Desde su desarrollo, los agonistas GLP-1 (conocidos como Ozempic y Wegovy) han sido vistos como medicamentos revolucionarios para la diabetes y la obesidad. Hoy, sin embargo, la ciencia empieza a dibujar un escenario mucho más ambicioso. Y es que, estos fármacos no solo actuarían sobre el metabolismo, sino también sobre los circuitos cerebrales del placer, la recompensa y el deseo. Y eso podría transformar industrias enteras.
Lo que comenzó como una herramienta para controlar el azúcar en sangre se está convirtiendo en uno de los mayores fenómenos biomédicos y económicos de la década. Fármacos como semaglutida ya no despiertan únicamente interés en endocrinología. Neurocientíficos, psiquiatras y expertos en adicciones observan ahora cómo estos compuestos parecen alterar algo mucho más profundo: el impulso.
Los datos económicos reflejan la magnitud del fenómeno. Un análisis de la University of Melbourne reveló que el uso de agonistas GLP-1 entre personas sin diabetes en Estados Unidos se triplicó entre 2018 y 2022. El gasto anual pasó de 1.600 millones de dólares a 5.800 millones en apenas cuatro años. Aunque solo uno de cada 250 adultos sin diabetes utilizaba estos medicamentos en 2022, los investigadores consideran que el mercado continúa en una fase temprana de expansión.
A la vez que el negocio crece, también lo hacen las preguntas de la ciencia.
El descubrimiento inesperado: apagar el “ruido” del deseo
Muchos pacientes empezaron a describir algo difícil de medir clínicamente, pero muy repetido en redes sociales y consultas médicas: la desaparición del llamado “food noise”, ese pensamiento constante relacionado con la comida. Poco después comenzaron a aparecer otros relatos inesperados: personas que bebían menos alcohol, fumaban menos o reducían conductas compulsivas sin proponérselo.
Ahora la ciencia empieza a entender por qué. Un estudio realizado por científicos de la Universidad de Virginia (Estados Unidos) publicado en la revista Nature ha descubierto que una nueva clase de fármacos para la pérdida de peso a base de GLP-1 suprime la ingesta de alimentos por placer en ratones al modular un circuito de recompensa ubicado en las profundidades del cerebro. Los investigadores observaron actividad en la amígdala central, una región profunda del cerebro vinculada al deseo, la recompensa y las conductas compulsivas.
Es decir, la nueva generación de GLP-1 orales, como el orforglipron o el danuglipron, actúa sobre un circuito cerebral relacionado con la alimentación hedónica, es decir, el consumo de comida por placer y no por hambre fisiológica.
Tal y como se recoge en la revista Nature, esta vía recientemente identificada, distinta de los mecanismos descritos anteriormente que afectan el apetito general actuando en el hipotálamo y el tronco encefálico, podría ser una forma en que los GLP-1 traten otras disfunciones en el procesamiento de la recompensa, como el trastorno por consumo de sustancias. Así lo ha explicado Ali Guler, profesor de la Universidad de Virginia y coautor del estudio.
De la obesidad al alcoholismo
La relación entre la semaglutida (‘Ozempic’ para la diabetes y ‘Wegovy’ para la obesidad) y los trastornos por consumo de sustancia se vio refrendada en un estudio publicado en febrero en la prestigiosa revista JAMA Psychiatry. En concreto, una investigación de la Universidad del Sur de California (USC) mostró que la medicación semanal, en comparación con un placebo, reducía el deseo de beber alcohol, la cantidad de bebida y la frecuencia de los días de consumo excesivo de alcohol.
El estudio incluyó a personas con trastorno por consumo de alcohol que no estaban buscando tratamiento activamente. Tras nueve semanas de inyecciones semanales de semaglutida, los participantes redujeron la frecuencia de los atracones de alcohol y el deseo de beber en comparación con el grupo placebo. Además, entre quienes fumaban, también se observó una disminución del consumo de cigarrillos.
El descubrimiento podría ayudar a abordar una importante brecha en el tratamiento: se estima que 178.000 muertes al año en Estados Unidos pueden atribuirse al alcohol, que está vinculado a enfermedades hepáticas y cardiovasculares y es una causa conocida de cáncer, como señaló recientemente el director general de servicios de salud de Estados Unidos.
Así, el mercado potencial ya no se limitaría a la obesidad o la diabetes, sino que abarcaría alcoholismo, tabaquismo y otros trastornos vinculados a los circuitos de recompensa cerebral. En otras palabras, las farmacéuticas podrían haber descubierto accidentalmente medicamentos capaces de modular el comportamiento humano.
¿Quién decide sobre la eficacia? El eje microbiota-intestino-cerebro
Sin embargo, no todos los pacientes responden igual a estos tratamientos. Las náuseas, vómitos, diarrea o estreñimiento afectan entre el 40% y el 70% de los pacientes. Y ahí entra otro protagonista inesperado: la microbiota intestinal. Según la doctora Mar Sánchez Somolinos, jefa de la Unidad de Microbiota de Neogenia, el eje microbiota-intestino-cerebro podría ser clave para entender tanto la eficacia como la tolerancia de los GLP-1. Así, la composición bacteriana intestinal podría determinar quién tolera bien el tratamiento y quién acaba abandonándolo.
“Una microbiota equilibrada favorece la producción de sustancias que estimulan la secreción natural de GLP-1 y potencian la acción del fármaco”, explica. Por el contrario, una microbiota alterada puede incrementar la inflamación sistémica y empeorar los efectos secundarios digestivos.
El fenómeno encaja con una visión cada vez más extendida en neurociencia: el intestino y el cerebro forman una red de comunicación constante capaz de influir en emociones, apetito, inflamación y conducta.
El potencial de los «moduladores del comportamiento»
Esta evidencia que sitúa a los GLP-1 como medicamentos que van más allá del control de la diabetes y de la obesidad invita a los expertos a hablar de una nueva categoría farmacológica: moduladores del comportamiento.
Y el potencial económico es gigantesco. De hecho, los nuevos compuestos orales, más baratos y fáciles de producir que las inyecciones, podrían democratizar aún más el acceso y multiplicar el mercado global. Al mismo tiempo, alrededor de estos tratamientos emerge ya una nueva economía: análisis de microbiota, nutrición personalizada, plataformas digitales de seguimiento y medicina predictiva.
Pero el avance científico también abre preguntas incómodas. Porque… si un medicamento puede reducir el deseo de comer, beber o fumar, ¿hasta qué punto modifica también la experiencia del placer? ¿Dónde termina el tratamiento médico y empieza la modificación conductual?
Por ahora, la ciencia sigue intentando comprenderlo. Lo que parece claro es que la revolución GLP-1 ya no trata únicamente de mejorar la calidad de vida a personas con diabetes u obesidad. Trata de entender cómo funciona el deseo humano.

