Tras más de veinte años de trayectoria, Irma Álvarez-Laviada (Gijón, 1978) se ha consolidado como una de las voces más personales del arte contemporáneo español gracias a una carrera construida sobre cimientos sólidos y avalada por reconocimientos como la beca de Artes Plásticas de la Fundación Botín o su residencia en la Academia de España en Roma. Su obra, situada entre la pintura, la escultura y la instalación, desarrolla un lenguaje propio surgido de un profundo conocimiento de la técnica pictórica, de horas de taller y experimentación, de lecturas y de pensamiento.
A menos de una semana de su clausura, la exposición con la que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza repasa su última década de trabajo supera ya los 30.000 visitantes y no es de extrañar: hay algo revelador en salir de las salas de las vanguardias históricas de la colección Thyssen y entrar directamente en Dentro y fuera del marco: la sensación de continuidad es inmediata, nada chirría, todo encaja. Sus obras no desentonan frente a los grandes maestros; comparten su mismo peso estético, aunque aquí los protagonistas ya no sean el pigmento o la pincelada, sino bastidores, paspartús, cajas de embalaje, papel de lija o marcos convertidos en obras de arte de una belleza serena que justifica por sí sola su presencia en las salas del museo.


¿Entrar en el Museo Thyssen-Bornemisza y ver tu trabajo expuesto junto a piezas maestras de Degas, Bellini o Moholy-Nagy impresiona?
Da un poco de vértigo, sí. Además, es la primera vez que veo reunidos mis trabajos de distintas épocas en un mismo espacio. Es un análisis de mi propia trayectoria que me ha permitido ver aciertos, errores y entender desde dónde quiero seguir trabajando. Y que todo esto ocurra en el Thyssen es un orgullo enorme.
¿En qué momento descubriste que tus pinceladas y tus pigmentos serían papel de lija, paspartús o láminas de DM? ¿Cuándo te diste cuenta de que esos materiales secundarios serían la base de tu lenguaje pictórico personal?
En 2009 tuve una crisis creativa que me llevó a dejar de pintar durante dos años. Seguía yendo cada día al estudio, pero ya no pintaba. Dediqué ese tiempo a leer mucho sobre el no hacer y el derecho a la pereza, y en ese proceso empezaron a llamar mi atención los materiales que tenía alrededor, elementos propios de la técnica pictórica que normalmente pasan desapercibidos.
Eran materiales que hablaban de la pintura sin ser pintura, y ahí descubrí que podía seguir trabajando lo pictórico a través de ellos. Desde entonces me interesan especialmente los materiales constructivos y funcionales, porque descubrí su enorme potencia visual.
A menudo se habla de las crisis creativas como algo negativo, pero ¿a veces hay que perderse para encontrar una voz propia?
Sin duda. Vivimos en un momento en el que no tenemos tiempo ni para tener crisis, cuando en realidad son absolutamente necesarias. Hay que aprovecharlas. Más aún en un ámbito como la creación artística, donde siempre hace falta un tiempo de reflexión: antes, durante y después del trabajo. Esa pausa es la que te permite seguir evolucionando. En mi caso, aquella crisis, que al principio parecía algo dramático, terminó siendo una experiencia muy reveladora.
¿Qué retos plantea trabajar con estos materiales frente a las técnicas pictóricas tradicionales?
Muchos. Para empezar, todavía existe la idea de que una obra de arte debe estar hecha con materiales más nobles o más elaborados, y romper con ese prejuicio ya es un primer reto.
Después está la parte técnica. Muchas de las piezas las realizo con materiales que no están pensados para esa función, así que el trabajo consiste en llevarlos al límite, forzarlos y enfrentarte constantemente a sus posibilidades y a sus resistencias.


En la muestra, tus piezas dialogan con obras de Degas, Albers o Van Doesburg, pero ¿qué referentes han sido realmente decisivos en tu trayectoria?
Me interesan mucho los artistas como referencia metodológica o procesual. Por ejemplo, Bruce Nauman, cuyo proceso de trabajo me ha alimentado mucho. Pero mis referencias no se limitan al arte. El cine me inspira muchísimo y de la poesía saco imágenes increíbles.
Desde una trayectoria tan consolidada como la tuya, ¿qué consejos darías a las nuevas generaciones de artistas?
Que cultiven mucho la paciencia y, en la medida de las posibilidades de cada uno, que intenten formarse en el extranjero. Creo que la educación artística en España todavía tiene mucho que aprender de Europa, de cómo se concibe allí la enseñanza y de cómo se transmite ese aprendizaje. Vivir esa experiencia me parece algo enormemente enriquecedor y, hoy en día, casi fundamental.
Cuando el visitante salga del Thyssen, ¿qué te gustaría que contara de la obra de Irma?
Más que contar algo concreto, me gustaría despertar su curiosidad. Que la exposición no se acabe al salir de la sala, sino que continúe después en forma de preguntas, de atención o de nuevas lecturas.
Si consigo que alguien se plantee por qué damos valor a unas cosas y no a otras, o que mire de otra manera aquello que normalmente pasa desapercibido, me doy por satisfecha.

