La pizzería Romo, calle Buenos Aires, Barcelona, es la hija pequeña de Sartoria Panatieri. Pizza romana, crujiente, impresionante exhibición de embutidos de fabricación propia, todas las declinaciones del cerdo. Romo es un lugar de atractivo, sexy interiorismo funcional, limpio, bien atendido. Los camareros, Marc y Sebastián, se preocupan porque estés bien y no se desentienden de ti una vez han dejado la comida en la mesa. Pasan por tu lado y te miran para saber si necesitas algo. Entienden lo que les dices y se toman en serio tus particularidades. Cuando estás a punto de tomar una decisión que va a perjudicarte, saben amablemente reconducir lo que les pides y no te riñen o desprecian ni te dan por perdido.
La cocina está al fondo. En el sótano se producen y conservan los embutidos de todo el grupo Sartoria. Lo que tenemos nos apasiona, lo que está por venir nos agradará todavía más. Todo es de una gran higiene y pulcritud, lo que da confianza en el cliente y esperanza en el producto.
Lo ideal es ir a Romo y ser 6 o 8, porque entonces se puede probar todo sin salir del restaurante como un barril que de repente puede estallar. Queremos mucho a Romo, y apreciamos todo lo que Romo se desvive por nosotros, pero tenemos que llegar vivos al final de la jornada aunque sólo sea para poder contarlo.
Tras muchos años y muchas pizzerías de masa blandengue e hinchada, es decir, napolitana, Roma ha llegado fina y crujiente a Romo, para devolvernos la añorada tensión de este plato. Primero, la selección de embutidos es imprescindible. Que elija la casa en función de lo que aquel día tienen es lo mejor. No deben faltar ni la sobrasada, ni la cansalada, ni la cabeza de lomo, ni el fuet ni por supuesto la porchetta, con el jugo por encima de su propia carne.
De segundo es un error pedir una pizza por persona y es mucho mejor pedir algunas en el centro, no más que la mitad de los comensales. Nunca será una buena propaganda para un restaurante, ni una buena sensación, clientes que salgan destruidos por haber comido demasiado. Hay que decir que muy sabiamente los camareros de Romo previenen de estos excesos y siempre recomiendan con prudencia y mesura; pero la pizza es algo tan personal, tan nuestro, que todos creemos saber más que los demás de cómo y cuánto nos gusta, y al llegar con hambre y con ganas, realizamos comandas excesivas que luego repercuten en nuestro bienestar.
Romo es una muy buena pizzería, con el chef Jorge al frente que mide personalmente la cocción de cada pizza y el corte de los embutidos; con una decoración muy ajustada a lo que la casa es y representa, y con un servicio atento, profesional y de una altísima calidad humana. Estos chicos, Marc y Sebastián, podrían perfectamente servir en un restaurante de tres estrellas Michelin en París o en Montecarlo y la casa sería noticia por su magnífico desempeño, incluso más que por la obra del chef. No es fácil encontrar a un equipo tan atento, tan eficaz, tan sonriente y es lo justo y lo correcto tributarles este reconocimiento.

