En un ecosistema financiero históricamente prudente y poco dado a la confrontación política directa, Mark Carney se ha consolidado como una anomalía influyente. Banquero central, arquitecto de consensos internacionales y hoy es aparentemente una de las voces más firmes del capitalismo «responsable», Carney ha construido una carrera marcada por la gestión de crisis y, en los últimos años, por un discurso frontal contra el populismo económico encarnado por Donald Trump.
De los mercados a los bancos centrales, entre un perfil personal y político
Nacido en Canadá y formado en Harvard y Oxford, Mark Carney forjó su primera etapa profesional en Goldman Sachs, donde trabajó en distintos centros financieros globales. Sin embargo, su verdadero ascenso comenzó cuando decidió abandonar la banca de inversión para incorporarse al sector público. Fue gobernador del Banco de Canadá durante la crisis financiera de 2008, un periodo en el que su gestión fue ampliamente reconocida por la rapidez y claridad de sus decisiones.
Ese prestigio lo llevó a un hito poco habitual: convertirse en el primer extranjero en dirigir el Banco de Inglaterra en más de tres siglos. Desde Londres, Carney tuvo que navegar el Brexit, la volatilidad de los mercados y una creciente politización de la economía. Su estilo técnico, directo y con una carga ética lo diferenció de otros banqueros centrales tradicionalmente silenciosos.
En el plano personal, Carney mantiene un perfil bajo. Está casado, tiene hijos y es conocido por su estilo de vida relativamente austero para alguien de su posición. Practicante del catolicismo social, ha citado en varias ocasiones la influencia de la doctrina social de la Iglesia en su visión de la economía, especialmente en lo relativo a la responsabilidad moral de los mercados y las empresas.
El pensamiento del primer ministro de Canadá tiene una clara dimensión ideológica. Defensor del multilateralismo, del papel regulador del Estado y de la integración entre finanzas y sostenibilidad, se ha posicionado como un liberal pragmático, incómodo tanto para el populismo de derechas como para la ortodoxia financiera más dura. En lo personal, proyecta una imagen sobria y académica, más cercana a un profesor universitario que a una figura del poder clásico. Pero esa apariencia discreta contrasta con una creciente disposición a intervenir en el debate público cuando considera que los fundamentos del sistema económico están en riesgo.
Davos: el escenario del capitalismo con conciencia
El Foro Económico Mundial de Davos ha sido uno de los principales altavoces de Carney. Allí no ha ido a complacer a las élites, sino a incomodarlas. En varios de sus discursos, especialmente tras dejar el Banco de Inglaterra, ha advertido sobre los límites de un capitalismo obsesionado con el corto plazo y ajeno a los riesgos climáticos, sociales y geopolíticos.
En Davos, Carney defendió que el cambio climático no es un problema ambiental, sino un riesgo financiero sistémico. También subrayó que el nacionalismo económico y la guerra comercial erosionan la confianza, encarecen el capital y debilitan el crecimiento global. Un mensaje que, sin mencionarlo siempre de forma explícita, apuntaba directamente a la agenda de la Casa Blanca durante la era Trump.
A diferencia de otros críticos de Donald Trump, Carney no recurre al sarcasmo ni al ataque personal. Su crítica es más peligrosa para Trump porque es técnica, fundamentada y difícil de descalificar como “opinión ideológica”. Ha cuestionado abiertamente la política de aranceles, el desprecio por los acuerdos multilaterales y la negación del cambio climático, señalando que esas decisiones no solo son moralmente cuestionables, sino económicamente ineficientes.
«Estamos en medio de una ruptura, no de una transición. El viejo orden no va a volver. No deberíamos llorarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero de la fractura podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo».
Carney ha advertido que el enfoque de Trump representa una regresión hacia un capitalismo de suma cero, donde la cooperación internacional es vista como debilidad y no como ventaja competitiva. En sus palabras, ese modelo sacrifica estabilidad a largo plazo por réditos políticos inmediatos, un error que los mercados, tarde o temprano terminan cobrando.
«No se puede vivir bajo la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de su subordinación. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos».
Y refiriéndose a la reacción muy blanda de las otras naciones ha afirmado:
«Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás sentado a la mesa, estás en el menú».
La paradoja de su discurso es evidente: se ha vuelto viral, sus detractores lo han encasillado apresuradamente como “un hombre de izquierda”, cuando en realidad Carney representa el mismo poder, no es otra cosa que una de las caras más ortodoxas del capitalismo global que ha dejado de inclinar la cabeza ante la lógica del poder absoluto.
La respuesta de Donald Trump no se hizo esperar. “Canadá ha recibido numerosos favores de Estados Unidos. Deberían estar agradecidos, pero no lo están. Canadá vive gracias a Estados Unidos. Recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas tus consideraciones”, lanzó el expresidente.
Es poco probable que el primer ministro canadiense responda alimentando un cruce de declaraciones que no encaja con su estilo político. Sin embargo, resulta razonable suponer que ya esté diseñando una salida estratégica para Canadá, un país que muy probablemente enfrentará consecuencias económicas tras una toma de posición que ha tensado la relación con su vecino.
Ese recorrido vital explica por qué su enfrentamiento discursivo con figuras como Donald Trump no es coyuntural. No es un gesto político oportunista, sino la consecuencia de una trayectoria marcada por la gestión de crisis, el multilateralismo y la convicción de que el poder económico sin contrapesos termina siendo autodestructivo.
