Opinión Baruc Corazón

2026, año de la creatividad

El 2026 tiene todos los visos de ser el año en el que se ponga en valor la creatividad.

Es lo que sucede en todo momento disruptivo. La creatividad implica conciencia de la
situación y voluntad de modificarla, y brinda un nuevo escenario previamente insospechado. De modo que, cuando las cosas dejan de funcionar como previamente lo hacían, la creatividad abre una nueva vía de solución. Y evolución.


En mi práctica creativa, descubro nuevas formas de ver y entender la realidad. Una de ellas
es la pintura de sombras, mediante la cual en lugar de pintar algo sobre el lienzo, dejo que
aparezcan sombras en él y hago de ellas el punto de partida de un diálogo en el cual no
hablo, sino que pinto. Al pintar de esta manera, predomina el hemisferio derecho del
cerebro (el que procesa la intuición), lo cual me proporciona la satisfacción de pintar sin
saber lo que estoy pintando -evoco aquí a San Juan de la Cruz cuando desarrollaba la idea
de “saber no sabiendo, toda ciencia trascendiendo”-.


Considero la creatividad como el sistema operativo de la conciencia: toda conciencia es
creativa per se. Es su modo de funcionar. Desde el lenguaje (¿qué hay más creativo que el
lenguaje?), hasta la más avanzada tecnología, la capacidad el ser humano de construir una
idea de “su” realidad y de transformarla se corresponde con su capacidad de ser
consciente. Sin embargo, cuando escribo, asesoro o imparto clases de creatividad es
cuando comprendo que su poder renovador y transformador es aún desconocido en la
mayoría de los ámbitos, incluyendo las llamadas industrias creativas, y que es
tremendamente necesario ahora.


¿Por qué? Porque el momento actual no es solo disruptivo, es radical. Quiero decir, que el
cambio de paradigma que estamos viviendo afecta no solo al ecosistema del paradigma,
sino a su raíz. Por ecosistema podemos considerar la industria, la economía, la
comunicación, la energía, la política e incluso el orden geopolítico mundial. Pero la raíz
afecta a la propia idea de realidad, construida sobre la base del pensamiento científico
desde el siglo XVIII. Una visión exclusivamente materialista, avalada por constataciones
científicas de su tiempo, que la propia ciencia va modificando conforme evoluciona y
descubre otras dimensiones, como la cuántica.


La visión que ha calado es la que considera al ser humano como monodimensional: un
cuerpo físico dotado de un procesador que es la inteligencia cognitiva (la que se
corresponde con el hemisferio izquierdo, analítica, racional). No podía ser de otra manera,
pues es el tipo de inteligencia que genera el pensamiento científico, y con la que funciona
dicho pensamiento. Dotados de esa inteligencia, hemos sido capaces de estudiar y analizar
cómo funciona, y lo hemos hecho tan bien que la hemos conseguido externalizar, es decir,
replicar esa inteligencia y automatizarla, sin necesidad de que esté incorporada a un ser
humano. La llamamos IA, pero es originalmente humana, y es la raíz del paradigma en el
que hemos vivido.


Sin embargo, al verla afuera la vemos desde fuera, y al verla desde fuera nos damos cuenta
de que no somos solo eso. Por eso es un momento disruptivo y radical, en el que la
creatividad (¿otro tipo de inteligencia?) es fundamental.

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