Opinión Montse Monsalve

Un muerto en Venezuela

«El señor de América», nuestro abuelo, Manuel de Sebastián no murió cuando lo enterraron, sino cuando lo borraron.

Manuel de Sebastián con mi madre, María José de Sebastián, y mis hermanos Mario y Miriam. Montse Monsalve el bebé. Foto: Cedida

Para nosotros siempre fue “el señor de América”. Nuestro abuelo, el de verdad, era el otro: Miguel Monsalve, el padre de mi padre. Un hombre guapo, alto, bondadoso y elegante, en cuyos ojos inmensos y verdes me perdía cada vez que lo visitábamos. El abuelo Miguel nos hacía churros con forma de “patitos”, nos sacaba caramelos de Hellín de la oreja, nos instaba a leer y a pensar y nos invitaba a mostos con gildas.  “El señor de América”, quien por alguna razón que todavía no comprendo era mi padrino, vino tres veces a vernos a Aranda hasta que mi madre decidió cerrarle la puerta de la última oportunidad y nunca más supimos de él. La primera vez yo era un bebé, la segunda tenía unos 6 o 7 años y me trajo un reloj rosa de la Cenicienta con el que compró mis afectos. Cada cumpleaños me enviaba grandes postales de animales y letra erguida con 20 dólares dentro, que mi madre ingresaba en mi cuenta para la universidad, como si el mero hecho de tocarlos pudiese hacerle daño.

Manuel de Sebastián en su casa de Caracas con su perro. Foto: Cedida.

La tercera y última ocasión en la que me crucé con sus manías, lamentablemente las mismas que las mías, fue mi abuelo Miguel quien decidió que nos reuniésemos en territorio neutral, en su casa de Burgos. Un jersey de París y una pulsera con un mal baño de oro fueron los presentes que nos dio como único abrazo. No recuerdo su voz, ni su sonrisa. Tampoco puedo evocar su olor porque nunca se acercó demasiado. El de Miguel sí, a limpio, a after shave y a Varón Dandy.

Mientras daba vida a un dibujo que le estaba pintando con rotuladores de colores, sentada en la mesa con el resto de la familia, sentí cómo su mano apretaba fuertemente la mía, mientras su rictus se contraía y pedía que aquella niña dejase de hacer ruiditos. Ni siquiera dijo mi nombre. Dicen que el carácter se hereda y lamento atesorar su misma misofonía. Acto seguido los adultos se fueron a hablar a la cocina y no recuerdo nada más. Ahí termina nuestro relato común.

Manuel de Sebastián con mi abuelo Miguel Monsalve y mi madre, brindando en la Bodega El Cubillo de Aranda de Duero (esa fue la última vez que lo vimos). Foto: Cedida.

Hace años decidí cerrar el círculo. Buscarlo para saber si seguía vivo e, incluso, preguntarle demasiados porqués. Contraté a varios abogados en Venezuela, pero era casi imposible seguirle la pista. Las empresas de las que siempre nos había hablado, refinerías de petróleo, un hotel con mi nombre en Caracas, la conservera de su segunda mujer, no existían o no habían dejado huella digital. Nunca nos dio su dirección, solo un código postal, un buzón de alguna oficina de correos. No había un dónde, ni un qué, ni un cómo encontrarlo. Al final supimos que estaba ingresado en una residencia de ancianos donde, a pesar de nuestras llamadas y emails, no nos permitieron contactarlo. Estaba enfermo, el director seguía de vacaciones y solo él podía autorizarnos, precisaban documentación y más documentación… Nuestro letrado fue en persona y tampoco le permitieron visitarlo. Finalmente contactamos con el cónsul de España, quien tardó casi dos años en decirnos, con todo el tacto del que se sintió capaz, que había fallecido hacía mucho tiempo y que nos habían estado mintiendo para seguir cobrando su pensión, suponemos. Ahí comenzó la nada: lo habían borrado del sistema. El abuelo que nunca tuve era la metáfora perfecta de su sino. No existía en el censo, había perdido por el desuso la nacionalidad española y vagaba como un alma oscura por el limbo de los cobardes y de las almas vacías. 

Con la ayuda de un amigo conseguí que volviese a figurar su nombre en la CNE, aunque conseguir su certificado de defunción, últimas voluntades y, tal vez, alguna respuesta a tantos años de abandono es una nueva misión para la que me han encomendado paciencia y fe.

Manuel de Sebastián con mi madre, María José de Sebastián, y mis hermanos Mario y Miriam. Montse Monsalve el bebé. Foto: Cedida

“El señor de América”, Manuel de Sebastián, se fue a Venezuela al poco de casarse con mi abuela Montse Loste y ya nunca volvió. Con un traje de sastre cosido a mentiras, la mantuvo enamorada tres hijos, cuatro nietos y varias vidas después. No asistió a su funeral, solo pidió los documentos precisos para casarse de nuevo, y nunca leyó los diarios de mi abuela plagados de plegarias, de lágrimas y de sufrimiento que algún día convertiré en novela.

Como en esas coplas rotas en las que el amante promete que volverá con riquezas a por su enamorada, o en las historias tristes de los los que nunca regresaron tras comprar tabaco, fue tejiendo una maraña de patrañas que algunos le creyeron, enviando recortes de prensa en los que le rendían homenajes como empresario y contándonos leyendas de nativos que viajaban en canoa por ríos inmensos.

Recorte de la prensa de los que enviaba a mi abuela para jactarse de sus logros empresariales (año desconocido), pero lo encontré en el diario de mi abuela. Foto: Cedida.

No sé si ahora, con un país aún más fracturado y un sistema que decide quién existe y quién no, será más fácil o más difícil reconstruir qué ocurrió, qué dejó y qué se llevó nuestro muerto de Venezuela. Solo sé que hay hombres que no mueren cuando los entierran, sino cuando los borran; y que algunas familias no heredan apellidos ni bienes, sino silencios administrativos, mitologías rotas y preguntas sin registro. De ese limbo venimos algunos. Y a ese lugar, a veces, también pertenecen los que nunca regresaron.

Montse Monsalve reside en Ibiza, es periodista y socia fundadora de la agencia Imam Comunicación.

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