“Lo que está ocurriendo hoy en Irán es profundamente doloroso”, asegura Farah Diba (Irán, 1938) al referirse a la represión ejercida por el régimen contra la población civil y, en particular, contra las mujeres. Desde el exilio –vive entre sus dos residencias en Washington y París–, la última emperatriz de Irán insistía a France Presse en una distinción que atraviesa todo su discurso: el pueblo iraní no tiene nada que ver con su gobierno.
Habla con serenidad, pero sin eufemismos. El Irán que defiende —secular, moderno, integrado a Occidente y con las mujeres como protagonistas— contrasta de manera brutal con el país que hoy vive bajo un régimen teocrático tiránico, instaurado tras la revolución de 1979, que ha convertido la represión política, la persecución ideológica y el control sistemático —especialmente sobre las mujeres— en pilares de su supervivencia.
Nacida en Teherán en una familia acomodada, Farah dejó Irán con apenas 18 años para estudiar arquitectura en la École Spéciale d’Architecture de París. Una cena íntima en casa de la princesa Shahnaz en la capital iraní altera para siempre el curso de su vida y el del país. Mohammad Reza Pahlavi, recientemente divorciado de la princesa Soraya, queda cautivado por su inteligencia, su naturalidad y una belleza ajena al artificio cortesano.

Se casan en 1959. Farah tiene 19 años. La boda, seguida por el mundo entero, la convierte en Shahbanou —emperatriz— y en símbolo de una nueva etapa para Irán. Joven, iraní, educada en Europa, encarna una imagen de modernidad que el régimen busca proyectar hacia el exterior, y que ella decide llevar mucho más lejos.
Desde una posición inédita para una mujer en Oriente Medio, Farah deja claro que su rol no puede limitarse a lo ceremonial. Utiliza su influencia para impulsar reformas que alteran de manera estructural el lugar de las mujeres en la sociedad iraní. Acompaña activamente el proceso que en 1963 otorga a las mujeres el derecho al voto y promueve su acceso a la educación superior, al trabajo profesional y a la vida pública. Bajo su amparo se desarrollan programas de alfabetización, salud materno-infantil y protección legal orientados a reducir desigualdades históricas profundamente arraigadas.
“Cuando te conviertes en reina consorte, tienes una gran responsabilidad hacia tus compatriotas. Y será el amor de tu pueblo lo que te dará fuerzas para trabajar todos los días incansablemente”, me contaba cuando la entrevisté en su casa de Washington hace diez años. No concibe el poder como privilegio, sino como responsabilidad. Defiende una visión de Estado secular y moderno, convencida de que el progreso de Irán es inseparable de la emancipación femenina. Esa convicción —radical para su tiempo y para su región— explica por qué su figura vuelve hoy al centro del debate histórico.

La revolución de 1979 marcó un quiebro definitivo. Tras dos décadas de reformas impulsadas por la llamada Revolución Blanca, la familia imperial abandona el país. Comienza un exilio errante que los lleva por Egipto, Bahamas, Estados Unidos, México y Panamá, atravesado por la persecución política y por la enfermedad terminal del Shah. Mohammad Reza Pahlavi murió en El Cairo en julio de 1980.
Aun así, el vínculo con el pueblo iraní no se rompe. “Estoy muy agradecida con todos los iraníes, incluso los más jóvenes, que después de toda la propaganda en contra de mi familia me escriben para darme fuerzas. Ha sido ese afecto de mi pueblo lo que todos los días me da coraje para seguir adelante”, dice, aludiendo a una relación que se mantiene viva a pesar de la distancia y del paso del tiempo.
El exilio, sin embargo, no trae paz. A la pérdida del poder y de la patria se suman tragedias personales, marcadas por cuadros profundos de depresión, esa forma silenciosa del desarraigo que suele acompañar a quienes viven lejos de su país. En 2001, su hija menor, Leila, se quita la vida a los 31 años en un hotel de Londres. Diez años más tarde, su hijo Alí Reza se suicida en Boston a los 44. Ninguna corona prepara para eso. Ningún poder protege del dolor. Ningún exilio ofrece refugio frente a la devastación íntima.

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Con el correr de los años, Farah se transforma en una figura de referencia para una diáspora iraní que revisa críticamente su historia reciente. “Cuanto más pasan los años, es cada vez más difícil que el pueblo de Irán siga sin saber cómo era verdaderamente el Shah y lo mucho que amaba a su país y a su pueblo. Muchas personas que estaban en contra de él políticamente hoy vienen a decirme que la revolución de 1979 fue un gran error y que es imposible seguir mintiéndole a la gente”, sostiene.
Ese legado encuentra continuidad en las nuevas generaciones del exilio. En las últimas semanas, Yasmine Pahlavi, nuera de Farah y esposa de Reza Ciro, heredero y candidato al trono, gana visibilidad internacional por su defensa pública de los derechos de las mujeres iraníes y por su denuncia explícita de la represión ejercida por el régimen teocrático. Desde el exilio, su voz se suma a la de miles de iraníes que reclaman libertad y justicia, confirmando que la causa por la que Farah luchó primero desde el poder y luego desde la diáspora no se extingue, sino que se transforma en una resistencia intergeneracional.
Farah vuelve una y otra vez sobre una idea central: su pueblo no es su gobierno. “Sueño con un Irán íntegro, libre y democrático. Espero que este régimen termine algún día y que mi país vuelva a tener un gobierno secular”, afirma con claridad.
Cuando extraña su tierra, piensa en su cielo, en sus ríos, en la música tradicional prohibida desde 1979, en las voces femeninas silenciadas por ley. Hasta hoy, las mujeres no pueden cantar solas en público frente a hombres. Ese dato, casi impensable en el siglo XXI, resume el retroceso que vive el país.
Lejos de pertenecer al pasado, Farah Diba ocupa hoy un lugar incómodo y necesario: el de una mujer que encarna una alternativa histórica y recuerda, con voz firme, que otro Irán fue posible —y que todavía puede volver a serlo.
