El 3 de noviembre de 1893, el puerto de Santander fue el escenario de una de las mayores catástrofes civiles de la España contemporánea. Aquel día, el incendio del vapor Cabo Machichaco, atracado en el muelle de Maliaño, terminó provocando la explosión que acabaría causando centenares de víctimas.
Para comprender lo ocurrido debemos situarnos en el Santander de finales del siglo XIX, una ciudad cuyo desarrollo económico miraba directamente al mar pues el crecimiento del tráfico marítimo, impulsado por el comercio de productos siderúrgicos y la exportación de minerales, había convertido sus muelles en uno de los principales motores económicos de la ciudad.
Aquella intensa actividad conllevaba también el transporte de mercancías peligrosas, entre ellas la dinamita, cuyo uso se había extendido en las explotaciones mineras y las obras públicas. Por ello, desde 1889, la capital cántabra contaba con un reglamento que restringía el atraque de buques que transportasen explosivos en los muelles próximos a la ciudad. Unas disposiciones que, lamentablemente, no se respetaron en el caso del Cabo Machichaco.
Construido en Newcastle en 1882, el vapor pertenecía a la compañía naviera Ybarra desde 1885 y realizaba habitualmente la ruta entre Bilbao y Sevilla, con escalas en distintos puertos del Cantábrico. Su llegada a Santander el 3 de noviembre no tenía nada de extraordinario. Lo excepcional era su cargamento: además de productos siderúrgicos, harina y papel, transportaba alrededor de 1.700 cajas de dinamita y veinte recipientes de ácido sulfúrico. La mayor parte de los explosivos tenía como destino otros puertos españoles, mientras que únicamente veinte cajas figuraban como destinadas a Santander.
Antes de llegar al puerto, el barco había permanecido en cuarentena en el lazareto de la isla de Pedrosa debido a los casos de cólera registrados en Bilbao, de donde procedía. Una vez cumplido este periodo de aislamiento, recibió autorización para trasladarse al muelle de Maliaño ⎯situado en pleno centro de la ciudad⎯ donde atracó a primera hora de la mañana y comenzaron entonces las labores de descarga.

El incendio y la primera explosión
Hacia las dos de la tarde, mientras se trabajaba en la descarga de la bodega número 2, comenzó a salir humo del interior del barco. Fueron las primeras señales de un fuego de origen desconocido que terminaría propagándose rápidamente por la zona de proa y alcanzó las mercancías almacenadas en las bodegas.
La columna de humo provocada era visible desde distintos puntos de Santander y pronto acudieron al puerto los bomberos, las autoridades locales y numerosos vecinos que se acercaron a los muelles para contemplar el incendio. El entorno del barco se fue llenando así de trabajadores portuarios, marineros, autoridades y curiosos.
A las 16:45 h, con los muelles abarrotados de personas se produjo la primera explosión. El estallido destruyó buena parte de la estructura del barco y lanzó al aire los materiales que transportaba. Entre ellos se encontraba una importante carga de hierro, formada por raíles, vigas y otras piezas metálicas que salieron despedidas como auténticos proyectiles. Los fragmentos alcanzaron los muelles, las calles próximas y numerosos edificios. La onda expansiva se dejó sentir por toda la ciudad, mientras una nube de humo y polvo cubrió buena parte de la bahía.
El número de víctimas varía según las fuentes, especialmente por la dificultad de contabilizar a los desaparecidos y a quienes fallecieron posteriormente a consecuencia de las heridas, aunque los balances más habituales hablan de entre 550 y 600 fallecidos, además de varios miles de heridos. Una catástrofe sin precedentes en la historia de Santander, que por aquel entonces contaba con una población cercana a los 50.000 habitantes.
Los daños materiales fueron igualmente significativos. La metralla provocó incendios en distintas calles, así como en almacenes de madera y en el depósito de tabacos. Sin embargo, buena parte del cuerpo de bomberos había fallecido en la explosión, lo que dificultó la organización de las labores de emergencia, debiendo esperar a la llegada de efectivos militares y voluntarios de distintos puntos de la provincia, para colaborar, junto a los vecinos en la extinción de los incendios, la retirada de escombros y la atención a los heridos.
La magnitud de la tragedia fue tal que la noticia rápidamente traspasó las fronteras españolas y los principales medios internacionales se hicieron eco del suceso, colocando a la capital cántabra en el centro de la actualidad informativa del momento.

La segunda explosión
Tras la primera detonación, los restos del vapor se hundieron en el puerto, llevando en su interior aún 463 cajas de dinamita, equivalentes a más de once toneladas de explosivo. Su presencia en el fondo de la bahía suponía un peligro evidente, por lo que la recuperación de aquella carga se convirtió en una prioridad.
A mediados de marzo de 1894, especialistas y técnicos se reunieron para valorar cómo continuar unos trabajos que resultaban extremadamente complicados por el estado en el que había quedado el barco. Se llega así a la noche del 21 de marzo, cuando un buzo descendió hasta una de las bodegas para continuar con las operaciones de recuperación. Poco después, tiene lugar una segunda explosión que destruyó lo que quedaba de la zona de popa y alcanzó también a las embarcaciones que participaban en los trabajos. Quince personas perdieron la vida y otras resultaron heridas.
Finalmente, se decidió acabar con los restos del vapor mediante una voladura controlada. El 30 de marzo de 1894, el cañonero de la Armada Cóndor llevó a cabo la operación, haciendo explosionar lo que quedaba del Cabo Machichaco.

Santander después del Machichaco
Las consecuencias de las dos explosiones fueron mucho más allá de las pérdidas humanas y de la destrucción de las instalaciones portuarias. En medio de la conmoción causada por lo ocurrido, Santander tuvo que afrontar su reconstrucción urbanística y reorganizar algunos de sus servicios municipales. Entre ellos, el cuerpo de bomberos, cuya práctica desaparición derivó en la creación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santander.
La catástrofe también puso de manifiesto las deficiencias en la regulación del transporte marítimo de mercancías peligrosas. El hecho de que un buque con semejante cantidad de dinamita pudiera atracar y realizar sus operaciones junto al centro urbano evidenció las consecuencias del incumplimiento de las disposiciones portuarias y la falta de medidas de seguridad adecuadas.
Más de un siglo después el recuerdo de la tragedia sigue vivo en la memoria colectiva de la ciudad. El monumento dedicado a las víctimas, la silueta del buque trazada en el lugar exacto donde atracó aquel 3 de noviembre y una pequeña exposición ubicada en la cercana Estación Marítima dan cuenta de la huella que dejó una tragedia que resulta fundamental para comprender la historia contemporánea de Santander.

