Cuatro chavales italianos, un Volkswagen Passat, un Ford Taurus y una locura por delante: cruzar el Atlántico navegando a bordo de un coche. Los Amoretti lograron una hazaña que aún resuena casi tres décadas después.
En mayo de 1999, cuatro chavales italianos zarparon desde las Canarias con la idea de cruzar el Atlántico, una travesía clásica para multitud de navegantes. Sin embargo, en su reto había una ‘pequeña’ diferencia: el vehículo con el que soltaron amarras no fue un barco, sino dos coches. En concreto, un Ford Taurus y un Volkswagen Passat que habían reforzado con poliestireno para que flotasen.
Dada la locura de la idea, tuvieron que sortear a la Guardia Civil para soltar amarras, algo que no había logrado el padre de tres de los chavales unos años antes. Giorgio Amoretti había tuneado un viejo Golf con la idea de cruzar el charco, pero las autoridades lo detuvieron al poco de partir. Años después quiso retomar la travesía, pero enfermó de cáncer y tuvo que renunciar. De ahí que sus hijos tomaran su relevo.
Los Amoretti consiguieron finalizar su aventura, aunque por el camino su padre falleció de la enfermedad. Ellos se enteraron al pisar tierra en Martinica, ya que su madre prefirió dejarles finalizar su travesía sin comunicárselo. La historia parece escrita por un guionista con querencia por el exceso, pero ocurrió. Y dejó rastro.
Una aventura real entre ingeniería casera y pura locura
En hemerotecas italianas de finales de los noventa, en expedientes de capitanías marítimas canarias y en entrevistas posteriores concedidas por los propios protagonistas, aparece una y otra vez la misma pregunta: ¿cómo es posible cruzar el Atlántico en dos coches?
La respuesta está a medio camino entre la ingeniería doméstica y la fe ciega. Los Amoretti y sus compañeros transformaron dos berlinas de serie en artefactos anfibios mediante grandes bloques de poliestireno expandido, sellados con resinas y refuerzos metálicos. No eran «coches-barco», sino plataformas flotantes motorizadas, pensadas para mantenerse a flote más que para navegar. Avanzaban despacio, consumiendo poco y confiando en los alisios.
No fue una travesía limpia ni heroica en el sentido clásico. Hubo averías, filtraciones, jornadas interminables bajo el sol y noches en las que el Atlántico recordaba que no perdona improvisaciones. Tampoco hubo seguimiento oficial ni récords que certificar. Precisamente por eso resulta tan fascinante: porque se mueve en los márgenes, lejos de las rutas de los grandes veleros y de las gestas patrocinadas.
Según relataron después en medios como La Gazzetta dello Sport y Il Corriere della Sera, el momento más duro no fue una tormenta ni una avería, sino la llegada. Pisar Martinica significó el final del reto y, al mismo tiempo, el golpe emocional: la muerte del padre que había soñado antes que ellos con realizar esa misma travesía y que tuvo que abandonar su sueño a última hora.
Hoy en día, casi dos décadas después, la travesía de los coches flotantes sigue siendo una rareza en la historia de la navegación oceánica. No cambió los manuales de navegación ni generó una tendencia nueva, por suerte. Imaginen el Atlántico plagado de chalados que intentan cruzarlo a bordo de un coche: sería de locos. Pero dejó una enseñanza que el mar repite desde siempre: que a veces la frontera entre la locura y la aventura depende solo de si consigues llegar al otro lado.
Este texto forma parte del número 4 de Nautik Magazine, que puedes encontrar en quioscos o en nuestra tienda.
