Opinión Montse Monsalve

Lejos de la Calle Melancolía

Al contrario que Sabina, yo vivo muy lejos de la Calle Melancolía. Pocas veces he transitado sus adoquines, nunca le he pintado las vergüenzas para jugar a la rayuela, a las canicas o a las saltarinas y en contadas ocasiones, solo cuando he perdido el camino de vuelta, me he colado en sus versos.

Y es que la tristeza, ese estribillo de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” que a otros les atormenta, no es parte de mi banda sonora. Yo me he maquillado con garra gritando a pleno pulmón temas de Rosana, de Sofía Ellar o de Ella Baila Sola sin sentirlos tristes o nostálgicos y he vestido de colores cada tono gris que me ha pintado la vida desde que tengo uso de razón.

Soy de esas personas que se marchan con alegría de vacaciones y que vuelven con idéntica energía. De las que agradecen y no se recrean en los finales, entendiendo que son necesarios para que nazcan nuevos principios. En mi última escapada a Capri, sencillamente perfecta, como si hubiese sido trazada a lápiz y acariciada con acuarelas pastel, regresé anhelando reencontrarme con los ladridos enfadados de mi perra pequeña y los aullidos de alegría contenida de la mayor deseando montarlas en el coche para darles un paseo por el barrio y deshacer la maleta. Disfrutar retomando mi espacio, mi orden, mi armario y mis rutinas. Recuperar, mis horarios y esa vida que tanto me esfuerzo en construir y que también me gusta habitar cuando no ocurre nada extraordinario.

Soy también el tipo de lectora a la que le gusta terminarse un buen libro, o incluso uno malo. De las que miden los días libres en capítulos y que sienten como un logro llegar a su última página habiéndose bebido todos sus conocimientos e historias. Porque de todos se aprende y no hay obra que no guarde un mensaje oculto para despertar en nosotros algo que dormía.

Me gusta apurar los domingos sin sufrir porque los lunes me acechan, acabarme un plato que me encanta sin pena ni culpa y despedirme de amigos y familia después de unos días maravillosos en los que me han hecho crecer y sentirme plena. Soy la que celebra la llegada del verano, del otoño, del invierno y de la primavera viendo la belleza de sus matices y entendiendo su importancia.

Me llevo siempre en la mochila lo vivido con una alegría que dura bastante más que el encuentro, que aparece días después, mientras conduzco, cuando recuerdo una conversación profunda o me descubro riéndome sola de alguna tontería que, contada a cualquiera, probablemente no tendría ninguna gracia, pero que me maquilla la cara con mi mejor sonrisa.

Creo que es ahí, en las despedidas, en los finales, donde habita el valor de esos momentos que por no ser cotidianos son realmente importantes. Sabemos lo que nos cuesta reunir a quienes queremos, cuadrar agendas, encontrar unos días para marcharnos o dejar de mirar el teléfono durante una sobremesa. Y cuando por fin sucede ese milagro, yo quiero disfrutarlo entero, incluido ese último abrazo en el que todavía caben una broma, un “avísame cuando llegues” y las ganas de volver a vernos.

Nunca he entendido demasiado bien esa costumbre de empezar a echar de menos algo antes de que termine, propia de los aguafiestas emocionales. Ya lloraremos, ya nos lamentaremos cuando los terremotos nos sacudan las raíces, pero mientras tanto, cultivemos, sembremos y recojamos.  

Quizá por eso no lloro ni digo adiós, porque sé que voy a volver, y amo regresar a los lugares en los que fui feliz para volver a serlo. De nuevo, lo siento mucho, querido Sabina. Me gusta reconocerlos y reconocerme en ellos, ver qué ha cambiado, sentarme otra vez en aquella mesa y descubrir que aún me emocionan ciertas cosas que creía haber dejado atrás o degustar nuevos platos en este bufé libre que es la vida. Vuelvo con todo lo que me ha pasado desde entonces y con curiosidad por lo que pueda suceder esta vez.

Quiero seguir buscando momentos vibrantes y tener ganas de provocarlos, incluso cuando estoy cansada o cuando la comodidad me invita a quedarme en casa. También quiero entender mis sombras, abrazarlas, quererlas y, cuando se ponen demasiado solemnes, reírme en su cara. Algunas llevan tantos años conmigo que ya les conozco los trucos, aunque de vez en cuando vuelvan a pillarme desprevenida.

Hay días en los que cuesta más, claro, pero incluso en ellos agradezco haber ido aprendiendo qué me hace bien, a quién quiero cerca y dónde encuentro esa alegría que a veces cabe en algo tan pequeño como llegar a casa y escuchar a mis perras protestando al otro lado de la puerta.

Solo echo de menos lo que se ha marchado para siempre: la voz de mi padre, sus abrazos, sus consejos, sus mensajes escuetos y certeros… pero incluso ahí vivo desde el amor y el agradecimiento, porque él sigue en mí, en mi memoria y en mi risa, en cada cosa buena que hago, en cada instante en el que estaría orgulloso de mí o abriría un buen vino a mi lado.

Vivo muy lejos de la Calle Melancolía, tal vez porque siempre he sido más de las que portan nombres de ríos, como las de mi barrio de Aranda de Duero. Soy más de calles de pueblo, de las de toda la vida, o de avenidas. Tal vez, cuando la melancolía me aceche,  yo prefiera seguir haciendo camino al andar, como interpretaba Serrat a través de aquellos versos de Machado.