¿Deberíamos priorizar una vida apacible centrada en la satisfacción de nuestros deseos más humanos y menos en alcanzar mayor poder económico? La pregunta puede parecer contradictoria en una sociedad que ha convertido el progreso en uno de sus principales indicadores de éxito. Y es que, vivimos rodeados de avances tecnológicos, disponemos de recursos que nuestros antepasados difícilmente habrían imaginado y hemos desarrollado herramientas para hacer nuestra vida más cómoda. Pero cabe preguntarse: ¿hasta qué punto esas conquistas se han traducido en una existencia más satisfactoria? Y, sobre todo, ¿qué estamos sacrificando en nuestro empeño por producir más, ganar más y llegar cada vez más lejos?
Estas son algunas de las cuestiones que plantea “Del paleolítico al ansiolítico”, un libro que invita a reconsiderar la relación entre progreso material y bienestar emocional. Su autor no anima a idealizar la vida primitiva ni a renunciar a las ventajas de la modernidad. Propone analizar cómo vivían las comunidades humanas del pasado para identificar algunos aspectos de su organización social que podrían ayudarnos a comprender las contradicciones o problemas del presente. Es el caso del aislamiento creciente, la medicalización de procesos naturales, la pérdida de ritos de paso o la subordinación del tiempo al rendimiento económico. Factores que están vinculados al aumento del estrés, la ansiedad o el insomnio.
“No debemos negar algunas de las ventajas del progreso. El problema es el alto precio que estamos pagando por él. Y es que, hemos multiplicado nuestras posibilidades materiales, pero también hemos construido una forma de vida en la que el tiempo, las relaciones personales y el bienestar parecen subordinados a la exigencia de ser cada vez más productivos”, comenta Giner, doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Salamanca y catedrático emérito de Antropología en la misma universidad. Además, es miembro de la Real Academia de Medicina de Salamanca y presidente de la Fundación Cultural Cencillo de Pineda para Antropología y Psicología.
Según sus estudios, los seres humanos estamos determinados por un tipo de inconsciente insaciable que nos impulsa a querer más poder y más riqueza. “Incluso, cuando tenemos satisfechas las necesidades y nuestros deseos principales, buscamos el lujo para mostrar, a través de objetos caros, nuestro éxito y, con él, el prestigio y reconocimiento social”, sostiene. Esta cuestión se ha visto acrecentada a partir de la segunda revolución industrial y, sobre todo, con la revolución tecnológica digital y la IA. “La sociedad está obsesionada con producir más, crecer más y, si esto no se produce, se vive como un fracaso”, afirma. Y añade: “¿Cómo es que este progreso, de forma directamente proporcional, produce más suicidios, más adicciones y más enfermos mentales?”.
Una vida social armoniosa también es progreso
El doctor propone intentar combinar progreso con un armonioso y equilibrado ritmo vital, menos productivo, pero más satisfactorio existencialmente. “Como supuestos Homo sapiens, deberíamos preguntarnos por nuestros deseos profundos y hacer una reflexión sobre cómo organizar nuestra vida para conseguirlos. La sociedad nos da muchas opciones, dentro de nuestras capacidades, pero en el proceso no debemos olvidar que también debemos satisfacer nuestro deseo de vida social. Y esta, cuanto más rica, más felicidad nos proporcionará. La ilusión mantenida por la consecución de pequeñas cosas, como un rato de conversación con amigos, una comida familiar, un espectáculo artístico, un viaje o un paseo por la naturaleza, pueden procurarnos una vida plena”, sostiene.
El espejo donde mirarnos está en las sociedades primitivas. En ellas, la crianza es colectiva, los ancianos son cuidados y los niños crecen en entornos ricos en interacción social. “En ellas, el sentido de la vida lo encuentran en la vida social misma. El tiempo no les acucia como a nosotros, ni agendas apretadas, y ese ritmo vital armonioso, aunque no les hacen progresar tecnológicamente, les protege de las enfermedades mentales”, subraya.
Frente a ello, se encuentran las sociedades del progreso. “Sufrimos de varias situaciones que nos hacen sentirnos solos o angustiados y, muchas veces, deprimidos y estresados. Por ejemplo, los jóvenes sufren las dificultades de encontrar una vivienda asequible y, cuando lo hacen, quedan hipotecados para gran parte de su vida. Durante la infancia y juventud sufren el estrés de horarios a veces difíciles de asumir y de pasar bastante tiempo en desplazamientos, sobre todo en las grandes ciudades. Polución y vida en el asfalto constriñen una vida que ansía el contacto con la naturaleza. Familias, cada día más aisladas del resto de la parentela… Alimentos procesados…”, enumera.
Así, recomienda reconocer aquello que es perturbador en nuestra relación social, en nuestra actividad y en nuestro medio que nos produce ansiedad o estrés, y corregirlo. En su opinión, la clave está en tener una vida activa, pero sin estrés. “Debemos volver, en lo posible, a la naturaleza. Deberíamos evitar obsesionarnos con tener más, sino en disfrutar de momentos sencillos de la vida cotidiana, que debemos saber reconocer y potenciar. Y es importantísimo tener una convivencia en grupos más pequeños, con ciudades a escala humana y vida dinámica en los barrios. El baile y cantar en grupo es algo a recuperar. Los pigmeos lo hacen casi a diario al anochecer, por lo que los antiguos egipcios los admiraban denominándolos los danzantes de Dios”, indica.
Y lamenta: “Si dentro de cincuenta años un etnohistoriador estudiara nuestra sociedad como yo he estudiado a los Himba, los Masái o los Batak, se sorprendería de la forma de hábitat en entornos ruidosos y con aglomeraciones, a veces polucionados y sobre todo alejados de la naturaleza, a la que debemos regresar los urbanitas”.

