Opinión Jesús Mardomingo

Celorio, la retrotopía y el futuro que Iberoamérica aún no se atreve a imaginar

Celorio señala que ciertas corrientes culturales, en su caso mexicanas, han intentado “sobreponer la retrotopía del paraíso perdido”, construir un relato idealizado de un pasado prehispánico o premoderno como refugio identitario. Celorio lo sabe. Por eso su discurso no es un regreso al origen, sino una invitación a reconstruir la identidad iberoamericana desde la complejidad, no desde la nostalgia.

Vista de Cusco, símbolo del mestizaje cultural iberoamericano que inspira el debate sobre identidad, memoria y futuro. Foto: The only Peru guide.

Banda sonora para la lectura: Loquillo – Cruzando El Paraíso

Hay premios que celebran una obra y premios que, sin proponérselo, iluminan un tiempo. El Cervantes 2025 pertenece a esta segunda categoría. La elección de Gonzalo Celorio no solo reconoce a un escritor “mayor” de nuestra lengua; también señala un punto de inflexión en la conversación cultural de un espacio que insiste en llamarse “latino” cuando, en realidad, su nombre verdadero —y su proyecto puede que aún pendiente— es Iberoamérica.

Confieso que no le seguía, ni me he leído alguna de sus obras, pero me impresionó su discurso en el solemne acto de entrega del Premio en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Un discurso, en apariencia, íntimo, de evocación del padre, de la genealogía familiar, pero que aportaba también muchas palabras y mensajes que lo hacían muy actual. Más aún en presencia del Rey Felipe VI y en estas semanas donde sus palabras han cruzado varias veces, ida y vuelta, el Atlántico.

Así, en el corazón de su intervención apareció una palabra que no suele escucharse habitualmente, que no aparece en la RAE, y que debería, en sentido crítico, pronunciarse más a menudo en nuestra sociedad actual: retrotopía.

Celorio la utilizó con precisión quirúrgica: “En ciertas culturas antiguas se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido.” No parecía una digresión teórica. Por eso me puse a buscar información (la necesitaba por ignorante), y comprendí que era una advertencia. Elegante y literaria, difícil de rebatir, incluso, por los que exigen que se pida perdón por todo lo sucedido en la humanidad.

En la RAE no encontré significado de la palabra, pero sí aparece muy estudiada por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman quien la definió como la utopía invertida: la tentación de sustituir el futuro por un pasado idealizado. El refugio emocional de sociedades que han perdido la fe en el porvenir y buscan consuelo en un origen purificado, incontaminado, casi mítico. Celorio desmonta esa nostalgia regresiva con una frase que ya es titular en toda la prensa iberoamericana: “La nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas.”

Lo que está diciendo —y lo dice con la autoridad de quien ha dedicado su vida a la palabra— es que la identidad no se construye mirando hacia atrás, sino leyendo críticamente el pasado para poder avanzar. Y que la historia compartida entre España, Portugal, Europa en definitiva, y América no es un lastre ni un trauma congelado, sino una infraestructura cultural de valor incalculable, aún con mucho sentido.

Su discurso estuvo tejido de referencias que funcionan como brújulas. Julio Cortázar, para recordar que el humor cava más túneles que las lágrimas. Mario Vargas Llosa, para subrayar que la libertad es la soberanía del individuo frente al poder. Carlos Fuentes, para explicar que Cervantes creó un “género de géneros” donde cabe toda la condición humana. Y en la textura de su prosa, la huella de Alejo Carpentier y José Lezama Lima, maestros del barroco americano que Celorio reconoce como parte de su linaje literario. No fueron citas ornamentales sino una declaración de pertenencia a una tradición compartida.

Este mensaje llega en un año especialmente simbólico en el que se narrarán eventos como el lanzamiento de una Alianza de las ciudades iberoamericanas cumplen 500 años desde su fundación o refundación. Ciudades como  Cartagena de Indias, fundada por un madrileño, pero también Cusco, cuyo acto fundacional español fue, en realidad, una superposición sobre un centro civilizatorio precolombino. Una refundación. Cinco siglos después, esas ciudades no serán monumentos detenidos, sino laboratorios de mestizaje, espacios donde la historia se acumula en capas que no pueden separarse sin destruir el edificio entero.

El otro evento clave del año, la XXX Cumbre Iberoamericana 2026, coincide con este aniversario múltiple.

Sin embargo, para estas y otras citas del año, la región puede que llegue atrapada entre dos fuerzas. Por un lado los que defienden la retrotopía, especialmente, políticos que abogan por la polaridad que promete restaurar un pasado que, por cierto, nunca existió como se cuenta y, por otro, un discurso realmente iberoamericano, con la economía creativa a la cabeza, que exige imaginar un futuro que puede que aún no nos atrevamos a formular, sin saber muy bien por qué.

La retrotopía, mal interpretada, fragmenta. Divide entre “antes” y “después”, entre “nosotros” y “ellos”,”ellos” y “ellas”, entre “lo propio” y “lo ajeno”. Es un relato cómodo, pero estéril. Celorio lo sabe. Por eso su discurso no es un regreso al origen, sino una invitación a reconstruir la identidad iberoamericana desde la complejidad, no desde la nostalgia.

Una identidad que reúne la creatividad de 800 millones de personas articulado por dos lenguas globales y una memoria compartida no es tan solo un patrimonio cultural, sino una infraestructura productiva, un activo estratégico que genera comercio, cohesión y competitividad. Celorio, sin mencionarlo explícitamente, apunta esa idea con su discurso. La lengua, la palabra, la historia, no es un adorno identitario, sino un vector económico y geopolítico que Iberoamérica está pendiente de interpretar y ordenar para crear su propio prestigio y sentido. Sin etiquetas, ni fenómenos asociativos interesados, 2026 es una nueva oportunidad para generar una identidad que abandone las referencias «étnicas» para ser «estratégica». Es el paso de quienes fueron, a quienes están conectando realmente el mundo actual.

Película recomendada

“Roma” de Alfonso Cuarón (2018)

Inspirada en la infancia de Cuarón, el largometraje no paró de cosechar elogios como una metáfora del país y de su historia, de su pasado y de su ahora.

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