Después de la travesía Antigua–Panamá descanso en Shelter Bay Marina y preparo al Sofía VI para un mes en San Blas. Mientras tanto, espero a mi prima Paula, que viene unas semanas. Es la típica preparación post-travesía: limpieza y orden de cubierta e interior, recarga de diésel, compra de provisiones, reparación, mantenimiento y planificación de las próximas travesías. Empiezo pronto a trabajar; a las 07:00 h ya estoy en marcha y por la tarde, cuando baja el sol, paso tiempo con Marc y Katia, una pareja que navega en otro velero.
El 5 de febrero cumplo 29 años y me tomo el día como un descanso activo. Por la mañana baldeo el barco, me regalo una buena comida en el restaurante de la marina y por la tarde voy a correr por la selva. También paso un rato haciendo videollamada con los míos desde el barco. Más tarde preparo una barbacoa en las instalaciones del puerto con Marc y Katia. Me hacen soplar las velas. En poco tiempo les cojo mucho cariño y me sorprende lo rápido que conecto con ellos, teniendo en cuenta que los acabo de conocer y soy una persona tímida, de las que tarda en abrirse. Navegando en solitario todo se vive más intensamente, como si el tiempo tuviera más valor y no pudiera dejar ir a alguien cercano.
La segunda semana de febrero llega Paula y zarpamos rumbo a San Blas. Navegamos entre cayos e islas durante 20 días, descubriendo lugares inhabitados: islas de postal con arena blanca, cocoteros y agua cristalina. Conocemos a los kunas, los indígenas que habitan las islas de San Blas, gente que ofrece de todo teniendo lo justo. Muchos viven sin electricidad y dependen del agua de lluvia, en casas construidas por ellos mismos.
Paula es una “marquesita” aventurera que trae actividad, energía y un punto de locura a bordo, los ingredientes perfectos para disfrutar explorando. Me recuerda lo especial que es compartir estos momentos en familia. Vivimos grandes aventuras, reímos y discutimos, compartimos cansancio y momentos simples que son los que más quedan. A bordo todo se intensifica y las conexiones se vuelven más profundas y reales. Siento que esta experiencia nos acerca mucho y que los recuerdos compartidos nos unirán para siempre. Cuando vuelve a España, el Sofía se queda vacío.
Paso una semana inmerso en mi soledad buscada hasta que llega una llamada que nunca hubiera querido recibir. Uno de mis mayores miedos en esta vuelta al mundo se hace realidad. Mis padres me dicen que mi abuela no estará a mi llegada. Lloro y paso el día recordando los momentos vividos con ella. Aunque le aterrorizaba mi aventura, también era de las personas más emocionadas por verme cumplir mi sueño. Ahora siento que me acompaña desde otro lugar y eso se convierte en una motivación más para seguir adelante. Mi terapia es levar ancla y navegar a una isla sin otros veleros. Bajo la auxiliar, arranco el motor y camino por la playa hasta que se pone el sol.
Para cruzar el canal de Panamá, por ley, hay que llevar al menos cuatro tripulantes más el capitán. Meses antes organizo la que será la tripulación oficial del Sofía VI. No es fácil encontrar gente disponible a mediados de marzo con trabajos en tierra. La primera semana llegan mi hermana, mi prima y dos amigas, Bet y Nora. “¿Pablo, estás seguro de convivir unas semanas a bordo con todo mujeres?”. Estamos en la aventura.
El 15 y 16 de marzo cruzamos el canal de Panamá. Es una experiencia increíble, aunque al principio estoy nervioso. Me han advertido de posibles incidencias y de las penalizaciones económicas si se ralentizan las operaciones en las esclusas. Los mercantes siguen horarios muy estrictos y cualquier retraso supone pérdidas.
El primer día atravesamos las esclusas de subida al lago Gatún. Entramos abarloados junto a un catamarán y otro velero. Desde las esclusas nos pasan los cabos y la tripulación los hace firmes en las cornamusas. Nora y Bet están a proa, Carla y Clara a popa y yo al timón. Durante todo el cruce llevamos a bordo a un piloto que coordina las operaciones con las esclusas. Una vez amarrados, da la orden y la esclusa empieza a llenarse de agua. El nivel sube poco a poco y con él los veleros y el mercante que tenemos a escasos metros por popa. La tripulación ajusta las estachas para mantener la tensión adecuada. En las tres esclusas del día ascendemos unos 26 metros sobre el nivel del mar. Una obra de ingeniería impresionante. Pasamos la noche amarrados a una boya en el lago, en una noche tranquila y despejada.
Al día siguiente atravesamos otras tres esclusas, esta vez descendiendo. Sobre las 17:00 h entramos en el océano Pacífico.
Gracias a la súper tripulación cruzamos del Atlántico al Pacífico sin problemas y disfrutando de cada momento. Es poco probable que esta experiencia se repita. Clara aporta sentido común y organización; Carla, piñas coladas; Bet, ideas geniales para los días y noches en tierra; un poco de fiesta siempre suma; y Nora, una energía inagotable. Lo mejor es haberlo vivido juntas. El tiempo vuela y hay que aprovecharlo.
El océano Pacífico se asoma por la proa del Sofía VI.
