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#Next Generation | Natalia Butragueño, la lucha por bailar de la hija de Emilio Butragueño

Bailarina de la Compañía Nacional de Danza, actuará en Valladolid con ‘Serenade’ de George Balanchine.

Natalia Butragueño. Foto: Uxío Da Vila.

Hay tres momentos históricos en la carrera de Natalia Butragueño (Madrid, 31 años) como bailarina de ballet y el primero es el bueno. Empecemos por el último. Ocurrió el 24 de mayo de 2014. Ese día Natalia tenía una audición para entrar a formar parte del ballet de la Ópera de Burdeos, una de las compañías más importantes de Francia. Ese mismo día, el Real Madrid jugaba un partido histórico: la final de la Copa de Europa frente al Atlético de Madrid. A la rivalidad histórica de ambos equipos había que añadir la presión de una final que tenía revolucionados hasta a los no futboleros. Intente imaginar cómo estaban los Butragueño, una familia que vive y respira fútbol.

Natalia dudó entre presentarse a la prueba o irse a ver la final con su familia, como hubiera hecho en cualquier ocasión. Tenía poco ánimo y menos fe después de haber hecho una prueba parecida hacía un año. Su padre se lo dejó claro: «¿Tú quieres bailar, no? Pues tienes que ir a la audición». Y allí fue Natalia arrastrando los pies, mientras toda su familia volaba hacia Lisboa, donde se jugaba la final. Y ocurrió el milagro. Natalia, que tenía cero expectativas, bailó relajada y confiada. Y consiguió el puesto: su primer contrato fijo en una compañía. El Madrid, que tenía todas las expectativas, estuvo perdiendo 1-0, hasta
el minuto 93, cuando Sergio Ramos les llevó al empate y luego a la prórroga y el Madrid terminó ganando 4-1 y consiguió algo inaudito: vencer cuando parecían derrotados.

«Fue un día histórico para mi familia», me cuenta Natalia en la sede de Forbes House, el club de socios donde hemos quedado para hacer esta entrevista. No ha venido sola. Su madre, Sonia González, que ha comido con ella, la ha querido acompañar hasta nuestra cita. Aunque anuncia que solo viene de acompañante, su carácter hablador la convierte en un interesante activo de la entrevista:

«Natalia ha sido todo esfuerzo, sacrificio y trabajo»

«En el caso de mi marido, él tenía un don. No hizo nada por triunfar. Sin embargo Natalia ha sido todo esfuerzo, sacrificio y trabajo. En el ballet vives en una competencia permanente en la que hay mucha gente para muy pocos puestos», explica Sonia sobre la trayectoria de su hija, bailarina el cuerpo de baile de la Compañía Nacional d e Danza desde 2020. Casi seis años en una de las instituciones más importantes de nuestro país, que los días 30, 31 de enero y 1 de febrero (este día baila Natalia), bailará Serenade de George Balanchine en el Teatro Calderón de Valladolid.

Su marido es Emilio Butragueño -quien dio nombre a un grupo de jugadores apodados La quinta del Buitre-, jugador del Real Madrid y uno los reyes de este deporte en las décadas de los 80 y 90. Además de por su buen juego, Butragueño siempre destacó por su discreción y su educación en el campo: nunca le sacaron tarjeta roja. «Mi marido siempre ha sido así. Cuando todos tenían un BMW él se compró un SEAT 133. Su padre era muy estricto».

Natalia Butragueño. Foto: Uxío Da Vila.

Sonia y Emilio también lo han sido con sus tres hijos. Perfil bajo, humildad y no alardear de apellido han sido las consignas más repetidas a Natalia, Emilio (30) y Raquel (23), que se manejan con la discreción de un detective y tienen una cosa clara: no presumir de quién era su padre: «Les machacamos tanto con ese tema que cuando Natalia tenía 10 años fue con unos amigos del cole a patinar sobre hielo y se cayó. Cuando la llevaron a la
enfermería me llamó alarmada: ¡Mamá, me están preguntando el nombre y el apellido! ¿Qué digo?».

El paso al ballet profesional

De su padre, Natalia ha heredado un carácter introvertido, serio, comprometido y tenaz. En su ADN no está pisar al resto ni sentirse el centro: «Si consigo algo, que sea por mi trabajo». Un lema que ha marcado su trayectoria desde que a los tres años, cuando la familia vivía en México, se apuntó a ballet siguiendo los pasos de una compañera de guardería. Plié, Jeté, Relevé, pirouette… Su vida empezó a girar.

De vuelta a Madrid se apuntó a la escuela África Guzman y cuando su padre, obsesionado con que sus hijos aprendiesen inglés, decidió mandarlos a un internado en Inglaterra, eligió uno donde poder bailar: Tring Park School for the Performing Arts, una antigua mansión a media hora en tren de Londres que perteneció a la familia Rothschild. «Era un sitio increíble. Dábamos clase de ballet en el ballroom y en la biblioteca. Teníamos el curso académico por la mañana y luego pasaba cinco horas bailando con gente de mi edad».

Ese sueño llegó gracias al primer momento histórico (ahora sí) de su carrera: cuando con solo 13 años recibió una clase privada con Tamara Rojo, por entonces primera bailarina del Royal Ballet de Londres. «Mi padre era amigo de [el músico de Mecano] José María Cano a quien había conocido cuando compuso el himno del centenario del Real Madrid. Y él a su vez era muy amigo d e Tamara», explica arrojando luz sobre esas conexiones estelares. Antes de elegir colegio, Butragueño quería saber si su hija tenía potencial. «Tamara reservó una sala con un pianista en la Royal Opera House y me dedicó una clase de hora y media en el escenario donde ensayaba la compañía. Alucinante», recuerda Natalia, cuyos padres, también alucinados, observaban desde el patio de butacas. Su madre, que vio la clase con su marido, lo confirma: «Yo creo que Emilio empezó a descubrir el ballet ese día, viéndola bailar».

– ¿A Natalia?, pregunto
-No, a Tamara. Se quedó alucinado de ver cómo levantaba l a pierna.

La audición con Tamara arrojó dos conclusiones. Una buena -la chica tenía potencial-; una mala -la chica tenía que trabajar mucho si quería convertirse en profesional-. Natalia recuerda los años de colegio con cariño. Aprendió mucho inglés, hizo muchas amistades y pasó muchas horas dedicándose a lo que más le gustaba: bailar. Cuando terminó la escuela, decidió hacerse profesional. En paralelo, se matriculó a distancia en Administración de Empresas, siguiendo una advertencia familiar: si quería bailar, había que estudiar.

«No necesito el éxito ni el reconocimiento. No necesito ser la primera bailarina. Yo solo quiero bailar»

La decisión de hacerse profesional la lanzó al complejo mundo de las audiciones: «Son tal y como las pintan en las películas. Durísimas. Te desechan porque eres muy alta, o
muy baja, o muy rubia, o muy morena… La danza es muy subjetiva. No solo depende de lo bien que bailes. Depende de que transmitas algo a la persona que te tiene que elegir».

Semejante exposición al juicio ajeno no fue fácil de gestionar para una joven d e 18 años, sin la fortaleza psicológica necesaria para afrontar una y otra vez el rechazo. «Es duro. Siempre están juzgando tu cuerpo, tu apariencia, cómo bailas… Te mina la confianza. Necesitas un núcleo duro fuerte», asegura Natalia, que siempre ha estado arropada por su
familia, sus amigos o ahora también su pareja, Samuel Poutignat, con quien se casó el pasado mes de mayo. «Nos conocimos en Burdeos a través de amigos comunes. Me hace de contrapeso porque él es muy tranquilo y y o muy enérgica. Me calma».

Natalia Butragueño. Foto: Uxío Da Vila.

Renato Paroni también se convirtió en bálsamo para Natalia. Este profesor brasileño llegó a su vida cuando decidió hacerse profesional y pronto se convirtió en el tercer gran acontecimiento de su carrera. Cuando se conocieron, congeniaron al instante: «Renato te dice lo que piensa sin filtros. Yo, lo prefiero». Su diagnóstico sobre las capacidades como bailarina de Natalia, fue tan directo como su personalidad: «Tienes potencial, pero te han trabajado mal». Y así empezó un idilio profesional entre alumna y profesor que duró un año y medio e incluso llevó a Natalia a instalarse con Renato en Alemania cuando a éste le ofrecieron trabajar para el Ballet am Rhein, en Düsseldorf.
-«Natalia fue su proyecto. Se propuso hacerla bailarina profesional», explica hoy su madre.
-«Fue mi ángel de la guarda», asegura Natalia.

Este carismático profesor dejó una huella imborrable en Natalia, que con él creció como bailarina y como persona. Poco a poco empezaron a llegar los contratos: E l lago de los cisnes en el English National Ballet; Romeo y Julieta en el Royal Albert Hall de Londres; La Bayadère con el Royal Ballet Flanders y por fin el contrato en el Ballet de la Ópera de Burdeos, donde permaneció seis años. Durante esta etapa, aprendió otra gran lección cuando, tras una etapa complicada en la que empezó a tener problemas de peso, el coach Javier Coll, ex jugador de baloncesto del Real Madrid, le planteó la pregunta del millón: ¿Tú para qué bailas? «Estuve días pensando y me costó un montón contestarla. Hasta que por fin lo supe: bailo porque me gusta. No necesito el éxito ni el reconocimiento. No necesito ser primera bailarina. Yo solo quiero bailar».

*Estilismo: Martina Tacchini, Make up y pelo: Víctor Maresco para Mac y GHD.

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