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Ana Milán: «Un día entendí que pedir permiso es una forma muy educada de desaparecer»

Hay mujeres que buscan gustar, encajar, llamar la atención, aprobación, aplausos. En cambio, hay tras que no. Ana Milán ni busca permiso, ni espera, turno. Saben que se le escucha y por qué.

Con iluminador Lumi Le Glass Highlighter Stick 610 Glassy Pearl Eclat de L'Oréal Paris, Ana luce vestido de Marchesa y pendientes de Andrés Gallardo. Fotografía Valero Rioja.

Ana Milán (Alicante, 1973) tiene corto nada más que el nombre. De lo demás es muy larga. Forjada a base de tesón, intención y querer hacer las cosas bien. De hueso duro y cabeza
más. De piel tersa, clavícula eterna y mente brillante.

En un país que todavía premia a las mujeres que suavizan, que rebajan, que piden permiso incluso cuando ya no lo necesitan, Milán ha hecho exactamente lo contrario: ha dejado de explicarse, no por altanería sino por derecho. Estar a su lado resulta incómodo para algunos, magnético para muchos y profundamente necesario para todos: una mujer que
no negocia más que consigo misma. Actriz, escritora, comunicadora. Publicó su primera novela, Bailando lo quitao, y al mes ya iba por la tercera edición. Voz de uno de los podcasts más escuchados y queridos, La vida y tal, porque dice lo que otros todavía están intentando colocar. Ahora, además, rostro del programa Ex. La vida después, en Cuatro, donde confirma algo que y a intuíamos: sabe rascar en temas por donde el resto
pasa de manera superficial.

Por eso -y por unas cuantas razones más- L’Oréal Paris la ha elegido como nueva portavoz de la marca en España. No por encajar en una idea de belleza, sino por tensionarla. Porque hay mujeres que representan un mensaje y otras que son capaces de expandirlo. Milán pertenece a ese segundo grupo.

Hablar con Ana Milán es asistir a una forma de inteligencia que no necesita ser homologada. Es escuchar a una mujer que ha entendido -ella dice que tarde, yo lo dudo y la envidio- que gustar es opcional, pero sostenerse es innegociable. Y entonces ocurre algo poco frecuente: no la miras para entenderla, la miras para entenderte.

La actriz lleva maquillaje de L’Oréal Paris con colorete Lumi Le Liquid Blush 627 Glowy Warm Peach y pintalabios Color Riche 300 Le Rouge Paris y posa con vestido de Simorra y anillo de Platonic Jewels. Fotografía Valero Rioja.

Ser portavoz de L’Oréal Paris implica representar una idea muy concreta de valor, de autoestima y de mujer. Cuando la eligieron, ¿sintió que encajaba en esa idea o que iba a ampliarla?

Sentí que iba a ampliarla. Sin arrogancia, pero con bastante claridad. Encajar nunca ha sido mi fuerte, ni mi objetivo. Creo que las ideas de belleza y de valor necesitan respiración, movimiento, contradicción incluso. Si no, se convierten en un marco precioso, pero estrecho. Y yo, sinceramente, siempre he tenido más vocación de ventana que de cuadro. Así que no llegué para adaptarme, llegué para sumar matices. Para recordar(me) que la autoestima no es una pose perfecta, sino una relación honesta contigo misma. Y eso, a veces, despeina bastante.

Como portavoz de L’Oréal Paris en España, desfiló en Cannes y en París en una pasarela que trasciende la moda: un espacio donde conviven referentes como Kendall Jenner, Jane Fonda, Helen Mirren o Viola Davis, y donde cada mujer ocupa su lugar desde lo que es. Al caminar ahí, en medio de tantas miradas y significados, ¿qué se le hizo más presente que nunca?

La parte que ya no compite. Durante mucho tiempo, sin darte cuenta, caminas midiendo: si estás a la altura, si encajas, si gustas lo suficiente. Y de repente un día, afortunadamente, se te pasa. Ahí, en medio de todo ese espectáculo tan perfectamente coreografiado, lo único que tenía sentido era estar. Sin compararme, sin explicarme, sin justificar nada. Sólo sintiéndome afortunada.

¿Ha notado alguna vez que dejaban de mirarla sin ni siquiera haber cambiado nada?

Claro. Y al principio duele. Luego entiendes que no es que te dejen de mirar, es que ya no saben dónde colocarte. Y eso, en realidad, es bastante buen síntoma.

¿Cuándo se da cuenta de que algo dentro ha cambiado: cuando se mira o cuando dejan de mirarla igual?

Cuando te miras. Las miradas ajenas son como las modas: caprichosas y poco fiables. El verdadero cambio llega cuando te sostienes la mirada en el espejo y ya no negocias contigo. Lo demás es ruido. A veces bien iluminado, pero ruido.

La actriz y escritora, con la barra de labios Color Riche 630 Beige a nú de L’Oréal Paris. Lleva vestido de Stéphane Rolland y pendientes de Andrés Gallardo. Fotografía Valero Rioja.

¿Y recuerda el momento exacto en el que dejó de pedir permiso para dejarse ser quién es

No fue un momento, fue un cansancio. Uno de esos que no hacen ruido, pero arrasan con todo. Un día entendí que pedir permiso es una forma muy educada de desaparecer.

¿Y en qué momento una mujer empieza a volverse invisible y quién se beneficia de que lo sea?

Empieza a volverse invisible cuando deja de intentar gustarse. Y se benefician todos aquellos que necesitaban que seamos manejables. Una mujer que no pide permiso, que no seduce para sobrevivir, es profundamente incómoda.

¿Qué le diría a una mujer que empieza a desaparecer sin hacer ruido?

Que haga ruido. El que sea. Que incomode, que se equivoque, que moleste si hace falta. Pero que no se vuelva elegante en su propia desaparición. No hay nada más triste que eso.

¿Qué parte de usted no reconoce y cuál le gusta más ahora que antes?

Ya no reconozco a la que se explicaba demasiado. Me gusta muchísimo la que ahora calla, pero elige cuándo hablar.

¿Y qué ha entendido tarde, pero le ha cambiado todo?

Que no todo el mundo tiene que entenderte. Parece una obviedad, pero no lo es. Vivimos intentando traducirnos para otros, hasta que descubres que quien realmente quiere leerte, aprende tu idioma. Que cuando quieres entender lo aprendes.

¿En qué momento el talento deja de ser suficiente en esta profesión?

Cuando entra el miedo en la habitación. El talento es brillante, pero el miedo es muy organizado. Y cuando alguien aprende a jugar con ese miedo, propio o ajeno, el talento pasa a ser sólo una parte del juego. He visto más éxito en la perseverancia que en el talento.

La creadora del podcast La vida y tal, maquillada con barra de labios Color Riche 630 Beige a nú de L’Oréal Paris y lleva vestido y guantes de Prada y joyas de David Locco. Fotografía Valero Rioja.

¿Y qué ha visto en un rodaje que le haya hecho pensar “esto tiene que cambiar”?

El silencio incómodo de demasiadas mujeres acostumbradas a no incomodar. Ese silencio educado, casi invisible, que tapa cosas que no deberían taparse nunca.

¿Qué diferencia hay entre cómo mira un director hombre y cómo mira una directora mujer?

No es una cuestión de género, es una cuestión de conciencia. Pero cuando hay diferencia, suele ser esta: algunas miradas encuadran y otras comprenden. Y cuando te comprenden, dejas de posar y empiezas a existir, pero también he visto directores hombres hacerlo.

¿Ser referente pesa o libera?

Depende del día. Hay días en los que pesa como un abrigo en agosto. Y otros en los que es un lugar precioso desde el que decir “si yo he podido romperme y recomponerme, tú también”. Pero intento no vivir desde ahí. Las estatuas no evolucionan.

¿El cuerpo, la cabeza y el alma envejecen al mismo ritmo o hay alguno que se resiste?

El cuerpo informa, la cabeza interpreta y el alma hace lo que le da la gana. El alma es esa amiga que sigue bailando cuando ya han encendido las luces del bar. Y bendita sea.

Con todo lo que ya ha sido, ¿hay algo que aún no se ha atrevido a ser?

Sí. Más libre todavía. Siempre hay una capa más que soltar, una expectativa menos que cumplir… Una versión más honesta y luminosa esperando turno.

Esta entrevista ha sido publicada en el número de mayo de Forbes Women. Créditos de equipo: Estilismo Antonia Payeras Maquillaje y peluquería Alberto Dugarte Asistente de fotografía Pedro Melo y Andrés Barbosa Asistente de estilismo Sol Zoido. 

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