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Royal Mansour Marrakech o la quintaesencia del refinamiento marroquí

Una medina dentro de la medina, cincuenta y tres riads privados, la mejor artesanía del país y un extraordinario jardín firmado por el paisajista español Luis Vallejo convierten al Royal Mansour Marrakech en una de las expresiones más sofisticadas de la hospitalidad marroquí.

Lobby del Royal Mansour Marrakech

Su fama le precede y, en mi opinión, más que merecidamente. En pocos lugares resulta tan evidente hasta dónde puede llegar Marruecos cuando pone al servicio de un proyecto su hospitalidad, su gastronomía, su artesanía, su cultura y esa particular manera de entender la belleza que posee el país. Porque el Royal Mansour Marrakech es, ante todo, profunda y genuinamente marroquí.

Nos encontramos en Marrakech, la ciudad ocre, tierra de palmeras, jardines, comercio, leyendas, murallas y una de las medinas más fascinantes del mundo. A escasa distancia del bullicio de Jemaa el-Fna, tras atravesar las puertas del hotel, todo cambia. El ruido se apaga y el tiempo parece detenerse.

Una medina dentro de la medina

Aquí no encontrarás habitaciones distribuidas a ambos lados de interminables pasillos. En su lugar, el Royal Mansour Marrakech creó un concepto de hotel único en el mundo: su propia medina. Callejuelas, pequeñas plazas, fuentes, acequias, patios, vegetación y cincuenta y tres riads independientes repartidos por un dominio de cinco hectáreas. Una pequeña ciudad dentro de otra ciudad.

Hay algo tremendamente agradable en salir de tu alojamiento y simplemente caminar. Doblar una esquina sin saber exactamente qué encontrarás detrás. Escuchar una fuente. Cruzarte con un laborioso jardinero ataviado con un traje tradicional. Perderte por sus callejuelas puede resultar sobrecogedor.

Los riads, inspirados en las casas tradicionales marroquíes, se desarrollan en tres alturas y van desde los 140 metros cuadrados de los más pequeños hasta los descomunales 1.800 metros cuadrados del Grand Riad. Patios abiertos al cielo, fuentes, salones, habitaciones y terrazas superiores —muchas de ellas con piscina— construyen pequeños universos privados en los que resulta muy fácil aislarse del mundanal ruido.

Terraza del Gran Riad

Y, adornándolo todo, la más refinada artesanía. Más de 1.000 artesanos trabajaron para dar forma al hotel insignia, propiedad del rey de Marruecos. Zellige, madera tallada, yeserías, tadelakt, hierro, marquetería, tejidos, alfombras. Arabescos y formas vegetales se repiten y entrelazan por techos, puertas y paredes. No es simple ornamentación. En la tradición islámica, esa repetición geométrica y vegetal habla de continuidad, naturaleza y de la infinitud de Alá.

El arte de recibir

No se puede explicar el Royal Mansour Marrakech sin poner el acento en el servicio. La hospitalidad marroquí parte tradicionalmente de la figura del daïf, el huésped entendido como invitado de honor.

La atención es cercana, pero nunca invasiva. Precisa, educada y, sobre todo, discreta. Hasta la propia arquitectura se diseñó para que así fuera. Bajo el hotel existe una red de galerías que conecta las diferentes áreas y los cincuenta y tres riads, y permite a un equipo de más de 500 personas desplazarse sin interferir constantemente en la vida del huésped.

El verdadero lujo quizá sea precisamente ese: que muchas cosas sucedan sin que llegues a ver cómo suceden.

Riad C Privilege

Un jardín araboandalusí creado por el maestro paisajista español Luis Vallejo

La palabra árabe al-jannah significa jardín, pero también paraíso. Después de pasar unas horas en los jardines del Royal Mansour Marrakech, la coincidencia lingüística empieza a tener sentido. Si hay un espacio al que volvería una y otra vez en este hotel, es este.

Más de dos hectáreas y media de vegetación se extienden junto a las murallas de Marrakech. Palmeras, olivos centenarios, naranjos, árboles frutales, volúmenes de arbustos, parterres, huertos, plantas aromáticas, zigzagueantes caminos de tierra roja, acequias, estanques y fuentes componen un paisaje exuberante y sorprendentemente sereno.

Detrás de todo está Luis Vallejo, uno de los grandes paisajistas españoles, maestro en el arte del bonsái y responsable de un proyecto al que ha dedicado cerca de dos décadas.

Vallejo entiende algo fundamental: un jardín no es mero ornamento. Hay arquitectura, ritmo, proporción y perspectiva. Pero, a diferencia de un edificio, la materia con la que trabaja está viva. Y Luis la conoce bien: es hijo del oficio y convive con ella desde su más tierna infancia.

Su trabajo en Royal Mansour Marrakech parte de la tradición de los grandes jardines andalusíes y de la propia historia agrícola de Marrakech. El agua, imprescindible en una ciudad nacida entre el desierto y las montañas, organiza buena parte del paisaje. Acequias y albercas recuerdan los antiguos sistemas de irrigación mientras los caminos atraviesan diferentes masas vegetales.

Nada parece colocado al azar. Nada es ostentoso ni vulgar. Ese equilibrio es probablemente una de las grandes virtudes de Vallejo.

Hay ejes visuales que conducen la mirada hasta imponentes palmeras; pequeñas aperturas entre la vegetación que generan profundidad; grupos de árboles que construyen claroscuros; espacios cerrados que, unos metros después, se abren de repente.

Y están las macetas. Las macetas importan, y mucho.

Vallejo eligió piezas de gran porte de la firma vasco-francesa Poterie Goicoechea. Colocadas entre la vegetación, funcionan como volúmenes capaces de ordenar un espacio, detener la mirada o construir inesperados puntos de fuga.

Y, como parte del paisaje, laboriosos jardineros recorren los caminos con sus escobas de sorgo y sus sacos de yute, atentos hasta al más mínimo detalle. Los granados están cargados de frutos. Las washingtonias, elegidas ejemplar por ejemplar por Luis y traídas al Mansour desde algunos de los rincones más remotos del país, ascienden imponentes hacia un cielo que parece aún más alto.

Los mirlos cantan entre arbustos y arriates y, de cuando en cuando, aparece un banco estratégicamente situado, al más puro estilo inglés.

No lo dudes. Siéntate y pon el móvil, aunque sea un ratito, en modo avión.

En una época en la que parece obligatorio llenar cualquier minuto de experiencias, aquí uno puede sentarse bajo un árbol y dedicarse durante un rato a escuchar los pájaros y el rumor del agua.

Ese quizá sea uno de los mayores logros del jardín del Royal Mansour: invita a estar. Silencio y soledad son dos lujos que no suelen aparecer entre los servicios de un hotel y que, sin embargo, representan la cara intangible del verdadero lujo.

Vallejo ha explicado en alguna ocasión que entiende el jardín como un organismo vivo, capaz de seguir evolucionando incluso más allá de lo que su creador puede imaginar.

Hay también en él algo que parece haber estado allí desde siempre. Y no es casualidad. Aunque se trata de un jardín contemporáneo, Vallejo trabajó buscando cierta atemporalidad y respetando la memoria del lugar. Durante las obras, incluso se modificaron los planes para preservar antiguas palmeras datileras que ya habitaban el terreno.

Un buen jardín consigue que el visitante deje de preguntarse cuándo fue creado.

Marruecos se sirve en la mesa

La gastronomía es otro de los grandes pilares del hotel y se articula actualmente en torno a cuatro restaurantes.

Pero, si hemos venido hasta Marrakech, empecemos por Marruecos.

La Grande Table Marocaine es la gran celebración de la cocina del país. Hélène Darroze trabaja junto al chef Karim Ben Baba en una propuesta que aplica toda la precisión de la alta cocina francesa sin cometer el error de querer convertir la tradición marroquí en algo que no es.

Porque los clientes que llegan hasta aquí quieren precisamente eso: disfrutar de la cocina marroquí.

La Grande Table Marocaine

La pastilla es una de sus grandes joyas. También el cordero, cocinado durante veinticuatro horas hasta conseguir que prácticamente se deshaga en la boca. La pastilla de marisco Royal Mansour, de una delicadeza extraordinaria, y el tajine de pollo de corral con aceitunas son solo algunos ejemplos de una cocina en la que la técnica interviene para refinar la tradición, no para disfrazarla.

Y eso se agradece.

Al otro lado del hotel, entre la vegetación, Le Jardin propone una cocina más ligera y contemporánea: berenjena a la parrilla con harissa suave y ensalada de hierbas; rodaballo del Atlántico a la parrilla; paletilla de ternera de leche lacada con salsa barbacoa o un refrescante limón amarillo helado.

Comer rodeado por el trabajo de Vallejo ayuda, desde luego.

La artesanía: ADN del Royal Mansour

Resulta imposible entender el Royal Mansour Marrakech sin hablar de sus artesanos.

Los maâlems, maestros artesanos marroquíes, trabajan la madera, el metal, el yeso, el zellige o el tadelakt siguiendo técnicas transmitidas durante generaciones. En cada riad, los materiales y las pequeñas imperfecciones propias de aquello que está hecho a mano aportan algo que ninguna producción industrial puede reproducir. Es una reivindicación del tiempo.

Para tallar una puerta hace falta tiempo. Para colocar miles de diminutas piezas de mosaico hace falta aún más tiempo. Para que un árbol crezca, también. Quizá por eso artesanía y jardín funcionan tan bien juntos en este hotel. Ambos requieren paciencia.

Serge Lutens: una visita exclusiva a una obsesión

Y cuando crees que no quedan más sorpresas, Royal Mansour guarda una última carta.

Su concierge puede abrir a sus huéspedes las puertas de uno de los lugares más extraordinarios y secretos de Marrakech: la residencia y fundación de Serge Lutens en plena medina, una visita exclusiva reservada únicamente a huéspedes y que el hotel incluye entre sus experiencias más singulares.

Cultivado, obsesivo y tremendamente sensible, el fotógrafo, creador y perfumista francés compró en 1974 un pequeño riad en la medina.

Y comenzó a construir.

Medio siglo después, su obra todavía no ha terminado.

Aquella primera casa fue creciendo con la incorporación de riads vecinos hasta convertirse en un universo propio dedicado a la belleza, a buena parte de su colección de pintura orientalista y a la artesanía marroquí.

Visitarla resulta sobrecogedor.

Aquí la matemática y la geometría se elevan a su máxima expresión. Maderas talladas, mosaicos, yeserías, patios, colores, sombras y moucharabiehs forman secuencias de una complejidad extraordinaria.

Miles de pequeñas piezas se unen hasta formar superficies enormes. La repetición genera ritmo y el ritmo, armonía.

Los mejores artesanos marroquíes han trabajado durante décadas en este lugar persiguiendo la visión prácticamente obsesiva de Lutens.

Las fotografías están prohibidas.

No queda más remedio que mirar de verdad y confiar en que la memoria haga después su trabajo.

Hospedarse en Royal Mansour Marrakech no es hospedarse en un hotel de lujo más. Aquí descubrirás un hotel con carácter: majestuoso, íntimo, sofisticado y profundamente auténtico.

Quizá ahí resida su verdadero lujo: en conseguir que, mucho después de marcharte, la experiencia permanezca en la memoria.