Las compañías siguen incorporando las Relaciones Institucionales demasiado tarde. En la mayoría de los casos, su intervención se produce en fase de ejecución o gestión de crisis, cuando la norma ya está definida y el margen de maniobra es limitado. Ese desfase —un “gap de tiempo” entre la anticipación y la acción— tiene un impacto directo en la calidad de la decisión empresarial: se ejecuta correctamente, pero se pierde ventaja en la fase clave, la de anticipación.
Así lo recoge el Informe de Resultados sobre el Posicionamiento Estratégico del Director de Relaciones Institucionales, elaborado por el Club Español de Directores de Relaciones Institucionales y Comunicación, que analiza el papel de esta función en la toma de decisiones empresariales a partir de una encuesta a directivos de grandes compañías en España. Según el estudio, el 90% de la alta dirección reconoce ya el valor estratégico de las Relaciones Institucionales, aunque su integración en los procesos de decisión sigue siendo desigual.
El contexto refuerza esta necesidad. La hiperregulación, la volatilidad geopolítica y la creciente intervención pública han convertido la lectura del entorno institucional en un factor crítico para competir en mercados complejos.
En este escenario, las empresas que lideran son aquellas que han integrado las Relaciones Institucionales desde fases tempranas, utilizándolas como una herramienta de inteligencia de negocio. Su participación permite evaluar desde el origen la viabilidad regulatoria de inversiones, productos o adquisiciones, reduciendo riesgos y evitando decisiones que pueden comprometer la cuenta de resultados.
El informe también apunta a una debilidad organizativa: la influencia de esta función sigue dependiendo, en muchos casos, de su cercanía al CEO, y no de procedimientos de gobernanza estructurados. Este modelo limita su impacto y su capacidad de escalar dentro de la organización.
Frente a ello, las compañías más avanzadas están incorporando las Relaciones Institucionales en los espacios donde se decide el crecimiento: comités de inversión, innovación o desarrollo de producto. No hacerlo implica asumir riesgos claros: proyectos frenados por barreras regulatorias no previstas, pérdida de competitividad frente a empresas que sí influyen en la agenda pública y decisiones mal informadas.
La conclusión es clara: en el entorno actual, anticipar la regulación no es un añadido, sino una condición para competir.

