Las hijas de Sara Flores (Tambo Mayo, Perú, 76 años) recuerdan la escena. Durante los paseos por la selva amazónica peruana, en busca de plantas de las que extraer tintes naturales para sus dibujos, su madre les cubría sus ojos con hojas, confiada en que el rito sirviera para contagiar en las hijas la imaginación infinita de la madre para el dibujo. La misma que le ha valido a Flores ser reconocida como la artista mejor valorada del arte del kené, Patrimonio cultural de Perú desde 2008, y que ha dado un vuelco a la vida de esta mujer convertida en icono indígena, objeto de deseo mundial entre coleccionistas de arte contemporáneo e inesperada mujer de negocios.
A su edad, Flores ha pasado de intercambiar sus dibujos por ropa usada en mercadillos a venderlo por decenas de miles de euros en las mejores galerías del mundo. De vivir en una humildísima comunidad del Amazonas, en compañía de su mono, a que su obra esté presente en las colecciones del Metropolitan o el Guggenheim de Nueva York, el Musée du Quai Branly-Jacques Chirac de París o Art Basel Hong Kong. Y, en un sofisticado giro de los acontecimientos, a que Christian Dior le encargue el estampado de una edición limitada de bolsos, agotada en semanas.
El próximo requiebro en el guión de su vida llegará en mayo con la exposición «Sara Flores. De otros mundos», cuando se convierta en la primera indígena en ocupar el Pabellón de Perú en la Bienal de Venecia, en su 61 edición. Poco después, en junio, inaugurará su nueva muestra en la prestigiosa (y muy cotizada) galería neoyorkina White Cube, que gestiona su obra junto al Shipibo Conibo Center de Nueva York, la organización que da voz a las aspiraciones de autonomía del pueblo indígena peruano.
Antes de llegar al mayor escaparate internacional del arte, Flores ha atravesado un largo camino, que empezó en una comunidad shipibo-conibo, el pueblo indígena de entre 20.000 y 30.000 integrantes en el que se crió en la ribera del Amazonas. El exhuberante escenario en el que aprendió a dibujar las formas geométricas del kené junto a su madre estampadas sobre telas de algodón silvestre o cerámicas: “Me dejaba dibujar en un retalito”, nos explica.
La obra que llevará en mayo a Venecia será la consagración del arte indígena. Flores, que en 1976 participó en la fundación de la primera cooperativa de mujeres shipibo-conibo, practica un trabajo radicalmente político. Superada la etiqueta que limitaba arte como el suyo a la mera artesanía, su obra es un grito de alerta ante el cambio climático y las amenazas sobre el Amazonas: plantaciones de coca, minería ilegal, pescadores furtivos y menonitas, la comunidad ultraconservadora de origen europeo acusada de deforestar miles de hectáreas de selva. “Arrasan nuestros chakras (zonas de cultivo) para sembrar arroz”, explica preocupada.
Ante la barbarie, Flores reivindica otra forma de relacionarse con la naturaleza, profundamente espiritual. Pero también política. Así se observa en la forma en la que gestiona su éxito de ventas, y que la artista reparte en cuatro partes iguales: una para sí, otra para que sus hijas y nietas enseñen a otras mujeres el kené, la tercera para los activistas que defienden a los shipibo-conibo y la cuarta para la organización sin ánimo de lucro que, desde Nueva York, da voz a este pueblo y que gestiona su carrera artística. “Hago mi trabajo no solo para mí, también para mi comunidad”, explica. La bandera shipibo-conibo ondeará en Venecia, pintada a mano por la artista. Será su forma de reclamar al mundo un espacio para los pueblos olvidados del mundo.

