XXI, el puerto sigue siendo para miles de griegos lo que fue siempre: el camino a casa. Un ferry de tarde a Naxos lleva estudiantes que vuelven al pueblo al terminar el semestre, pescadores que regresan de un trámite en la capital, abuelas con bolsas de tela llenas de cosas que en su isla no se consiguen y siguen confiando en los transbordadores antes que en el comercio en la red. No hay app que sustituya eso.

El oficial de un ferry habla con una pasajera. Muchos barcos atracan de popa para optimizar la capacidad de la línea de atraque de El Pireo. (JOF)

El turismo ha multiplicado el tráfico, sí, ha traído maletas con ruedas y grupitos con auriculares, pero no ha cambiado la esencia de lo que El Pireo es: un puerto de gente. De gente que tiene prisa por llegar a algún sitio que le importa.

Y eso, en un mundo donde los grandes puertos son cada vez más gigantes industriales de contenedores —Shanghái, Singapur, Rotterdam, cifras de TEUs que ya no significan nada para nadie— resulta casi una rareza preciosa.

Una rareza de cerca de veinte millones de personas al año.

Los Aegean Flying Dolphins siguen operando unidades con el mismo diseño original planteado en la Unión Soviética para navegar a gran velocidad. (JOF)