Merche Alcalá habla de la arquitectura como otras personas hablan de los recuerdos. No desde la técnica. Ni desde el espectáculo. Ni siquiera desde la obsesión contemporánea por la estética perfecta. Habla de los espacios como si fueran organismos emocionales capaces de protegernos, alterarnos, acompañarnos o transformarnos silenciosamente mientras vivimos dentro de ellos. Y quizá por eso resulta tan difícil encasillarla.
Hablar con Merche Alcalá produce exactamente esa sensación extraña y poco frecuente: la de encontrarse frente a alguien que no ha construido una carrera siguiendo un mapa, sino una intuición. Como si toda su trayectoria hubiese nacido menos de un plan que de una sensibilidad concreta hacia las cosas, las personas y los lugares. Y quizá por eso resulta tan difícil separar su trabajo de su forma de mirar. Porque en su historia todo parece conectado por hilos invisibles.
Una película prohibida de Bertolucci. Un viaje a Perpiñán de sus padres. Un juego de construcción recibido en la infancia. Miles de horas imaginando casas a través de pequeñas ventanas de plástico. Trabajar con quince años. Estudiar siendo madre. Entrar en arquitectura cuando nadie parecía estar esperando que llegara. Encontrarse después con personas que acabarían cambiando su camino creativo. Volver a empezar varias veces sin miedo a desmontarlo todo. Nada en el recorrido de Merche Alcalá responde a la idea clásica del éxito lineal. Y, sin embargo, precisamente ahí reside la fuerza de su trayectoria.


Arquitecta, interiorista, diseñadora de producto y socia de ARQUIN-FAD, Alcalá lleva décadas construyendo un lenguaje propio donde el espacio no se entiende únicamente desde la estética, sino desde algo mucho más complejo: la emoción. Sus proyectos –desde interiores hasta piezas de mobiliario o conceptos comerciales que ya forman parte de la memoria visual del diseño español contemporáneo– tienen siempre algo profundamente humano. Una sensación difícil de explicar y muy fácil de sentir. Quizá porque ella no diseña para impresionar. Diseña para que algo ocurra dentro de quien habita un lugar.
En sus respuestas aparecen constantemente palabras que hoy parecen casi revolucionarias: refugio, intuición, silencio, luz natural, libertad, verdad. Habla de arquitectura como quien habla de relaciones humanas. De la importancia de los espacios comunes. De la necesidad física de seguir sintiéndonos acompañados. De cómo un lugar puede protegernos o expulsarnos emocionalmente sin que apenas nos demos cuenta. Y, sobre todo, de la responsabilidad de crear sin traicionar aquello que hizo que empezaras a crear en primer lugar.
En una época donde gran parte del diseño parece pensado para ser consumido rápido, fotografiado rápido y olvidado todavía más rápido, Merche Alcalá sigue defendiendo algo mucho más difícil de sostener: la honestidad. La idea de que la verdadera belleza nunca necesita imponerse. Y de que los espacios más importantes no son necesariamente los más espectaculares, sino aquellos capaces de hacernos sentir –aunque no sepamos exactamente por qué– un poco más en paz con el mundo.

Usted cuenta su vida como una cadena de casualidades: Bertolucci, Perpiñán, un juego de construcción, una película prohibida, una maternidad, un reencuentro. Y, sin embargo, da la sensación de que en su trabajo no hay nada casual, que todo está profundamente pensado. ¿Cuánto hay realmente de destino en una vocación… y cuánto de mujeres que aprendieron a construir incluso cuando nadie les estaba preparando un sitio?
Interesante! nunca me he hecho esa pregunta. Yo creo que van juntas las dos cuestiones. Que se hacen una a la otra. Quizás, el Destino esté hecho del potencial que traes cuando naces. Una especie de capacidad que te facilita más unos caminos que otros.
Como consecuencia de ello: creo que la Vocación, no la pueden preparar entes ajenos, sin la percepción del respeto por la persona que quiere encontrar su identidad. La vocación es muy intima. Es una pasión que te permite comunicarte con los demás. Incluso diría que és una actitud contigo misma para defender con vehemencia algo en lo que crees. Es la capacidad de soportar el esfuerzo que conlleva las situaciones complejas que toda vocación contiene. Es por esto y más cosas, creo, que acabas por construirte a ti misma. Es un efecto que me ha dado la razón con los años. Te da libertad, te experiencia y muchos recursos el poder «apañártelas sola».
Hay arquitectos obsesionados con levantar edificios y luego están las personas que entienden el espacio como una emoción. Usted parece pertenecer a las segundas. ¿Qué ha descubierto sobre el alma humana después de tantos años observando cómo vivimos, cómo habitamos y cómo intentamos sentirnos a salvo dentro de los lugares?
Es la observación que más veces me hago en mi obsesión por comprender la influencia del entorno. Y aún es hoy que intento destilar más y más la respuesta, sabiendo lo complejo y difícil que es.
Primero pondría el foco, en que todos los habitantes de este planeta, somos sensibles a los inputs y no sólo el espacial. Y reaccionamos de diferentes maneras maneras según nuestra cultura, clima y estatus social, etc.
Lo más importante, pienso, es nuestro Refugio personal, después necesitamos los espacios comunes donde conectarnos con los demás. Y este hecho que no es trivial, es tan obvio, que ya no le damos importancia, relegando esta característica al olvido en según qué proyectos.
Durante el confinamiento del Covid, se habló i se intentó que perdurase en el tiempo definitivamente, substituir las oficinas por el trabajo en casa. Pero los hechos posteriores, demostraron que la mayoría de personas sentía la necesidad de volver a estar rodeados de presencia física, de volver a relacionarse de forma natural.
Nuevas soluciones surgieron en forma de Coworking, para compensar la soledad y la absurdidad de convertir tu casa en una oficina. Una desaparición absoluta de tu Refugio.
Estamos «fabricados» de relaciones físicas i emocionales en muchos sentidos, literalmente. Característica que nos ha definido como somos entre nosotros desde nuestros orígenes.
Pero hay una relación que me fascina y que además pienso que es la más bella de todas. La relación que tenemos con la luz natural. Si intentas recordar momentos volátiles de cierta paz o felicidad aparecida, cuando te dejas llevar por la luz que entra por una ventana o se filtra a través del sotobosque de una mañana temprano… notarás que algo importante ha pasado. Hay arquitectos japoneses que saben encontrar esa relación para incluirla en sus proyectos.
… Qué envidia!


Usted empezó trabajando con quince años, estudió siendo madre, se abrió camino casi sin manual de instrucciones y terminó construyendo una trayectoria profundamente propia. ¿Qué parte de aquella mujer joven sigue intacta… y qué parte tuvo que romper para poder dedicarse a crear con libertad?
A veces siento que llevo dentro la inconsciencia de la adolescente de los 15 años. Como soy tímida decidí no ser más «alta» de lo que soy para pasar más desapercibida, a cambio de ser audaz a la hora de necesitar acceder a situaciones que me interesaran. Eso, seguro que fue la intuición. Porque esa actitud, ha sido una constante en mi vida. Una mezcla extraña que me cuestionan mis amigos porque soy muy lanzada (algún psicólogo tendrá la explicación).
Con ello he podido saltarme las reglas, a veces i otras lanzarme a retos que yo misma me he sorprendido de haberme atrevido.
Hasta hoy, no he dejado de hacerlo, pero con otro ritmo y con más convencimiento. Al final, la acumulación de experiencias es la que te va dando grados de libertad. Esa es la ventaja y la oportunidad de hacerte mayor.
En sus proyectos hay juego, ironía, color, belleza, inteligencia. Incluso cierta rebeldía silenciosa. Como si diseñar también fuese una manera de cuestionar cómo vivimos. ¿Le interesa más hacer cosas bonitas… o hacer cosas que le cambien algo por dentro a quien las mira o las usa?
Sólo la rebeldía puede romper los límites que se acumulan en tu carrera profesional. Más si empiezas joven.
Jugar, fue un recurso normal para mi. Hace poco expuse la necesidad de ser desobediente, poniendo en crisis tus prejuicios. Porque sólo así, vuelves a ver lo Obvio de lo que observas. Es decir, poder buscar cómo expresarlo de manera distinta. No por ser diferente, si no por encontrar una nueva experiencia que te motive otras sensaciones.
Ahí también se incluye el Cómo. Es un todo: Me gusta expresarme en los proyectos de manera discreta. He de destilar todos los elementos que entren en juego, para que «hablen» despacito y bajo.
No se si me explico. Menos es más. Todo lo superfluo, no hace más que desvirtuar la comunicación entre el continente y el usuario/os, provocando un desinterés i un olvido o incomodidad por el espacio que ocupa.
Muchas veces me encuentro que las personas saben que están a gusto, pero no saben por qué. Ahí quiero estar yo. Seguir aprendiendo en cómo comunicarme con ellos sin que lo sepan.
Hay una frase suya que me parece preciosa: “No tendría nada que compartir con vosotros”. Y quizá ahí está todo: compartir. En una época obsesionada con exhibirse, usted da la sensación de seguir creando desde un lugar mucho más íntimo y humano. ¿Qué cree que pierde un creador cuando empieza a pensar más en el impacto… que en la verdad de lo que hace?
Que desaparece ese duende con el que empezaste tu vocación. La creación de un proyecto se basa en transmitir por igual a las partes, todo el peso de la idea (sea de la cualidad que sea). Si eso lleva a un impacto inconsciente, bienvenido sea. Pero si fuerzas un proyecto desde el impacto superfluo, será un proyecto vacío de contenido y sin alma. En definitiva, estas facilitando que un algoritmo te quite el trabajo.

