Opinión Javier Ortega Figueiral

Grecia y el cielo silencioso

El aeropuerto Eleftherios Venizelos de Atenas, el de mayor tráfico del país, fue obviamente el más perjudicado por el parón de ayer (AIA)

Imaginen un país entero con los aviones parados en tierra, como si el cielo hubiera decidido tomarse un descanso inesperado. Imaginen también a los que tenían previsto cruzar su espacio aéreo, obligados a rodearlo. Eso fue exactamente lo que ocurrió este domingo en Grecia, donde un fallo técnico paralizó durante horas el tráfico aéreo, dejando a miles de pasajeros, tripulaciones y aeronaves varados en aeropuertos como Atenas, Corfú, Salónica o Rodas.

No fue una película de catástrofes ni un simulacro a gran escala. Fue un problema real que afectó tanto a vuelos nacionales como internacionales y que obligó a cancelar despegues y aterrizajes en todo el territorio heleno por una razón tan básica como crítica: los controladores aéreos dejaron de poder comunicarse con los pilotos.

El origen del caos estuvo en el colapso de las frecuencias de radio utilizadas para el control del tráfico aéreo. En términos sencillos, el “teléfono” que conecta a quienes ordenan el cielo con quienes lo atraviesan dejó de funcionar. Y cuando eso ocurre, no hay debate posible: por seguridad, todo se detiene.

Las autoridades griegas descartaron casi de inmediato cualquier ciberataque o interferencia externa, una hipótesis que hoy ya no resulta descabellada, y confirmaron que se trató de un fallo técnico. Uno que, según los propios controladores, llevaba años anunciándose.

Parte de los sistemas afectados se remontan a los años noventa y apenas recibieron actualizaciones puntuales antes de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Desde entonces, las advertencias del sindicato han sido recurrentes. La modernización, no tanto.

Un ATR72 de Olympic, filial de Aegean y encargada de buena parte de los trayectos nacionales griegos (Aegean Group)

Por eso, más que una sorpresa, lo sucedido invita a hablar de un riesgo latente que terminó materializándose. Y tampoco es un caso aislado. Basta recordar el colapso del sistema NOTAM en Estados Unidos, en enero de 2023, que obligó a cancelar miles de vuelos en todo el país. No fue un ciberataque ni un sabotaje, como se especuló inicialmente, sino un error humano durante una actualización rutinaria en un sistema obsoleto. La FAA llegó a ordenar un ground stop nacional, algo que no ocurría desde los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Episodios distintos, sí, pero con una raíz común: infraestructuras críticas que no han evolucionado al ritmo del crecimiento del tráfico aéreo.

Infraestructuras a la altura del tráfico

La recuperación postpandemia, más que superada, ha devuelto a la aviación cifras récord de pasajeros y operaciones. Sin embargo, ese crecimiento pide algo más que aviones nuevos o aeropuertos ampliados. Exige sistemas de control y comunicación robustos, modernos y con redundancias reales. Usar radios analógicas sin respaldo suficiente ya no es aceptable en un sector donde el margen de error es, literalmente, cero.

Aquí es donde Europa tiene deberes pendientes. Proyectos como el Cielo Único Europeo, concebido para reducir la fragmentación del control aéreo y mejorar eficiencia y resiliencia, llevan años encallados entre intereses nacionales y lentitudes políticas. Mientras tanto, el cielo sigue dependiendo de parches.

El aeropuerto de Samos visto desde la plataforma de aparcamiento de aeronaves. Su torre, como todas las griegas, quedó muda unas horas (Fraport Greece)

Y el problema no es solo operativo. En países como Grecia o, pongamos por ejemplo, España, la aviación es un pilar económico y turístico. Cada interrupción a gran escala tiene un coste directo en confianza, competitividad y reputación. En un momento en el que la IATA anticipa récords de ingresos para el sector en 2026, descuidar la base tecnológica sería una contradicción peligrosa.

La aviación no va solo de volar alto. Va, sobre todo, de tener los pies bien firmes en tierra. Grecia ha recuperado poco a poco la normalidad gracias a sistemas de respaldo que permitieron reabrir el espacio aéreo de forma gradual. Pero el aviso está dado.

Si no se invierte con decisión en infraestructuras críticas, el próximo ‘cielo silencioso’ llegará sin avisar. Y no necesariamente sobre la Grecia continental y sus numerosas islas.

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