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Hablamos con Maria Luisa Gutiérrez, socia de Santiago Segura y la empresaria detrás de ‘Torrente Presidente’

María Luisa Gutiérrez, la productora empresaria de Torrente Presidente y socia de de Santiago Segura en su productora, Bowfinger.

La empresaria audiovisual María Luisa Gutiérrez. Foto cedida.

Es socia de Santiago Segura desde hace más de 15 años y películas tan exitosas como ‘La infiltrada’ llevan su firma. Sin embargo, fuera del sector, poca gente conoce a la empresaria audiovisual María Luisa Gutiérrez (Guadalajara, 53 años). Empresaria y productora de éxito, así como presidenta de AECINE (asociación de productoras de cine independiente), hablamos con ‘Marilu’, como se la conoce, de su labor fundamental en el triunfo de la saga Torrente, de cómo romper el techo de cristal y de dónde tiene guardado su Goya.

El estreno de ‘Torrente Presidente’ ha roto moldes y genera ya el 44% de los ingresos del cine español en 2026. Siendo la sexta entrega, ¿esperabais tanto éxito?

Mentiríamos si dijéramos que sí. La película, a día de hoy, ya ostenta el puesto 14 en el ranking de la historia del cine español de taquilla, y estamos, tan sólo, en el día 14 de exhibición. Es una verdadera pasada ver cómo la ha acogido la gente y cómo personas de todas las ideologías son capaces de meterse en la sala de cine y reír juntos. 

¿Cuál ha sido tu papel en esta nueva entrega?

Soy la productora empresaria de «Torrente Presidente» (como anteriormente lo fui de Torrente 3, 4 y 5) con Santiago Segura que es el productor creativo. Mi labor, como la de cualquier productor, consiste en conseguir todos los recursos financieros, humanos, legales posibles, además de no amedrentarme ante los retos creativos de Santiago. He peleado por hacer realidad cada uno de los pequeños detalles que creía necesarios. Un productor no puede corta las alas al creador.

El fenómeno Torrente ha marcado un antes y un después en el cine español comercial. ¿Cómo viviste desde dentro ese éxito y qué decisiones fueron clave para convertirla en una saga tan rentable?

Me siento tan afortunada de haber podido vivir en primera persona, desde Torrente 3, los datos de cada una de las entregas. Siempre cifras altísimas. Conectar con el público se trabaja y mucho. Santiago lo ha trabajado en cada una de sus películas hasta extremos difíciles de imaginar y valorar. En la trastienda de esta saga he podido ver sus dudas, sus inquietudes, su evolución en la creación, sus miedos… Siempre hay una parte de suerte en cualquier éxito pero, si yo algo he aprendido de esta saga, es que hay mucho trabajo. Sin trabajo la suerte no llega. 

Has participado en algunos de los mayores éxitos del cine español y, sin embargo, tu nombre no es tan conocido para el gran público. ¿Crees que las mujeres en la industria siguen teniendo más difícil alcanzar esa visibilidad?

Sí. Lo creo. Por dos motivos: ser productora (ya de por sí te quita visibilidad) y por ser mujer. Hay un gran desconocimiento sobre la labor de un productor. Yo he llegado incluso a escuchar que nos consideran prescindibles. En fin. Con respecto a ser mujer… Como dice la ley de Newton, cuando las mujeres llegamos a determinados niveles somos empujadas hacia abajo. Incluso con estrategias de desprestigio. Seguramente, ni siquiera los que lo hacen son conscientes, algo todavía más grave. Hemos avanzado muchísimo en igualdad, pero aún queda trabajo.

Desde tu posición en Bowfinger, ¿cómo se construye ese equilibrio entre cine comercial y proyectos con mayor carga narrativa, como ‘La infiltrada’, que tú misma impulsaste?

Como empresaria del audiovisual me gusta tener una responsabilidad con el sector en el que trabajo –al que amo–, y con la sociedad. Nos gusta contar historias que transmitan y hagan sentir, qué emocionen con la risa, el llanto, el miedo… Pero también nos gusta generar nuevos talentos, dar oportunidad a directores noveles, ofrecer presupuestos altos a directoras mujeres, visibilizar historias que generen debate…  

La infiltrada’ ha sido uno de los proyectos más relevantes de tu trayectoria reciente. ¿Qué te llevó a apostar por esa historia y qué crees que explica su impacto?

Que la infiltrada fuera mujer, algo inédito. Me parecía que era importante que el espectador admirara su valentía, como me pasó a mí cuando escuché esa historia. Lo mejor fue contarla desde el punto de vista de una policía que luchaba contra la banda terrorista ETA, algo que había sido tabú hasta entonces en España. Habíamos visto historias contadas desde las víctimas, los etarras, la sociedad… Este era un punto de vista diferente.

En la penúltima edición de los Goya protagonizaste un discurso que se hizo viral. ¿Qué sentiste en ese momento y por qué crees que conectó tanto con la gente?

Yo creo que conecté con la gente porque fui honesta conmigo misma. Porque mi discurso salió de mis entrañas. Y porque detrás del mismo, sólo había humildad y sinceridad.

Hablando precisamente de los Goya, ¿cuántos habéis acumulado a lo largo de vuestra trayectoria en Bowfinger y dónde están? ¿Sois de exhibirlos o de guardarlos discretamente?

En Bowfinger obtuvimos 13 nominaciones para ‘La Infiltrada’ y dos Goyas (Mejor actriz y Mejor Película) así como numerosos premios (Platino, CEC, Cygnus, ASECAN…). Los tengo en mi casa y el Goya en concreto en mi mesa de trabajo. Para mí fue la culminación de toda una carrera. Una meta que nunca me había planteado y estoy muy agradecida. Además, en nuestra trayectoria hemos sumado otros como los premios FECE que reconocen la taquilla y los espectadores que también son muy especiales porque recibimos el cariño y el apoyo de los exhibidores que para nosotros son muy importantes.

¿Te has encontrado con barreras específicas por el hecho de ser mujer en un sector donde la toma de decisiones y la financiación siguen muy concentradas?

Sí. No tanto en las grandes corporaciones sino en el propio sector. He de decir que me ha costado muchísimo identificarlo. Yo era de las que pensaba que vivimos en un lugar dónde todos tenemos igualdad de oportunidades y tenía asimilados como normales determinados comportamientos machistas tanto de hombres como de mujeres. Según he ido creciendo profesionalmente, me he ido dando cuenta que mi ascenso cada vez se hacía más cuesta arriba y me ha costado mucho identificar que cuando llegamos a los techos de cristal y los rompemos, especialmente cuando hay una exposición mediática, se suceden reacciones muy poco dignas en el propio sector para que no destaques. Y es frustrante ver como a otros compañeros eso no les sucede.  En todo caso, entono el “mea culpa” también porque, seguramente, como son comportamientos adquiridos difíciles de identificar, haya compañeras que hayan podido sentirse como yo y, quién sabe, si yo he formado parte de que eso haya ocurrido. Aquí todos estamos para aprender hasta el final.  Y nadie somos mejor que nadie. 

Más allá de los grandes éxitos, ¿qué te llevó inicialmente a dedicarte al cine? ¿Hubo un momento o una película que marcara ese camino?

Desde pequeñita me inculcaron ir todos los domingos al cine de mi pueblo. Todos los niños nos comprábamos las chuches e íbamos a la sala.  ¡Qué tiempos dorados aquellos en los que hasta en la España vaciada había cines! Por supuesto, las películas llegaban a un año vista de Madrid o incluso a dos. De aquella época la película que más me marcó fue ‘Annie’. Pero la que más me acercó a un deseo de hacer cine fue ‘Tiburón’. Fue de las primeras que vi, era una enana y me dio muchísimo miedo. También ‘El triángulo diabólico de las Bermudas’. Recuerdo esa secuencia con la muñeca cayendo al fondo del mar y todavía sueño con ella. 

¿Qué relación mantienes hoy con el cine como espectadora? ¿Cuántas películas ves a la semana y qué buscas en ellas cuando te sientas en una sala o frente a una pantalla?

Intento ir al cine una vez a la semana. Hay fines de semana que me cuesta porque no encuentro ninguna película, como espectadora, que me atraiga y esto es algo que he denunciado desde mi puesto de presidenta de AECINE varias veces. Es importante que los complejos de salas de cine tengan diversidad de géneros para que el espectador siempre tenga algo que ver. Cuando todas las salas son copadas por la misma película, probablemente, le provoquen al cine más ganancia a corto plazo, pero echa a los espectadores a largo plazo. Ni siquiera tendría que ser algo regulatorio, sino una autorregulación que las salas de cine hicieran. Creo que ganaríamos todos.

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