Hace unas semanas pasé diez días en la ciudad de Nueva York, un lugar que visitaba por tercera vez y que cada vez que visito me inyecta ideas y entusiasmo. Es casi imposible no imaginar en grande cuando paseas entre sus rascacielos. Esta vez me empeñé en la idea de no tener todo cerrado, de no saber exactamente lo que sucedería cada día y en cada instante. La primera parte del viaje la pasé en casa de una amiga en Brooklyn y los últimos días me alojé en The Ned NoMad, un hotel muy cerca del Flatiron Building situado en un edificio histórico. Entrar en él era como entrar en otro Manhattan, el que sobrevivía en la luz tenue del jazz, los suelos de parqué oscuro y los sofás de piel gastada.
Desde allí sólo me empeñé en caminar. Desde la puerta del hotel directa hasta el High Line, dónde me encanta pensar en las vidas de la gente cuya casa da a ese paseo verde. Del High Line a patear Chelsea, parándome en alguna placita (que las hay) a tomar un inevitable latte comprado en alguna cafetería cercana. Deambulando también llegué a Casa Magazine, lugar famosísimo en el que hacerte con alguna revista especial ahora que el papel ha vuelto para quedarse. Y volviendo al barrio del hotel me topé con Chelsea Square Diner, un diner fantástico, de los de antes, en el que devoré sin dudar unos pancakes con frutos rojos, crema y sirope, mientras leía alguna de mis últimas adquisiciones neoyorquinas. Paseando también, porque el paseo es un gran descubridor, acabé en la Morgan Library, una biblioteca bellísima de principios del siglo XX y un lugar que acoge exposiciones más contemporáneas. Yo vi una del fotógrafo Peter Hujar.
Cerca del hotel ya algo cansada tras unas cuantas horas de paseo, me senté en una de estas mesas públicas de colores distribuidas por la ciudad a pleno sol un viernes al mediodía. Estábamos pletóricas, la calle y yo, se podía escuchar el rumor del final de la semana laboral acudiendo a iluminarlo todo. Comí uno de los famosos bowls de ensaladas del Sweet Green y me levanté al terminar para ir a comprar el último libro del viaje: en Rizzoli, una librería histórica sobre Broadway, me hice con las memorias de Gloria Steinem y me retiré a dormir una breve siesta anticipadora del fin de semana.
Allí acostada en aquella cama blanquísima, mirando de soslayo la bañera que presidía la habitación, no tenía otra cosa en la cabeza: pensaba en cómo el éxito de una ciudad, para mí, reside en poder pasearla. Patear y perderte, poder improvisar sobre su mapa. Una ciudad que sea caminable, alcanzable y posible, que te permita jugar a lo desconocido pero también que contenga familiaridad casi inmediata. Una ciudad en la que estirarte y descubrir, que te haga levantar la cabeza de la pantalla, salir del ensimismamiento y abrirte al mundo.
Me pareció encontrarme con esto de nuevo en Nueva York, una especie de microcosmos en el que los barrios son un espacio hechos por personas para que vivan las personas.

