Opinión Salvador Sostres

La mujer (y el hombre) en Qatar. Una bienvenida al talento

Justo a mi lado, mi hija viste como quiere, participa libremente de la conversación y lo que dice es tenido en cuenta. Pregunta a nuestro amigo Salem Almarri, miembro de una de las familias más cercanas al Emir Al Thani por el papel de la mujer en la sociedad qatarí y si ella tendría alguna limitación en su desarrollo profesional. La respuesta es clara: no. Ninguna. Podría hacer lo que quisiera y con quien quisiera. Cada mujer en Qatar hace lo que le parece oportuno, y las que deciden vivir como musulmanas y observando estas costumbres es porque quieren y pueden en cualquier momento optar por una vida distinta. Hablar de represión o de opresión, por lo menos en Qatar, es absurdo. Es probable que hubiera un drama en la familia musulmana de la mujer que decidiera occidentalizarse pero ¿en qué familia no hay dramas cuando alguien decide cambiar radicalmente de vida? Es muy importante consignar que no todos los países árabes son como Qatar, ni cuanto a elegancia, ni cuanto a higiene ni por supuesto cuanto a delicadeza, pero por lo menos esta tierra espiritual, santa, preserva una suavidad en el trato, una sutileza, un respeto por el silencio que da más valor a cada palabra.

En Qatar hay 300.000 qataríes y están muy contentos, de ser quienes son, y muy orgullosos, y no van a cambiar para gustar a nadie. No van a ser otros para contar con el beneplácito, el respeto o la condescendencia de otros países y otras personas que piensan y sienten de una manera distinta su hogar en el mundo. Pero tampoco van a atacar, ni ofender a nadie por sus creencias, por sus costumbres, por su manera de entender la vida. Siempre que haya un contexto de respeto, un respeto que por cierto, en Europa y en Occidente hemos perdido, Qatar está dispuesto a aceptar, hospedar y celebrar a cualquiera que acuda a su país con espíritu constructivo y buena voluntad.

Es importante que Qatar sea entendido porque va a tener un enorme protagonismo en los próximos años en todo el mundo. Es importante también que se entienda su papel singular en aquella zona y que no se extrapole la realidad qatarí a otras que por muy cercanas que sean no tienen nada que ver.

Occidente ha de aprender a diferenciar entre lo que no es como nosotros hacemos, y lo que es opresión y tiranía. Si las mujeres de un país, o muchas de ellas, libremente eligen vivir de una determinada manera, por muy extraña que esta manera nos pueda parecer, según nuestra formación y costumbres, no podemos decir que están siendo oprimidas o reprimidas, porque de ninguna manera puede ser una imposición lo que se hace por propia voluntad.

En Qatar no hay ninguna limitación para ninguna mujer. En Qatar no hay ninguna represión, ni ninguna humillación a las mujeres que quieran vivir de una manera occidental, y no suelo vivir, sino también trabajar y ser las ejecutivas de más alto rango de las muchas empresas que allí radican. No hay nada importante que una mujer pueda hacer en Barcelona, que no puedo hacer en Qatar, aunque es verdad que la observación de un cierto decoro, muy elemental, pero decoro, ayuda a la convivencia en un país sensible como aquel. De todas maneras hay que decir que también en España, una cierta idea del decoro no sería ninguna mala idea dada la profunda y tan desagradable degeneración de nuestros tiempos.

Ante la decadencia de Occidente, Qatar se abre al mundo de la manera en que se abren las potencias jóvenes y ricas que quieren tener su papel en la Historia. Por el mismo esfuerzo y con muchísimo más dinero, Qatar trata de reunir talento de todo el mundo y las mujeres y hombres jóvenes de España que crean que tienen algún talento que aportar al mundo, y que estén empezando sus vidas y no estén por lo tanto “condenados” a ninguna geografía concreta, tendrían que plantearse cómo repercute y se premia su visión y esfuerzo aquí, y las oportunidades que en cambio podría tener en Qatar, un país que todavía no ha caído en el pozo de los derechos ni en la eutenasia moral de pensar que todo se le debe.