“A río revuelto, ganancia de pescadores”. Esta expresión refleja con crudeza la realidad geopolítica: en aguas turbulentas, quienes saben maniobrar sacan ventaja. La estrategia de poder blando del presidente Trump el pasado 22 de febrero para ganarse a los groenlandeses enviándoles un hospital flotante no tuvo buena acogida. Lo que Trump no tuvo en cuenta es que los groenlandeses cuentan con sanidad gratuita y, cuando los médicos locales no bastan, pueden recurrir al sistema sanitario gratuito de Dinamarca. El Primer ministro de Groenlandia Jens-Frederik Nielsen dijo «no gracias” al Presidente Trump el domingo pasado, dejando claro que no se necesitaba ayuda externa. No es que la llamada “diplomacia blanda” no sea bienvenida, pero las amenazas iniciales de Trump hicieron muy difícil cualquier entendimiento cordial, y el conflicto casi fractura la alianza entre EE. UU. y Europa.
Existe una manera mejor de abordar estos temas desde la diplomacia.
Como recientemente compartí en una charla que di a estudiantes de Relaciones Internacionales, Negocios y Sostenibilidad de Schiller International University, la diplomacia requiere de un enfoque más hábil. En momentos históricos diferentes la diplomacia de persona a persona, la diplomacia musical o la deportiva han dado muy buenos resultados. Pero de manera creciente, se está abriendo paso una forma de diplomacia muy poderosa que cualquiera que se dedique a esta profesión no puede ignorar: la diplomacia ambiental.

Durante mi carrera diplomática para el gobierno estadounidense viajé a lugares remotos como Groenlandia, Tonga, Tayikistán y las Islas Marshall. Todos estos países se han convertido en territorios codiciados, mientras las grandes potencias compiten por su influencia. Estas potencias se sienten atraídas por la ubicación estratégica, los recursos naturales y las oportunidades comerciales y turísticas. Sin importar su tamaño, estos países se han vuelto importantes. Lo que antes se conocía como “pequeños estados insulares” ahora se denomina “grandes estados oceánicos”, gracias al atún y los minerales del lecho marino. Groenlandia pasó de ser un destino de nicho para turistas aventureros en kayak a estar en los titulares internacionales.
Para forjar alianzas, negocios o compromisos diplomáticos con estos países, la lengua franca es el medio ambiente. Si la Administración Trump hubiera iniciado la conversación con Groenlandia refiriéndose a la resiliencia climática y la preparación ante desastres, la recepción podría no haber sido tan fría. Los groenlandeses nativos se enfrentan a tormentas más frecuentes e intensas, y la fauna que los ha sustentado durante generaciones necesita ser conservada.
Retirarse de los acuerdos de París y pretender que el cambio climático no existe no hace que desaparezca. Como ocurre con un dolor de muelas, tarde o temprano hay que acudir al dentista.
EE. UU. también corre el riesgo de perder influencia en los estados del Pacífico si no actúa de manera efectiva frente al cambio climático. Para las Islas Marshall, la subida del nivel del mar es una cuestión existencial. Como nación atolón, se encuentra apenas a unos metros sobre el nivel del mar, y el aumento de los océanos podría desplazar a toda la población.
Tonga depende del turismo de quienes viajan a nadar con las ballenas que pasan el invierno en las islas tras alimentarse en aguas antárticas. Estas ballenas enfrentan ahora un futuro incierto debido a la minería en aguas profundas y la explotación del krill. La activista ambiental tongana Uilli Lousi ha abogado por un corredor de santuario de ballenas entre las zonas de alimentación antárticas y las islas del Pacífico. La reconocida oceanógrafa Sylvia Earle considera que todo el océano Austral debería ser un santuario de ballenas. ¿Están los diplomáticos considerando o aprovechando estas cuestiones? Si China se involucra antes en estos temas, EE. UU. podría retroceder espacios en el tablero geopolítico de su relación con las islas.

También hay oportunidades de negocio en el Pacífico, ya que los líderes buscan sustituir la energía sucia y costosa del diésel por formas más limpias y económicas, como la eólica, solar, nuclear y tecnologías oceánicas. La competencia entre EE. UU. y China en el Pacífico ocurre cada día: cuando en 2023 recibimos la visita del Secretario de Estado Antony Blinken a Tonga, el gobierno chino envió el hospital flotante chino Peace Ark al puerto para ofrecer servicios médicos gratuitos, con muy buena acogida. Australia y Nueva Zelanda también son actores históricos en la región. La Unión Europea tiene trabajo por delante, pero cuenta con un sólido historial en regulación ambiental y transición energética, y podría desempeñar un papel importante en el Pacífico a través de la acción ambiental.
La diplomacia ambiental es una especialización con mucho trasfondo. Para prepararme como Oficial de Asuntos Nucleares en Moscú, realicé cursos de sostenibilidad, asuntos nucleares, ruso e incluso teoría del caos. Poder hablar con científicos nucleares en ruso me dio credibilidad. En aquella ventana de oportunidad con Rusia, EE. UU. retiró 50.000 toneladas de uranio altamente enriquecido de misiles nucleares rusos y lo transformó en uranio de baja enriquecía para su uso en plantas nucleares estadounidenses. Este fue el programa “Megatones a Megavatios”. Afortunadamente, EE. UU. contaba con la experiencia necesaria en el Departamento de Energía y otras instituciones para lograr avances reales con los rusos, y yo tenía conocimientos suficientes para apoyar desde la Embajada.

La diplomacia ambiental no es solo una herramienta para influir en países: es un requisito para mejorar la salud del planeta. La fauna no respeta fronteras nacionales. Un acuerdo ambiental con un país vecino puede proteger especies en tu propio país que son fuente de sustento. Un planeta sano es un interés compartido, y tiene sentido que empresas y universidades inviertan en la formación de la nueva generación en sostenibilidad, mitigación del cambio climático y buenas prácticas.
Como les señalé a los estudiantes, que provenían de muchos países diferentes, muchos de los cuales se ven afectados por estos mismos problemas, es crucial que los futuros profesionales comprendan la dimensión ambiental de la diplomacia y los negocios, porque las decisiones que tomen afectarán no solo a las naciones, sino también al planeta que heredarán. La educación práctica y consciente del medio ambiente es fundamental para formar líderes capaces de integrar sostenibilidad y responsabilidad en la toma de decisiones globales.
Cuando era un niño de 13 años, en mi clase de medio ambiente de octavo grado, en lugar de escribir una redacción, nuestro profesor nos animó a hacer trabajo de campo. Elegí trabajar y entrevistar a un ostricultor de la Bahía de Chesapeake, en la Costa Este de Estados Unidos. Con él aprendí cómo las ostras filtran el agua y el papel vital que desempeñan en la salud de la bahía. También aprendí que es un trabajo frío, húmedo y duro. Más tarde trabajé en el barco de pesca Breezin’ Thru, y el capitán Harry me contó cómo en el pasado veía hectáreas de peces alimentándose en la superficie de la bahía. Esa imagen se quedó conmigo.
En las Islas Marshall llaman a esa vorágine de alimentación “unok”. Esa palabra simple describe cómo los peces grandes obligan a los pequeños a la superficie, donde son atacados por aves marinas. Ver un entorno marino saludable es uno de los grandes placeres de la Tierra. Muchos ambientalistas remontan su conciencia a los encuentros con la naturaleza durante su juventud. Para ser un ambientalista, realmente solo se necesita una credencial: desear un futuro mejor para la próxima generación. Existen desafíos reales, pero soy optimista, especialmente porque los jóvenes lo comprenden. Una joven poeta de las Islas Marshall, Kathy Jetnil Kijiner, resumió el desafío climático en su poema “Tell Them”.
He visitado Bikini, donde se realizaron algunas de las pruebas nucleares más destructivas de la historia. A pesar de ello, la vida marina ha prosperado, tanto que el Discovery Channel filmó allí para Shark Week, sorprendido por la abundancia de tiburones. La naturaleza puede recuperarse si todos hacemos nuestra parte.
Como dijo el fallecido estadista de las Islas Marshall, Tony deBrum, en la ONU: “Cada uno de nosotros es responsable de una gota de océano. Si cuidamos nuestra gota, podemos cuidar el mundo”. Esa es la esencia de la diplomacia ambiental y de la educación que debemos ofrecer a las nuevas generaciones, formando líderes conscientes de la sostenibilidad global y preparados para integrar la responsabilidad ambiental en sus decisiones futuras.

Tom Armbruster fue Embajador de los Estados Unidos en las Islas Marshall entre 2012 y 2016 y es un referente en diplomacia ambiental y pública, política exterior, desarrollo y ayuda ante desastres. Fue Jefe de Equipo en la Oficina del Inspector General del Departamento de Estado de EE. UU., liderando inspecciones en Nepal, Bangladesh, Colombia, Chad, Mauritania, Dinamarca y en la Oficina de Asuntos del Sur y Centro de Asia. También fue Asesor Senior en las Naciones Unidas sobre Asuntos del Pacífico y Asesor Senior en Tonga. Actualmente es consultor y conferenciante internacional.
