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Elena Barraquer, la oftalmóloga que ha transformado el legado de su bisabuelo en una revolución humanitaria contra la ceguera

«Las expediciones son mi ikigai», afirma la especialista, que ha liderado más de un centenar de misiones humanitarias para combatir las cataratas en países con poblaciones vulnerables

Elena Barraquer. Foto de Eric Altimis.

Hay apellidos que forman parte de la historia de la Medicina e impulsan la marca España. Es el caso de Barraquer. Esta saga familiar está ligada desde hace más de un siglo a la excelencia oftalmológica y a algunos de los avances e hitos más importantes de esta especialidad en nuestro país. El origen de este legado se remonta a José Antonio Barraquer Roviralta primer catedrático de Oftalmología de España en 1914. Hoy, ese legado continúa en manos de su bisnieta, Elena Barraquer.

Su trayectoria se ha visto reconocida con numerosos reconocimientos. Entre ellos, la Medalla de Honor de Barcelona (2012), Medalla de Oro de la Cruz Roja (2017) y con el premio Queen Sophia Spanish Institute en su categoría de Premios a la excelencia (2018).

Sin embargo, en vez de limitarse a preservar esta herencia médica e investigadora, la doctora Barraquer la ha transformado en una visión propia en la que el compromiso humanitario ocupa un lugar central. A través de la Fundación Elena Barraquer, ha liderado más de un centenar de misiones internacionales destinadas a combatir la ceguera evitable en algunos de los países más vulnerables del mundo, devolviendo la visión a miles de personas.

En una “Forbes House Talks”, la oftalmóloga repasa el legado familiar, la importancia de la humanización en la medicina, los retos de la cooperación internacional y el papel que la tecnología jugará en el futuro de la profesión.

¿Alguna vez se planteó dedicarse a algo distinto de la Oftalmología?

La verdad es que siempre quise dedicarme a la oftalmología. Tuve un pequeño momento, cuando estaba acabando la carrera y hacía Medicina Interna, que también me pareció muy interesante. Pero luego decidí que la oftalmología, al ser una especialidad médico-quirúrgica, era lo que quería hacer. Las especialidades médico-quirúrgicas tienen algo muy especial: «eres cirujano, pero sin perder el contacto con el paciente». Y ese contacto humano es muy importante.

Pasó más de una década formándose fuera de España. ¿Qué le aportó esa experiencia internacional?

Me fui a Estados Unidos en 1978 para hacer investigación porque en España prácticamente no se hacía, pero lo consideré fundamental para desarrollar todas las novedades médicas. Hoy las cosas se han igualado muchísimo, pero sigo pensando que trabajar y ver cómo se hacen las cosas en otros países, incluso en otras ciudades y hospitales, es súper importante. Porque sales de esa pared que a veces tenemos y que nos hace ver únicamente lo que tenemos delante.

Precisamente esa experiencia te ayuda a identificar aspectos que podrían mejorarse en los sistemas sanitarios. No estoy especialmente metida en los grandes debates sobre sostenibilidad, pero sí veo muchas pequeñas cosas que podrían optimizarse. Por ejemplo, en nuestra clínica contamos con sistemas que permiten agilizar los tiempos entre paciente y paciente. Sin embargo, en muchos centros públicos se siguen aplicando protocolos muy rígidos que consumen tiempo y recursos. No sé cuál sería la solución global, pero sí creo que si empiezas por las pequeñas cosas que se pueden arreglar fácilmente, se consigue mejorar lo más importante. En muchos casos se trata simplemente de adaptar los protocolos a situaciones con más sentido común.

¿Cuál diría que es su mayor aportación a la Medicina?

Sin duda alguna, destaco la Fundación Elena Barraquer. La fundación nació para dedicarse exclusivamente a las campañas de cataratas, que siguen siendo la principal causa de ceguera reversible en el mundo. A lo largo de estos años, hemos realizado más de un centenar de misiones humanitarias y hemos conseguido devolver la visión a miles de personas. Pero lo más importante es que, en muchos casos, no solo les devolvemos la vista, sino también la vida. Un niño puede volver al colegio, un adulto puede recuperar su trabajo y mantener a su familia, y una persona mayor puede volver a ser independiente.

Por eso, creo que esta labor es, probablemente, la contribución más importante que he hecho a la Medicina. Es la manera de llevar el conocimiento y la experiencia acumulados durante toda una vida profesional a personas que, de otro modo, no tendrían ninguna posibilidad de acceder a un tratamiento.

¿Cuándo descubrió que su propósito profesional iba más allá del quirófano?

Hice mi primera campaña en 1979, cuando todavía ni siquiera era oftalmóloga. Estaba haciendo investigación en el National Institutes of Health, cerca de Washington, y un grupo de oftalmólogos que conocían a mi familia me propuso acompañarlos a una campaña en Haití. Acepté inmediatamente.

Allí vi situaciones que me marcaron para siempre. Recuerdo especialmente a un niño al que su padre había quemado las dos córneas con brasas porque creía que era el demonio. Cuando ves algo así te preguntas: «¿Cómo puede ser que en el siglo XX pasen estas atrocidades?» Aquella experiencia me cambió. Se despertó en mí la necesidad de intentar mejorar la situación de personas que no tienen los recursos, las oportunidades o las capacidades para salir adelante por sí solas.

¿Cómo consiguen realizar intervenciones oftalmológicas en entornos con recursos tan limitados?

Intentamos operar exactamente igual que en España. Nos llevamos prácticamente todo el equipamiento necesario para garantizar la misma calidad asistencial. Lo único que no podemos transportar son elementos como camillas, mesas o taburetes. Y eso, a veces, hace que las condiciones de trabajo sean incómodas. De hecho, alguna vez he acabado con llagas por la postura que tenía que mantener durante horas apoyada en el microscopio. Pero la realidad es que en el 99% de los casos conseguimos operar con los mismos estándares que tendríamos aquí.

¿Cómo se organiza una campaña humanitaria de la Fundación Elena Barraquer?

Las campañas suelen durar una semana. Operamos durante cinco días, pero necesitamos un día previo para montar el quirófano y otro para desmontarlo antes de regresar. Normalmente viajamos dos cirujanos, un anestesista, un oftalmólogo que realiza las consultas y varios voluntarios de campo. Un cirujano experimentado puede realizar entre 45 y 55 operaciones de cataratas al día. Todo depende de la complejidad de los casos y del volumen de pacientes que encontremos.

¿Qué impacto tiene una operación de cataratas en estos países?

En muchos casos, no solo devolvemos la vista, devolvemos la vida. Si se trata de un niño, puede volver al colegio. Si es una persona joven, puede regresar al trabajo y mantener a su familia. Y si es una persona mayor, muchas veces liberamos a un adolescente que había dejado de estudiar para cuidarla. No es solo la persona que se opera la que se beneficia, sino todo su entorno.

¿Qué significan estas expediciones para usted a nivel personal?

Las expediciones son mi ikigai, el motivo por el que me despierto por la mañana. De hecho, yo lloro en casi todas cuando compruebo cómo una intervención puede cambiar por completo la vida de alguien. Quiero muchísimo a mis pacientes en España y disfruto enormemente de mi trabajo aquí. Pero la diferencia es que, si yo no opero a un paciente en Barcelona, hay muchos otros profesionales perfectamente capacitados para hacerlo. En cambio, en muchos de los lugares a los que viajamos eso no ocurre. Yo soy su oportunidad. Por eso, estas campañas tienen un significado tan especial para mí y siguen siendo, después de tantos años, una de las mayores motivaciones de mi vida.

Muchas empresas hablan hoy de propósito, pero pocas consiguen convertirlo en impacto real. ¿Cómo se traduce el propósito en decisiones concretas dentro de su trabajo?

Creo que la fórmula para sacar adelante cualquier proyecto con impacto real combina tres ingredientes fundamentales: esfuerzo, pasión y dedicación. El esfuerzo es imprescindible, pero la pasión es lo que te da la energía para seguir adelante cuando aparecen las dificultades, y la dedicación es la que permite convertir una idea en una realidad.

Nosotros hemos conseguido construir un proyecto sólido, pero no ha sido fácil. Ha requerido años de trabajo, constancia y mucha implicación personal. Sin embargo, la recompensa compensa con creces todo ese esfuerzo. Además, la profesionalización de la Fundación Elena Barraquer ha sido clave para crecer y multiplicar nuestro alcance. Nos ha permitido abrir el proyecto a oftalmólogos de dentro y fuera de España que comparten nuestros valores y quieren colaborar, ya sea pasando consulta o participando en las cirugías. Gracias a ello, hemos conseguido que la fundación deje de ser un proyecto ligado únicamente a una persona para convertirse en una iniciativa colectiva capaz de llegar cada vez a más pacientes.

¿Cree que el éxito profesional necesita necesariamente una dimensión ética y social?

Estoy convencida de que la dimensión ética y humana no debería perderse en ninguna profesión, pero especialmente en la medicina. Es algo que aprendí de mi padre y que he intentado mantener durante toda mi trayectoria profesional. A mí me gusta establecer una conexión cercana con los pacientes. Cuando estoy explorándolos o hablando con ellos, muchas veces les toco el brazo o la pierna. Y, cuando termina una operación, siempre me acerco, les doy una palmada y les digo que todo ha ido bien. Son gestos muy sencillos, pero creo que tienen un enorme valor. El calor humano, como dice la propia palabra, es algo muy necesario.

Sin embargo, se habla cada vez más de la deshumanización de la asistencia sanitaria.

Cuando sientes verdadera vocación por lo que haces, resulta mucho más natural mirar al paciente más allá de su enfermedad y tratarlo como una persona. Sin embargo, es verdad que hoy se habla mucho de la deshumanización de la asistencia sanitaria y, en parte, creo que existe. Pero también hay que entender el contexto en el que trabajan muchos profesionales. La presión asistencial es enorme y eso dificulta dedicar a cada paciente el tiempo que merece. Es mucho más fácil ser empático si tienes quince minutos para dedicarle a un paciente que si tienes cinco.

¿Cómo imagina el futuro de la oftalmología?

Creo que veremos avances muy importantes en el campo de los implantes visuales. Hace años apareció el microchip ARGUS para pacientes con retinosis pigmentaria, aunque su desarrollo fue limitado por el elevado coste y el reducido número de pacientes. Ahora están surgiendo nuevas tecnologías y creo que, a largo plazo, estos implantes podrán mejorar mucho y devolver visión a determinados tipos de pacientes ciegos. No será tan sencillo como ocurre con los implantes cocleares en el oído, pero soy optimista. La tecnología seguirá avanzando y ofrecerá soluciones que hoy todavía parecen lejanas.

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