Tras casi dos décadas de negociaciones irregulares, la Unión Europea y la India han cerrado un acuerdo de libre comercio de una magnitud poco habitual incluso para los estándares internacionales. No es solo una cuestión de tamaño, el pacto conecta a dos economías que suman cerca de 2.000 millones de consumidores, sino de momento político y de impacto económico. El acuerdo llega en plena reconfiguración de las cadenas de suministro globales y en un contexto de tensiones comerciales crecientes entre las grandes potencias. Este acuerdo ya ha sido bautizado como: «la madre de todos los acuerdos comerciales».
Desde el punto de vista estrictamente económico, Bruselas estima que la reducción de aranceles supondrá un ahorro anual de unos 4.000 millones de euros para las empresas europeas. La cifra no es menor: equivale a una mejora directa de competitividad para sectores que llevan años reclamando un acceso más equilibrado al mercado indio, tradicionalmente protegido por barreras tarifarias muy elevadas.
La UE y la India representan conjuntamente alrededor de una cuarta parte del PIB mundial. Hasta ahora, esa relación estaba muy por debajo de su potencial. El comercio bilateral rondaba los 120.000 millones de euros anuales, una cifra modesta si se compara con los intercambios entre la UE y Estados Unidos o China. El nuevo acuerdo aspira a cerrar esa brecha.
El núcleo del pacto es una liberalización gradual, pero profunda, del comercio de bienes y servicios, acompañada de mayor seguridad jurídica y previsibilidad regulatoria. Para Europa, el principal atractivo es el acceso a un mercado en expansión, con una clase media que crece a gran velocidad y una demanda cada vez más sofisticada.
Aranceles: del bloqueo al acceso real
Los números explican por sí solos el cambio de escenario. En productos agroalimentarios, la India aceptará recortes muy significativos. El vino europeo, que soportaba aranceles del 150%, verá reducida esa carga al 75% desde la entrada en vigor del acuerdo, con una senda descendente posterior hasta el entorno del 20%. El aceite de oliva pasará del 45% al 0% en un plazo de cinco años, y productos transformados como panadería y confitería eliminarán tarifas que llegaban al 50%. Al mismo tiempo, Bruselas ha blindado sectores considerados sensibles. Quedan fuera de la liberalización productos como la carne de vacuno y de pollo, el arroz o el azúcar, y se mantiene la exigencia de cumplir con los estrictos estándares sanitarios y de seguridad alimentaria europeos.
El automóvil, protagonista silencioso
Uno de los capítulos más relevantes para la industria europea es el del automóvil. Hasta ahora, los vehículos importados en la India podían afrontar aranceles de hasta el 110%. El acuerdo reduce esas tasas a niveles cercanos al 40%. Aunque siguen siendo elevados, el cambio es estructural: abre por primera vez una puerta real a fabricantes europeos en uno de los mayores mercados potenciales del mundo.
Grupos como Volkswagen, Stellantis, Renault o Mercedes-Benz llevan años presionando para rebajar esas barreras. El nuevo marco no garantiza una avalancha inmediata de exportaciones, pero sí permite planificar inversiones y estrategias a medio plazo en un país que aspira a convertirse en uno de los grandes polos de consumo y producción de vehículos del siglo XXI.
El impacto no se limita a la automoción. El acuerdo introduce mejoras sustanciales para sectores como la maquinaria industrial, los productos químicos, los plásticos y los componentes industriales. Para muchas pymes europeas, el valor está tanto en la reducción arancelaria como en la simplificación normativa y la mayor transparencia regulatoria. Para la India, el beneficio es doble. Por un lado, obtiene acceso preferente al mercado europeo para industrias intensivas en mano de obra textil, calzado, joyería y para sectores estratégicos como el farmacéutico. Por otro, refuerza su posición como alternativa industrial a China en un contexto de “desacoplamiento parcial” entre Occidente y Pekín. Con más de 1.400 millones de habitantes y un crecimiento económico sostenido, Nueva Delhi busca consolidarse como socio fiable en las cadenas de suministro globales, apoyándose en una política industrial cada vez más activa.
Uno de los puntos más delicados ha sido la movilidad laboral. El acuerdo no abre una liberalización plena, pero sí establece un marco de cooperación que facilitará la llegada de trabajadores indios cualificados y de temporeros a sectores europeos con escasez de mano de obra. Para una Europa envejecida, la India emerge como una fuente clave de talento que hasta ahora se dirigía mayoritariamente a Estados Unidos.
Repercusiones geopolíticas
El acuerdo no ha pasado desapercibido en Washington. Desde la administración estadounidense se ha criticado que la UE refuerce sus lazos con la India mientras esta sigue comprando petróleo ruso, lo que, según Estados Unidos, diluye el efecto de las sanciones. La reacción refleja hasta qué punto el pacto va más allá del comercio: es una señal de autonomía estratégica europea en un entorno cada vez más fragmentado.
La firma en Nueva Delhi, con una escenografía cuidadosamente medida y en fechas de alto simbolismo nacional para la India, subraya esa dimensión política. Para Bruselas, el acuerdo representa un raro ejemplo de avance rápido y tangible en política comercial tras años de bloqueos internos.
En términos simples, Europa e India han apostado por volumen, previsibilidad y largo plazo. Las cifras son ambiciosas, los plazos realistas y el contexto internacional hace que este acuerdo sea algo más que un tratado comercial: es una pieza clave en el nuevo tablero económico global.
