Opinión Lucía Pérez

La conciliación que nadie está midiendo

La reciente sentencia del Tribunal Supremo que obliga a computar el permiso parental como tiempo efectivo de trabajo para el cálculo de vacaciones parece, en apariencia, un ajuste técnico. Pero cada vez que la justicia tiene que intervenir para definir qué cuenta como trabajo y qué no, en realidad está señalando algo más profundo: seguimos midiendo mal la conciliación. Y cualquiera que haya intentado sostener al mismo tiempo una carrera exigente y una vida familiar lo ha comprobado.

Durante años, la conciliación ha sido uno de los grandes debates en el entorno empresarial español. Horarios racionales, teletrabajo, permisos parentales, flexibilidad. Y es cierto: cada vez más hombres se implican activamente en la crianza y la gestión del hogar. El cambio cultural existe y es innegable. Pero la transformación no es homogénea ni completa. Porque no se trata solo de participación, sino de distribución real de carga mental, logística y responsabilidad constante. Y ahí es donde la conversación se vuelve más compleja.

No es una cuestión de género en abstracto. Es una cuestión de estructura.

Durante décadas, el modelo fue otro. Muchas madres —no todas, pero muchas— permanecían en el hogar. La economía familiar descansaba sobre una división clara, aunque desigual, de roles. No era un sistema justo, pero sí un sistema coherente. Hoy el escenario es distinto. Las mujeres han conquistado el espacio profesional y ocupan posiciones de responsabilidad en todos los sectores. Pero la redistribución doméstica no siempre ha evolucionado al mismo ritmo que la ambición profesional.

El resultado no es simplemente una suma de tareas. Es una expectativa cultural silenciosa: trabajar como si no se tuviera familia y maternar como si no se tuviera carrera. Se nos ha vendido el mito de que la mujer puede con todo —liderar equipos, cerrar operaciones, llegar al gimnasio, sostener la casa, estar disponible emocionalmente y además mantener una versión impecable de sí misma— como si esa autosuficiencia fuera empoderamiento y no una exigencia estructural. Pero ningún sistema de alto rendimiento es sostenible cuando descansa en la multitarea permanente de una sola persona.

En entornos donde la agenda es una pieza de ingeniería milimétrica y cada decisión tiene coste de oportunidad, la estabilidad emocional no es un lujo: es infraestructura de rendimiento. Sin embargo, el sistema empresarial sigue operando como si la vida privada fuera un territorio neutro, sin impacto estructural en la carrera profesional.

No lo es.

Las mujeres en posiciones directivas —y cada vez más hombres— no solo gestionan equipos, presupuestos y resultados. Gestionan también la carga invisible del hogar, la organización logística, la planificación familiar y, en muchos casos, la estabilidad emocional de su entorno. Esa dimensión no aparece en los KPIs, pero condiciona la energía cognitiva disponible, la toma de decisiones y la capacidad de sostener ritmos exigentes en el tiempo.

El problema no es romántico. Es productivo.

Cuando una profesional de alto nivel debe compensar la falta de corresponsabilidad real en su entorno íntimo, el coste no siempre se traduce en abandono inmediato. Se traduce en microdesgaste: menos ambición asumida, más cautela en decisiones clave, menor disponibilidad para asumir riesgos. Y, a largo plazo, en fuga de talento cualificado.

Seguimos preguntándonos por qué la natalidad no repunta o por qué la presencia femenina disminuye en determinados niveles de poder. Tal vez estemos midiendo mal la ecuación. No se trata únicamente de salario o permisos. Se trata de equilibrio real de responsabilidades. Quizá la pregunta no sea si debemos hablar de conciliación, sino qué estamos entendiendo por ella.

En un momento en el que las empresas compiten por atraer y retener talento senior —especialmente femenino— ampliar el marco de la conciliación no es una concesión ideológica. Es una cuestión de competitividad.

La conciliación fracasa cuando la redistribución doméstica no acompaña a la redistribución profesional. Mientras midamos la conciliación en días concedidos y no en equilibrio estructural, estaremos analizando mal el problema. Porque el rendimiento profesional no se sostiene en el vacío. Se sostiene en sistemas. Y los sistemas incluyen aquello que ocurre cuando se cierra el portátil.

Ignorarlo no lo hace desaparecer. Solo lo convierte en el coste invisible del liderazgo.

Artículos relacionados