Opinión Salvador Sostres

Maruja Torres. Antes de morirme quiero

Un recuerdo personal recupera la admiración por Maruja Torres, sus crónicas y la huella que dejó en una forma de entender el periodismo. Foto: Planeta de Libros; Jesús Ugalde.

Yo fui uno que no estuvo en la universidad de Periodismo más que un año. Pero aprendí a leer El País y a esperar los días según el articulista que firmaba la columna de la contra. Los lunes, Montalbán. Los martes, Rosa Montero. Los miércoles, Maruja Torres. Los Jueves, Arcadi. Los viernes Juanjo Millás, los sábados Vicente Verdú y por supuesto los domingos, Manuel Vicent.

Menos a Vicente y a Juanjo, a todos los he conocido y con todos he tenido épocas de llevarme bien. La dos excepciones, una por arriba y otra por abajo, son Arcadi y Maruja. Arcadi es mi querido amigo y no podría explicar mi vida sin él. Casi ninguno de los aspectos de mi vida sin él.

Luego está lo de Maruja.

Yo era un gran fan de Maruja, y era una de mis columnistas preferidas. No lo digo por decir ni por crear una tensión mayor con lo que vino después. Digo en serio que yo esperaba con especial devoción los miércoles, y aunque ya entonces no coincidía demasiado con su visión indigenista, o por lo menos tan antiimperialista, devoré Amor América, una gran crónica sobre sus viajes sudamericanos.

Coincidimos algunas veces con Maruja durante aquellos años, no recuerdo si llegamos a comer, pero sí que nos reímos y que lo pasamos bien. Durante un tiempo fue novia o pareja de mi querido y excelente fotógrafo Jordi Soteras.

Con el tiempo la izquierda dejó de parecerme tan graciosa, y tan encantadora, y empecé a ser lo que la izquierda llama un fascista de mierda. La verdad es que no contaba con ello, pero uno tiene que asumir lo que le cae con deportividad y sobre todo sin quejarse. Ahora me da pereza hacer la lista completa, pero creo que lo que más me disgusta del izquierdismo son las víctimas. El concepto de víctima. La victimización. Es rendirte asumirte como víctima. Es admitir que no eres el protagonista. Prefiero disimular cualquier injusticia que se me haga que comparecer como una víctima. Asumo toda mi culpa y todos mis errores, y pido perdón por anticipado. Pero víctima nunca y de nada. Aunque bueno, tampoco es que esto importe demasiado para lo que en realidad quiero contar.

Lo que me importa es que en Maruja empecé a notar una hostilidad. No sé si escribí sobre ella algo cruel y he de decir sinceramente que, si lo hice, que es probable, no guardo memoria de ello. El caso es que su mirada de odio fue creciendo hasta el punto que un día coincidimos en Dry Martini y publicó una foto donde yo aparecía en X con un comentario poco halagüeño.

Ha pasado mucho tiempo de todo aquello. La semana pasada la vi por la calle, en Barcelona. Ella no me vio. Me quedé mirándola y recordé mis miércoles, y “Amor América”, y “Mujer en guerra”, otra estupenda crónica de su tiempo como reportera de guerra, y pensé que antes de morirme quiero escribirle lo que la llegué a admirar y la admiro todavía, y que si le escribí alguna crueldad fue sin querer, o tal vez queriendo, pero en la inconsciencia de cómo hacemos las cosas a veces los hombres demasiado jóvenes, demasiado brutos y demasiado idiotas.

Yo pienso de una manera, Maruja de otra, y ahora no es que pretenda estropear más las cosas, ni hacerte enfadar o pasar vergüenza, pero mucho de lo que escribo, y sobre todo cómo lo escribo, tiene que ver con lo que aprendí leyéndote. Miro en mi vida y estás, Maruja. Esto es lo que quería decirte, me mires como me mires.

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