Opinión Lucía Pérez

Cuando la inclusión empieza a exigir afinidad

Cada vez más espacios ya no son solo un lugar al que ir, sino un lugar en el que encajar.

Hubo un tiempo en el que ir al gimnasio era, simplemente, eso: entrenar. Usar las máquinas, ir a una clase, terminar y salir. Nadie te preguntaba nada más, no hacía falta. Por el motivo que sea —cambios en la forma en que nos relacionamos, en cómo entendemos los espacios o en qué esperamos de ellos…— esa lógica ha ido cambiando.

La apertura de un gimnasio con una identidad política explícita en Santiago de Compostela ha vuelto a ponerlo sobre la mesa. La combinación, en principio, llama la atención. No tanto por el caso en sí como por lo que señala: cada vez más espacios no solo ofrecen una actividad, también incorporan una forma de entenderla. Y, en algunos casos, eso implica establecer un punto de partida común.

Antes, muchas actividades cotidianas funcionaban precisamente porque no exigían nada más que participar en ellas. Ir a entrenar —como otros hábitos— no implicaba compartir una visión del mundo. Esa neutralidad —quizás imperfecta, pero funcional— permitía una convivencia básica entre perfiles distintos. Hoy, en determinados entornos, la afinidad deja de ser algo que surge después y pasa a ser un requisito previo: no se trata solo de qué haces, sino de si encajas antes de empezar a hacerlo.

Y ahí aparece una tensión difícil de ignorar.

Porque hay algo que empieza a resultar contradictorio: llamar inclusivo a un espacio que necesita decidir quién puede formar parte de él. Más allá del caso concreto, no se trata de cuestionar esa decisión —que en muchos casos responde a la percepción de que ciertos entornos tradicionales no resultan igual de accesibles o cómodos para todo el mundo—, sino de entender qué implica.

El resultado no es tanto conflicto como segmentación. Espacios diseñados para afinidades concretas, donde la convivencia se vuelve más sencilla, pero también más homogénea: desaparece parte de la fricción y, con ella, parte del contraste.

La cuestión no es si estos espacios deben existir, probablemente seguirán haciéndolo. Lo que parece anecdótico empieza a dejar de serlo. La cuestión es qué ocurre cuando deja de ser una excepción. Porque entonces, lo que cambia no es solo quién entra en cada lugar, sino también la idea de lo que significa compartirlos.