Opinión Jesús Mardomingo

Con la IA hemos topado

ZUMAPRESS.COM / CORDON PRESS.

Banda sonora para la lectura:

La eternidad. Banda de Cornetas y Tambores Nuestra Señora del Rosario Coronada. Fundada el 7 de mayo de 1996 en Cádiz.

Con la Iglesia hemos dado, Sancho. Así le dijo Don Quijote cuando descubrió, camino del Toboso, que no había topado con un enemigo imaginario, sino con una institución real, sólida, inamovible. Cuatro siglos después, nos hemos podido encontrar, como diría Carlos Fenollosa, en un abrir y cerrar de ojos, con la revolución de un “transformador”. Con la T de un “transformer” (gpT), y no con un con la “iglesia principal del pueblo”. Con el comienzo del proceso de “singularidad” tecnológica, entendido como el momento en que la IA es capaz de pensar más y mejor que los humanos y aprender por sí misma. En definitiva, con una infraestructura de poder que ya no pertenece al terreno de la especulación, sino al de la reorganización económica y que obliga a los humanos a reaccionar con urgencia para determinar quién se hace con el mando. Con una IA que, en apenas 4 años después de su lanzamiento, su propietario ya ha pasado a denominarla ¡superinteligencia!

El pasado 6 de abril, Open AI, el dueño y creador de, probablemente, la plataforma de IA más poderosa del planeta Tierra, publicaba un documento titulado Industrial Policy for the Intelligence Age. Una declaración programática que incluye un mensaje inequívoco: la superinteligencia ya está aquí. La transición desde modelos avanzados hacia sistemas que superan a los humanos más brillantes ya está en marcha, y su impacto deja de ser especulativo para convertirse en un factor que reconfigura organizaciones, mercados laborales y productividad.

Pero va más allá. El autor también declara que la economía y la gobernanza universal deberán reorganizarse mediante un “nuevo contrato social” que debe incorporar, entre otras cosas, un fondo soberano para distribuir dividendos a los ciudadanos, impuestos a la automatización, reformas fiscales, y semanas laborales de 32 horas financiadas por la eficiencia de la IA. Espero que no lea esta revista la ministra del ramo.

La tesis central del documento, aparentemente, no suena mal. Afirma que la IA debe generar prosperidad generalizada, no poder concentrado. Evitar riesgos como la interrupción masiva del empleo, el mal uso, la desalineación y la erosión de las instituciones democráticas.

No suena mal, pero genera mucha inquietud a un desgastado cortex prefrontal que pasea por la Concha el día C del Club de la Creatividad 2026  camino de una mesa que los organizadores han bautizado como “subversiva”. Pienso que no por el contenido, sino su gesto inconsciente de invitar a un abogado a hablar sobre reescribir reglas!! A alguien que, en teoría, vive de interpretar reglas, no de reescribirlas. Pero quizá sea precisamente ese el motivo de preocupación. Cuando la tecnología altera la estructura misma del poder, el Derecho deja de ser un marco que convierte la vida en algo previsible.

Conviene recordar que ya hemos vivido revoluciones que parecían definitivas y que hoy son apenas arqueología. En 2004, El País publicó “Con la oficina a cuestas”, un reportaje sobre cómo la BlackBerry permitía llevar “media oficina en el bolsillo”. Aquello parecía revolucionario. Pero era logística. La BlackBerry reorganizó hábitos; la inteligencia artificial reorganiza estructuras. La primera amplió la jornada; la segunda redefine la economía política. La movilidad digital transformó la agenda; la superinteligencia transforma la distribución del poder.

Por eso, una discusión sobre “política industrial” no puede abordarse como un debate técnico, sino como un debate mucho más profundo. Si como dice el autor del documento hay que revisar el contrato social, urge preguntarse aspectos tales como quién crea valor, quién lo captura, quién lo distribuye y bajo qué reglas se organiza la convivencia económica.

He preguntado a la infraestructura quien es el autor, y la propia marca me responde literal que » el documento Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First aparece firmado institucionalmente por OpenAI, sin atribución individual a ningún directivo, investigador o equipo concreto«. ¿Habrá sido una máquina?

Y aquí aparece el elemento que el documento no menciona pero que late en su arquitectura conceptual: la inteligencia natural. La del Homo Sapiens. La que no se entrena con datos, sino con experiencia, memoria, intuición y conflicto. La que inventa metáforas no porque sean útiles, sino porque son necesarias para pensar. La superinteligencia puede multiplicar la productividad, puede tener atención selectiva y hacer encajes (embedding), pero no puede sustituir la creatividad humana como origen de sentido. Y si no protegemos ese espacio —el de la interpretación, la duda, la imaginación— corremos el riesgo de que la IA no solo automatice tareas, sino también criterios. Y cuando los criterios se automatizan, la intervención humana solo puede reducirse.

Por cierto, lo que tampoco aborda la compañía es qué pasará con las nuevas generaciones que han nacido con ChatGPT y se han acostumbrado a no pensar.

Una “política industrial” del siglo XXI no debe centrarse únicamente en garantizar acceso a modelos avanzados, a motores informáticos que realizan cálculos matemáticos complejos, sino también en preservar y expandir la inteligencia natural: educación crítica, artes, humanidades, pensamiento estratégico, creatividad aplicada. No para competir con las máquinas, sino para evitar que las máquinas, dirigidas por no se sabe bien quién, definan el perímetro de lo posible.

La cuestión que muchos humanos de profesiones muy variadas deberían debatir, desde científicos, a economistas, pasando por periodistas y creativos e, incluso, abogados, no es si la IA nos dominará, sino si habremos fortalecido lo suficiente nuestra inteligencia natural como para no delegar en ella aquello que nos hace humanos: la capacidad de imaginar reglas nuevas.

Y por eso esta mesa de Tangity en el CdC (regracias por invitarme), ha tenido mucho de subversivo. Porque hablar de reescribir las reglas —y hacerlo desde la tecnología, la sostenibilidad, la creatividad y la cultura— es recordar que la inteligencia natural sigue siendo la primera y última institución de la que depende todo lo demás.

Película recomendada

Cónclave” (2024). Dirgida por Edward Berger  

La película no trata de IA, pero sí de algo que la lA pone en cuestión: la legitimidad. En el cónclave, la institución se enfrenta a su propio límite y descubre que ninguna regla basta sin interpretación humana. La superinteligencia nos sitúa ante un dilema similar: si delegamos el criterio, delegamos el poder. Y si delegamos el poder, renunciamos al contrato social. Por eso, más que una película sobre cardenales, Conclave es una advertencia: incluso en tiempos de máquinas que aprenden solas, la inteligencia natural sigue siendo la única institución capaz de sostener el sentido.

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