Más allá del debate, que más que un debate parece un partido de fútbol, del Trump sí-Trump no, hay algo que el presidente de los Estados Unidos ha conseguido desde el mismo día en que tomó posesión de su segundo mandato y es cambiar el tablero de juego y el tema de conversación. Cuando él llegó, la partida la lideraba China con la complicidad de Rusia e Irán, y los populismos indigenistas de sudamérica le hacían de proveedores. El tema de conversación era el cambio de hegemonía, de imperio, y la decadencia de los Estados Unidos. Europa, ni estaba ni se la esperaba, pero en su estilo de vida y en su concepción de la economía y la libertad salía claramente perjudicada con los nuevos dueños de la escena mundial.
Con el presidente Trump, el protagonista de la partida vuelve a ser los Estados Unidos -es decir, nosotros. Y nuestros valores y nuestro estilo de vida libre y nuestra economía no parecen hoy tan amenazados, tan heridos de muerte como lo parecían antes de que Trump 47 desplegara su segundo mandato. América vuelve a mandar, y es cierto que son días inciertos, y estamos todavía lejos de una sensación de estabilidad y de equilibrio, pero el tablero es otro, la partida es otra, y estamos ganando. Los europeos continuamos en nuestro ridículo histórico pero por lo menos la potencia emergente es la que quiere lo mismo que nosotros, y la única que va a protegernos llegado un momento extremo, aunque nos empeñemos en insultarla y en enredar en lugar de ayudar. El tema de conversación ya no es el de cambio de imperio sino el de la próxima tiranía que el presidente Trump va a desactivar. Cualquiera con dos dedos de frente ha entendido la importancia estratégica de Venezuela, y que no se trata tanto de que los Estados Unidos se queden su petróleo sino de que no se lo quede China, y de que una explotación más capitalista, y unos recursos mejor administrados, devuelvan a los venezolanos un nivel de vida que perdieron con Chávez y Maduro y sus ideas socialistas. Lo de Groenlandia ahora no tengo tiempo, pero es más o menos lo mismo, con la diferencia de que Maduro era un tirano y los daneses son unos cursis.
Sólo por este cambio, la segunda presidencia de Trump ha merecido la pena, también para ver hasta que punto Europa como concepto, y los países y sus líderes están fuera de la realidad y han perdido el sentido de la Historia. Es abrumador asistir al espectáculo de incompetencia, de sectarismo, y de ideas equivocadas que destruye la esperanza y la prosperidad en la comunidad que no hace tanto marcó el ritmo del progreso, de la cultura y la libertad. Grandes cambios son necesarios, y aunque hacer pronósticos no es serio, parece que estos grandes cambios están en marcha.
No podemos esperar que todo sea y salga perfecto. Con el tiempo hemos mitificado episodios de la Historia que tampoco fueron perfectos -de hecho, estuvieron dramáticamente lejos de serlo- pero que a fuerza de relato, literario y cinematográfico, hemos guardado en nuestra memoria como instantes cristalinos, de victoria absoluta del bien sobre el mal. No fue así, como ahora tampoco lo es, y tenemos que aprender a vivir con algo más que con rechazos de patio de colegio como decir que no nos gusta un presidente por sus maneras o su peinado. Hay algo mucho más importante en juego, y este algo no sólo tiene que ver con nuestra opinión sino con nuestra vida y la de nuestros hijos, y es altamente inmaduro equivocarse de bando en un siglo tan bello, sí, pero tan terrible.
